XXIV Domingo del Tiempo Ordinario – 13 de septiembre de 2026
Ciclo A: Mt 18, 21-35
P. José Samuel Torres Tangua, CSsR
EL PERDÓN NO TIENE LÍMITES
Introducción
Hace algunos días escuchaba, en una emisora nacional, una atractiva conversación entre los periodistas y los oyentes, sobre el tema del perdón. Algunos hablaban de la imposibilidad de perdonar; otro comentaba la experiencia y decía que hay actos que no se pueden perdonar. Un oyente llegó a decir, que el perdón es para débiles. Las experiencias del tema abren un horizonte muy amplio, que van desde la experiencia personal hasta las realidades aprendidas en la familia y la sociedad.
Se cuenta la historia de un creyente que oraba así: «Señor, te pido perdón por mis tres mayores pecados. Ante todo, por haber peregrinado tantas veces a tus múltiples santuarios, olvidando que estás presente en mi vida; además, imploré tantas veces mi bienestar y me olvidé de que es tu principal preocupación; finalmente, por estar pidiéndote que me perdones, se me olvidó perdonar a mi hermano».
Comentario bíblico
Mateo, en el evangelio de este domingo, reflexiona sobre realidades muy concretas de la comunidad cristina. El ser humano es sus relaciones diarias enfrenta la realidad del conflicto y es invitado a perdonar y tener misericordia. Además, presenta dos tipos de perdón: cuantitativo y cualitativo.
Pedro, piedra de la Iglesia, hace la pregunta aritmética: “Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?” (18, 21). Ciertamente, para el apóstol perdonar hasta siete veces ya es una exageración. Para otros será dar una, o dos y hasta tres oportunidades de perdonar. La pregunta cuantitativa, podríamos decir, es una miseria. El ser humano tiende a medir, analiza hasta dónde puede llegar y, de antemano, se reserva la cuantía.
La respuesta cualitativa de Jesús: “no te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (18, 22). El perdón cualitativo, infinito, rompe la dureza del corazón y abre a la bondad y presencia de Dios misericordia. Dios se da con generosidad, sin medidas, ya sea a lo largo de toda la vida o en un instante.
La enseñanza del Evangelio en la que Jesús orienta a Pedro une una parábola y una alegoría. La indicación de Jesús contrasta la vida de la comunidad cristiana. Al comparar el Reino, Jesús, habla del Rey que quiere ajustar las cuentas de sus criados y de esta manera se presenta el corazón de Dios que perdona siempre: “Se compadeció de aquel criado y lo dejo marchar, perdonándole toda la deuda” (18, 27). Cuando Jesús habla de la conducta del siervo perdonado que no quiere perdonar, se refiere a la realidad humana: perdonados por Dios, pero duros e inflexibles con la realidad del hermano.
Aplicación pastoral
El amor a Dios se vive en la cotidianidad. En ella hay divisiones, tensiones y realidades que confrontan e invitan a restablecer amistades y confianzas rotas. Perdonar setenta veces siete es sinónimo de perdonar siempre. El número siete, en el lenguaje bíblico es perfección. La propuesta de Jesús, el Señor, es ilimitada, hay que perdonar siempre; en cambio, la mirada de Pedro es muy corta.
La luz que ofrece esta enseñanza es central en la vida cristiana. Es, además, la novedad que trae el vivir la fe en Señor. La invitación de este domingo es muy precisa: hay que perdonar setenta veces siete, es decir, siempre.
Los invito, en un momento de oración, a realizar un pequeño recorrido en la vida. En las relaciones con sus seres queridos, familiares y amigos, anda midiendo el perdón: «perdono, pero no olvido». Además, en algún momento pone condiciones al perdón: «te perdono, pero…»; o en ocasiones, se alegra por la muerte de otro ser humano. Cuando sufres un mal o una afrenta, ¿cómo reaccionas? Recuerda la invitación de Jesús.
El Evangelio se trasmite con la vida. Ser testigos del Redentor, implica asumir la vida de Dios que ama al pecador que quiere iniciar una vida nueva. Recordemos la frase de la oración que el Señor nos enseñó: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mt 6, 12).

