Domingo XIII del Tiempo Ordinario – 28 de junio de 2026
Ciclo A: Mt 10, 37–42
P. Oscar Gerardo Gómez Vargas, CSsR
PERDER LA VIDA PARA ENCONTRARLA
Introducción
Son varios los elementos que nos ofrece el Evangelio para este domingo: el seguimiento radical de Cristo, las exigencias para el discipulado, la hospitalidad representada en la acogida a los enviados de Cristo; sin embargo, vamos a darle más relevancia a eso que el Evangelio subraya con mayor firmeza: «Perder la vida, para encontrarla». De ahí el título de esta reflexión.
Comentario bíblico
Con la lectura de hoy terminamos el capítulo de 10 de San Mateo, conocido como el manual del misionero o los direccionamientos para la misión. Estas indicaciones en boca del Señor Jesús para sus discípulos son fuertes y exigentes, Pero es acá donde está el fundamento de toda la acción misionera: descubrir a Jesús como una nueva manera de amar.
Este texto nos introduce en las dinámicas del seguimiento radical del Señor desde las mismas prioridades afectivas del discípulo; es decir, Jesús es el valor fundamental del discípulo. El amor al Señor Jesús ha de superar los otros amores: el de la familia y el de sí mismo. En dos ocasiones repite el Señor Jesús: “El que ama a su padre o a su madre más a otro que a mí, no es digno de mí; quien ame a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mi” (10, 37). De esta manera se presenta la exigencia de romper con toda clase de seguridades. En otras palabras, significa tomar la cruz y seguir detrás de Él (10, 38). Hay que poner la mirada en el Señor Jesús y estar dispuesto a entregar la vida.
El núcleo de esta exigencia y de este camino discipular se concreta en este versículo: “El que encuentra su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 10, 39).
Es una afirmación tan fundamental que Jesús la repite en varias ocasiones a sus discípulos y con diversas expresiones. En san Lucas 9, 24, dice: “El que quiera salvar su vida, la perderá”. En san Juan 12, 25, dice: “El que ama su vida la pierde”. Esta lógica del Evangelio está muy relacionada con la primera lectura del libro de los reyes (2 Re 4, 8-11.14-16), donde se resalta la acogida de esta mujer al profeta Eliseo que le trae la palabra de Dios. Ella no desespera en la adversidad, sino que confía en Dios y en su enviado. Es ella quien toma la iniciativa de acogerlo y ofrecerle un lugar para su reposo. La respuesta a su generosidad es el don de la maternidad por boca del profeta de Dios. Una bendición en toda regla para una mujer hebrea.
El verdadero amor es inseparable del sacrificio. El amor es un acto de elección activa y consciente, especialmente donde se requiere un sacrificio por una persona que necesita. De ahí que cargar la cruz significa enfrentar el mismo camino que llevo a Jesús a perder la vida por los demás. Esta es la verdadera vida que nos libra de lo efímero, de lo pasajero y lo artificial, porque la vida que se da, se encuentra.
Aplicación pastoral
Estamos llamados como seguidores de Jesucristo, a priorizar y saber tomar decisiones. No hay duda que darlo todo por Jesús, es alcanzar la plenitud, es ganar la vida – la eternidad. Para alcanzar este fin, es necesario, una reorientación que nos lleve a centrar la mirada en el otro, que garantice que los propios afectos no son los exclusivos. Lo que nos pide Jesús, no es abandonar el amor, la alegría, la esperanza o la vida; es direccionar la vida al compartir en lugar del retener y el poseer.
No es hacer cosas raras. Es realizar cosas simples como: “El que regale un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por ser discípulo mío, les aseguro que no se quedará sin recompensa” (10, 42). No es vender o regalar las cosas que se han ganado con luchas y fatigas. Es comenzar con pequeños detalles de la vida. El verdadero ágape o el compartir, pasa por gestos sencillos, con los que podemos expresar que el otro me interesa y me preocupa. Esta es la recompensa: asemejarse al corazón de Jesús.
Tenemos que priorizar el seguimiento de Jesús. Miremos que en las olimpiadas los deportistas deben ejercitar una disciplina férrea para alcanzar la tan anhelada presea dorada. Estos tienen que renunciar a otras opciones, que son en sí buenas, pero que ellos saben que son relativamente menos importantes que las metas que se han propuesto.
Ser cristiano hoy no es conformarnos con lo mínimo, no es sólo participar de las celebraciones litúrgicas o cumplir con ciertas normas en la parte cultual. Ser cristiano supone una vida de entrega, de sacrificio y hermandad. En palabras del Evangelio: “El que pierda la vida por mí, la encontrará” (Mt 16, 25).

