Pedro Pablo Zamora Andrade C.Ss.R.
El término hebreo pésaj (pascua) significa «paso» o «salto».[1] Y de estos pasos o saltos nos hablan las escrituras judías, cristianas y nuestra propia vida de fe. Haciendo una lista rápida podemos hablar de, al menos, siete pascuas. De la pascua judía y la pascua cristiana hay bastante conocimiento. A eso agreguemos la invitación que nos hacen los predicadores en cada semana santa a vivir nuestra propia pascua. Finalmente, no podemos olvidar los textos bíblicos o las reflexiones sobre la «pascua eterna» en funerales, novenarios o cabos de año. La primera, tercera y cuarta pascua de nuestra reflexión son menos conocidas, pero tienen carta de ciudadanía en la reflexión teológico-bíblica. He aquí una breve descripción de cada una de ellas.
La primera pascua
La primera pascua es la fiesta cósmica celebrada desde tiempos inmemoriales por los pueblos nómadas y dedicados al pastoreo. ¿En qué consistía? En una fiesta estacional que marcaba el principio de la primavera y el cambio –el paso– de los pastos de invierno a los de primavera. El hecho es que al llegar la primera luna llena de primavera los pastores celebraban esa fiesta y lo hacían sacrificando un cordero, cuya sangre servía para marcar los límites del campamento y para protegerse de los malos espíritus. Se trataba, por tanto, de un banquete familiar y popular de carácter religioso.
La segunda pascua
Es la festividad judía que conmemora la salida del pueblo hebreo de Egipto, relatada en el libro del Éxodo (14,15-31). El pueblo hebreo considera que este hecho marca el nacimiento del pueblo como tal. La celebración coincidió en el mes hebraico (nissan) que corresponde a los últimos días de los meses de marzo y abril, cuando comenzaba la estación de la primavera.
La fiesta hebrea de Pascua conserva una admirable continuidad con la fiesta cósmica de los pastores. Fue durante la celebración de esta fiesta pastoril que el grupo de Moisés planeó la huida de Egipto. La petición que Dios hace al faraón: “Deja salir a mi pueblo para que celebre fiesta en mi honor en el desierto” (Ex 5,1), puede ser una referencia velada a esta celebración. Ahora bien, es probable que la décima plaga (muerte de los primogénitos egipcios: Ex 11,5), a la que los expertos en Biblia hoy relacionan con una peste infantil que estaría matando a niños egipcios y hebreos por igual, aceleró la necesidad de salir del lugar. Al fin y al cabo, en los niños reside el futuro del grupo; sin niños, el grupo está condenado a desaparecer. Parece ser que hasta el clima fue propicio para el éxito de esa empresa. Los textos hablan de una «columna de nube» (Ex 14,19) que se interpuso entre el grupo de fugitivos y el ejército egipcio. Es posible que una noche nublada haya sido la mejor cómplice para un grupo de personas en busca de libertad.
Por tanto, la pascua judía es la fiesta de la libertad. De allí los rebrotes de nacionalismo que surgían cada año en los peregrinos y residentes de Jerusalén. Por tal motivo, el imperio romano tomaba medidas ante cualquier intento de revuelta. El gobernador romano se desplazaba desde Cesarea marítima y permanecía en la ciudad esos días. Lo acompañaba una legión de soldados acuartelada en la torre Antonia, junto al templo judío.
La tercera pascua
La tercera pascua tiene lugar cuando algunos miembros del pueblo judío aceptan la propuesta de Ciro, rey de Persia, para retornar a su país (Esd 1,1-11). Después de la división del reino davídico, los habitantes del norte fueron deportados a Asiria y los del sur a Babilonia. Sin embargo, el destierro termina con el decreto real de Ciro. Su decisión es vista como una intervención de Dios en la voluntad del monarca extranjero. El denominado «segundo Isaías» por los expertos, lee a la luz del éxodo egipcio el nuevo éxodo de la esclavitud babilónica (Is 43,14-21). En este sentido, la experiencia egipcia se convierte en telón de fondo para interpretar la nueva experiencia histórica.
La cuarta pascua
Esta pascua tiene que ver con los relatos de algunos personajes que mencionan los textos neotestamentarios. Nos referimos concretamente a la reanimación de la hija del jefe de la sinagoga de Nazaret llamado Jairo (Lc 8,49-55), a la resucitación del hijo de la viuda de Naín (Lc 7,11-17) y de Lázaro (Jn 11,1-16).[2]
En los tres casos antes mencionados, podemos hablar de «pascua» porque hay paso de la muerte a la vida temporal. Los tres personajes retornan a esta vida terrena. Son jóvenes a los que el Señor Jesús les ofreció la posibilidad de realizar sus proyectos de vida truncados por una muerte temprana. Son pascuas que no resuelven el problema de la muerte y que reclaman, de manera clamorosa, la pascua del Señor Jesús.
La quinta pascua
La pascua cristiana tiene lugar en el contexto de una pascua judía. Después de celebrar la cena y de proponer el pan y el vino como símbolo de su cuerpo entregado y de su sangre derramada por el bien de la humanidad (Mc 14,22-24), Jesús y algunos de sus discípulos salen de la ciudad y se dirigen al huerto de los Olivos (Mc 14,26). Allí tiene lugar su captura; luego sobreviene un rápido juicio y su posterior condena a muerte.
La pascua cristiana tiene que ver con su pasión, muerte y resurrección. Lo que celebramos el jueves, viernes y sábado de la semana santa, hace referencia al paso del Señor Jesús de la muerte a la vida y a la vida que nunca termina. “Cristo Jesús, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más. La muerte ya no tiene poder sobre él”, afirma san Pablo (Rom 6,9). Esa es la buena noticia que el cristianismo le comunica al mundo: hasta la muerte tiene solución y se llama Jesús resucitado. Quienes se esfuercen en vivir a la manera de Jesús, participarán con él de su triunfo, de su victoria, porque la resurrección es el «visto bueno», la confirmación de que la vida de Jesús es valiosa para Dios.
La sexta pascua
La quinta pascua tiene que ver con nosotros. Nace de la confrontación de la pascua cristiana con nuestra propia experiencia de fe. Es común escuchar a los predicadores decir: ¿Cuál es la pascua a la que Dios nos llama en este año? Las respuestas pueden ser las más diversas. ¿Cuál es el paso que debo dar en mi vida en esta ocasión? El convencimiento es que siempre podemos ser mejores. ¿Cuál es la esclavitud, el defecto, la debilidad, el vicio o el pecado que no me deja crecer, que no me deja vivir en la libertad de los hijos de Dios? ¿Cuál es la pascua que deben vivir nuestras familias, nuestro país? Allí debemos vivir esa experiencia de pascua, con la ayuda de la gracia divina.
La séptima pascua
La sexta y última pascua tiene que ver con nuestra meta definitiva. Nuestra permanencia en este mundo es temporal. «Somos los peregrinos que vamos hacia el cielo», dice un canto litúrgico. La patria definitiva de un creyente se encuentra junto a Dios, en la eternidad. Hacia allá nos dirigimos. Son muchos los textos bíblicos que nos recomiendan «estar preparados» (Lc 12,35-40). Para que la muerte no nos sorprenda, es conveniente estar preparados. Tengamos nuestra vida en orden, nuestras cuentas al día. Que cuando Dios nos llame, sea una buena noticia. Al fin y al cabo, nuestro deseo es ver a Dios y poder ser verdadera y plenamente felices en su presencia, en su compañía en el cielo.
[1] Cfr. Rinaldo FABRIS, “Pascua”, en Pietro ROSSANO, Gianfranco RAVASI y Antonio GHIRLANDA (dirs.), Nuevo diccionario de teología bíblica, (Madrid: Paulinas, 1990), 1409-1418.
[2] Algunos autores distinguen entre reanimación, resucitación y resurrección. El relato de la hija de Jairo sería un caso típico de «reanimación». En el caso del hijo de la viuda de Naín y de Lázaro, utilizan el término «resucitación». El término «resurrección», en cambio, quedaría reservado únicamente para el evento que aconteció en la persona del Señor Jesús.

