Ciclo A: Jn 9,1-41
P. Gerardo Suárez Marín, C.Ss.R.
A TRAVÉS DE LA FE, EL SEÑOR JESÚS NOS OFRECE UNA NUEVA VISIÓN
Introducción
En la primera lectura, vemos cómo Dios envía a Samuel para ungir a David nuevo rey de Israel. Al ser ungido, David recibe la fuerza del Espíritu para cumplir su misión. Pues el Señor no se fija en las apariencias, sino en lo profundo del corazón (1 Sam 16,7).
Por su parte, san Pablo nos invita en su carta a los Efesios a dejar atrás la oscuridad para caminar en la luz de Jesús. Vivir como «hijos de la luz» significa actuar siempre con verdad, justicia y bondad (5,8-9).
El Evangelio nos invita a reflexionar en el relato del ciego de nacimiento (Jn 9,1-41). En el pasaje está reflejada la propia condición humana: las múltiples cegueras que nos impiden alcanzar un crecimiento íntegro y pleno en todas las dimensiones de nuestra vida. El Evangelio nos sirve de espejo. No es solo la historia de un hombre que no veía; es la historia de nuestra propia ceguera y de cómo la Luz del Mundo quiere entrar en nuestros corazones, en nuestras familias, en nuestras comunidades eclesiales, religiosas y político-sociales.
Jesús, al ver al hombre nacido ciego, no solo le devolvió la vista física, sino, además, encendió una luz a través de la cual desveló verdades profundas. Es precisamente esa luz la que necesitamos para disipar las tinieblas que nos envuelven y nos obstaculizan.
Comentario bíblico: la Luz que recrea
En el texto encontramos un «signo»: Jesús usa barro y saliva (v. 6). ¿A qué les suena eso? ¡Al relato del libro del Génesis! Dios modelando al hombre del polvo de la tierra. Jesús no solo está curando un órgano, está recreando al ser humano.
Luego se presentan una serie de controversias a través de interrogatorios: el ciego es interrogado por los fariseos (9,13-17). Son interrogados sus progenitores acerca de la verdad del hijo nacido ciego (v.18-23). Nuevamente el ciego es interrogado por los fariseos (9,24-34), quienes lo expulsan de la sinagoga. Finalmente es interrogado por Jesús (9,35-38).
El encuentro final del ciego con Jesús deja entrever como Jesús ha venido para que todos los seres humanos podamos ver y someter a juicio a quienes dicen ver. Pasar de la ceguera a la visión, de la oscuridad a la luz, del desconocimiento al conocimiento de Jesús, es pasar a la fe. Es el proceso de cómo un ciego llega a la fe y los que creen ver resultan estar enceguecidos por el pecado.
El tema del pecado ocupa gran parte del relato. Así comienza el diálogo de los discípulos con el Señor Jesús: “Maestro, ¿quién pecó para que naciera ciego? ¿Él o sus padres?” (9,1-3). Luego, los fariseos tildan a Jesús de ‘pecador’ (9,16.24), acusación que el ciego ya curado objeta con un argumento teológico: “Si ese hombre no viniera de parte de Dios, no podría hacer nada” (9,30-33). Luego, los fariseos señalan al ciego como nacido en pecado (9,34). Finalmente, Jesús hace notar cómo los fariseos son quienes están en pecado (9,41).
El pecado no se encuentra allí donde uno cree encontrarlo. Por ejemplo, en la enfermedad, en una cuestión intergeneracional o en todos los demás males que le sobrevienen al hombre, sino en la resistencia para cambiar de punto de vista. El pecado está en la actitud negativa de cualquier persona al negarse a ver la luz en Jesús.
No obstante, la trama principal del relato no es el pecado, sino la obra de Dios, la cual sirve de base a la confesión de fe como proceso de crecimiento: en un primer momento el ciego piensa que Jesús es simplemente ‘un hombre’, uno más, y del cual no sabe nada (9,11-12). Después lo reconoce como ‘un profeta’ (9,17). Más adelante como ‘un enviado de Dios’ (9,33). Finalmente, como ‘Hijo del hombre’ y ‘Señor’ (kyrios) (vv. 37-38).
En síntesis, se propone una relectura de la ceguera, la cual, no se interpreta como una retribución punitiva por el pecado, sino como escenario providencial de la manifestación de las obras de Dios (v. 3). En este contexto, Jesús se constituye como la “Luz del mundo” (v. 5), posicionándose frente a la opacidad de una estructura legalista donde se prioriza la observancia normativa del sábado sobre la dignidad de la persona humana. Además, se observa un proceso de curación progresivo y pedagógico: desde la curación física de la ceguera hasta arribar a la fe.
Aplicaciones pastorales: nuestras cegueras actuales
El ciego de nacimiento somos nosotros cuando nos encerramos en nuestro propio «metro cuadrado». Mencionemos algunos «entornos» donde es posible constatar cegueras que nos están robando la paz interior y exterior:
-En la vida familiar. A veces somos ciegos ante el cansancio del cónyuge o la soledad de los hijos por estar pegados al celular. Tenemos ojos, pero no vemos la tristeza detrás de un «estoy bien». Es necesario llegar a la casa a «lavarse en la piscina Siloé», es decir, a limpiar la mirada para ver el tesoro en su familia y no solo los platos sucios o las cuentas por pagar.
-En la vida social. Pasamos junto al mendigo en el semáforo o al vecino que perdió el empleo y somos como los vecinos del Evangelio: hablamos de ellos, pero no los miramos a los ojos (v. 8). La ceguera social es la indiferencia. Por lo tanto, es necesario reconocer la dignidad del otro, aunque sea distinto a mí o piense diferente. Esta es la ceguera más común en nuestras ciudades modernas. Es pasar de largo. Es ver al necesitado, al triste o al anciano como si fueran parte del mobiliario urbano, como si fueran invisibles. El Papa Francisco nos advierte sobre esta «globalización de la indiferencia». Quien no se conmueve, ha perdido la vista del corazón.
-En la vida laboral. Nos ciega la ambición, la envidia, la competencia desleal. Se nos olvida ser personas íntegras, donde trabajar con honestidad y responsabilidad sea la mayor luz que podemos dar en la oficina o en la fábrica. No seamos como los fariseos que buscaban el error ajeno para señalar (v. 16).
-En la vida emocional. Esta es la ceguera del miedo, como la de los padres del ciego (v. 22). Tenemos miedo al «qué dirán», miedo a sanar heridas del pasado, miedo a reconocer que necesitamos ayuda. El Señor Jesús nos dice hoy: “Vete, lávate” (v. 7). Reconoce tu fragilidad para que Él pueda poner su luz en tus sombras.
Mencionemos, finalmente, algunas «cegueras» más comunes entre nosotros.
-La ceguera del egoísmo (El efecto espejo). Esta es la ceguera de quien solo se ve a sí mismo. Como aquel que mira un vidrio, pero en lugar de ver el paisaje a través de él, solo ve su propio reflejo porque el vidrio está azogado. Cuando vivimos para nuestro propio interés, nuestro «yo» se vuelve tan grande que tapa la imagen de Dios en los demás. Dejamos de ver personas para empezar a ver rivales, intrusos, «obstáculos» o «herramientas».
-La ceguera del juicio (La viga en el ojo). ¡Ay de nosotros cuando nos convertimos en jueces! El juicio pone una venda sobre nuestros ojos. Cuando miramos al hermano y solo vemos su pecado, su error, su pasado o su ideología, estamos ciegos. El juicio nos hace ver etiquetas, no seres humanos. Dios no ve pecados, ve hijos heridos; si tú solo ves faltas, tu visión ya no es la de Dios.
-La ceguera espiritual. Es la incapacidad de ver a Dios en nuestras vidas, de reconocer su presencia amorosa y su guía soberana. Es vivir como si Él no existiera, priorizando lo terrenal sobre lo eterno, lo efímero sobre lo trascendente, lo superficial sobre lo esencial. El ciego de nacimiento, al ser sanado, experimenta un despertar en su ser. El encuentro con Jesús le revela la verdad última, la fuente de toda luz. Nosotros nos conformamos con ver un mundo sin Dios, negándonos a la experiencia transformadora de su amor y su gracia.
-Cegueras políticas y religiosas. Caemos a menudo en las cegueras de las ideologías rígidas. Nos aferramos a nuestras propias ideas y dogmas, cerrándonos a la verdad proveniente de otras perspectivas o alternativas. A los fariseos del relato, su apego a la ley de modo intransigente, les impide reconocer la obra de Dios delante de sus propios ojos. Su preocupación por las apariencias y el poder eclipsan la presencia del Mesías. Debemos cultivar una mente abierta y un corazón humilde, dispuestos a discernir la verdad en medio de la diversidad, sin caer en la intolerancia ni en la soberbia intelectual o espiritual.
Ojalá podamos decir como el ciego: “Solo sé una cosa: que era ciego y ahora veo” (v. 25). Que María Santísima nos cubra con su manto amoroso y nos ayude a ser, en medio de las oscuridades de nuestra existencia, luz de Cristo en el mundo.

