Evangelio Dominical​ – 06 de septiembre / Domingo XXIII del Tiempo Ordinario

XXIII Domingo del Tiempo Ordinario – 6 de septiembre de 2026

Ciclo A: Mt 18, 15-20

P. Juan Pablo López Urbano, CSsR

Introducción

   El texto de san Mateo que nos propone la liturgia de la Iglesia católica para este domingo, se inscribe dentro del llamado «discurso eclesiológico» o comunitario del primer Evangelio. Jesús, dirigiéndose a sus discípulos, establece las bases de convivencia, misericordia y autoridad dentro de la naciente Iglesia. El texto no presenta una comunidad idealizada y exenta de pecado, sino una comunidad realista en la que existe la fragilidad humana (“Si tu hermano peca…”: 18, 15). Sin embargo, la novedad radica en cómo se aborda esta realidad: no desde la condena implacable o la murmuración, sino desde la misericordia que busca la restauración del individuo y de la comunión eclesial.

Comentario bíblico

   En relación con la denominada «corrección fraterna», que es el tema central en el texto evangélico de este domingo, digamos lo siguiente:

   –La pedagogía de la corrección fraterna. El proceso descrito por Jesús consta de tres pasos graduales que salvaguardan la dignidad del pecador y evitan el escándalo innecesario. San Agustín, en uno de sus escritos, reflexiona profundamente sobre esta dinámica afirmando: «Procura corregirle en secreto, procura enmendarle, pero sin avergonzarle» (Sermón 82). Agustín subraya que el amor debe ser el motor de la reprensión; quien corrige no debe hacerlo por superioridad moral o sed de venganza, sino movido por la caridad. Ganar al hermano es rescatarlo de la muerte espiritual.

   Por su parte, Santo Tomás de Aquino (Suma Teológica, II-II, q. 33) situaba la corrección fraterna como un acto indispensable de la virtud de la caridad y una obra de misericordia espiritual. Para el Santo Tomas, advertir al hermano de su falta era más valioso que curar su cuerpo, pues atañe a su salvación eterna. No obstante, advertía que, si la corrección pública había de causar un mal mayor o endurecer el corazón del pecador, la prudencia debía guiar el proceso. Este es precisamente el sentido de la gradualidad: el diálogo personal (fase privada), la mediación de testigos (fase grupal) y, en última instancia, el recurso a la Iglesia (fase comunitaria).

   –El poder del perdón. La expresión “atar y desatar” (18, 18), que en Mateo se dirigía específicamente a Pedro, se extiende aquí a toda la comunidad eclesial en la persona de los apóstoles. En el lenguaje rabínico, esta fórmula hacía referencia a la autoridad doctrinal (declarar qué es lícito o ilícito) y a la autoridad disciplinar (excluir o readmitir en la sinagoga). Teológicamente, la Iglesia católica comprende que Cristo Jesús ha dotado a su Iglesia de una verdadera autoridad para perdonar los pecados. El Catecismo de la Iglesia Católica (n° 1.444) enseña que el Señor confió a la comunidad eclesial y a sus pastores el ministerio de la reconciliación, dándoles la potestad de abrir o cerrar las puertas del perdón en su Nombre, lo cual halla su expresión máxima en el sacramento de la reconciliación.

   –La presencia de Cristo. La perícopa culmina con una de las promesas más consoladoras del Nuevo Testamento: «Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (18, 20). El Papa Benedicto XVI destacaba que la Iglesia católica no es una mera asociación humana de personas con ideas afines, sino que nace ontológicamente de la presencia de Cristo eucarístico y orante. La verdadera comunión no se basa en consensos sociológicos, sino en estar «reunidos en Su nombre». Esta promesa da fundamento a la liturgia cristiana y la vida de la comunidad: incluso en su expresión más mínima (“dos o tres”), la totalidad de la Iglesia se hace presente porque Cristo es su centro.

Aplicación pastoral

   Al trasladar este denso pasaje del Evangelio a la realidad pastoral, encontramos resonancias proféticas y desafíos inmensos. Colombia es un país de profunda raíz católica, pero históricamente lacerado por décadas de violencia. En este contexto, el pasaje del Evangelio de este domingo no es una utopía inalcanzable, sino una hoja de ruta para la construcción de la paz desde la base eclesial.

   La corrección fraterna nos invita a superar tanto la indiferencia cómplice (callar ante la injusticia) como la venganza violenta. Nos llama a una cultura del encuentro, idea muy insistida por el Papa Francisco, hay que trabajar arduamente ante todo para, «ganar al hermano».

   La pedagogía de Jesús exige el diálogo directo: “ve y corrígelo a solas” (18, 15). La Iglesia está llamada a fomentar espacios de diálogo sincero y respetuoso en las familias y comunidades, desarmando los corazones y escuchando el dolor del adversario antes de condenarlo públicamente.

   La promesa de Cristo de estar donde “dos o tres se reúnen” (18, 19) es el fundamento pastoral de las comunidades, los grupos de oración y de religiosidad popular que sostienen la fe del pueblo, a su vez están llamados a profundizar el conocimiento de Jesucristo, a construir el Reino de Dios y a ser testigos de su misericordia.

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