El asesinato de Jesús y de los líderes sociales en Colombia

El asesinato de Jesús y de los líderes sociales en Colombia.

Una reflexión sobre fe y compromiso social

D. Carlos Daniel Franco Ramírez, CSsR.

Introducción

   Aunque el estudio del Jesús histórico es relativamente reciente, ha producido frutos notables, al permitir abordar a Jesús también en su dimensión humana. Durante largos siglos, su muerte se interpretó únicamente desde la óptica de la teología y la espiritualidad —murió por nuestros pecados—, desconociendo las causas sociopolíticas que lo comprometieron hasta dar su vida en un contexto histórico muy concreto. De este modo, su muerte se convierte en un hito que ilumina el compromiso de sus seguidores a lo largo del tiempo.

   Jesús no murió de muerte natural; fue ejecutado, condenado a morir en la cruz. Este hecho tiene que ser reflexionado e investigado exhaustivamente desde varias perspectivas, tanto en sus causas como en sus consecuencias. Jesús se encarnó y asumió plenamente su condición humana, viviendo la realidad de su pueblo y comprometiéndose con su historia. Por ello, es necesario conocer las causas históricas de la muerte de Jesús y su compromiso con el contexto de su tiempo, para comprender cómo su vida fundamenta, sostiene y fortalece el compromiso del cristiano de ayer y de hoy.

   La realidad vivida por Jesús, aunque situada en una época y en un contexto histórico distinto, encuentra resonancias en la Colombia actual. Son numerosos los líderes de diversas comunidades, hombres y mujeres que son amenazados, acallados y finalmente asesinados por asumir compromisos concretos y radicales en sus comunidades y territorios, en la búsqueda de la justicia y la paz, la defensa de la colectividad y sus derechos.

   “Colombia ha sido catalogada como uno de los países más peligrosos para ejercer como líder social o como defensor de los derechos humanos según las Naciones Unidas” (Medina, 2019). Desde la firma de los acuerdos de paz con las FARC-EP (24 de noviembre de 2016) hasta el 03 de mayo de 2026 (fecha de actualización del presente texto), se han registrado más de dos mil ochenta y seis asesinatos de personas pertenecientes a esta colectividad. Ante estas cifras, como sociedad y, de manera particular, como cristianos, surge inevitablemente la pregunta: ¿de qué manera la relación entre las causas históricas de la muerte de Jesús y el asesinato de los líderes sociales interpela la dimensión social de la fe de los creyentes?

Causas históricas de la muerte de Jesús

   Gracias a la investigación histórico-crítica, particularmente a los estudios sobre el Jesús histórico y, en especial, a la llamada Third Quest («tercera búsqueda»), se ha desarrollado una investigación interdisciplinaria que tiene en cuenta los evangelios, los textos bíblicos y extrabíblicos, así como el contexto social, político y cultural de la época. A ello se suman los aportes de la arqueología, el consenso con las diferentes ciencias, la aplicación de herramientas y métodos críticos de credibilidad, que permiten redescubrir al judío del siglo I: al hombre de carne y hueso que hoy se conoce como Jesús de Nazaret. Esta aproximación no se opone al Cristo de la fe, sino que contribuye a una comprensión más integral de su figura.

   Hoy se tiene la certeza de que Jesús, el judío del siglo I, existió, vivió en la Galilea de su tiempo, compartiendo las costumbres y el estilo de vida de su entorno, y que finalmente fue ejecutado. Sin embargo, aunque no se conocen con plena exactitud las causas concretas de su muerte, sí es posible señalar algunos factores históricos que contribuyeron a ella. Al respecto, Boff (1978) afirma que “la muerte de Jesús solamente puede entenderse desde su praxis histórica, su mensaje, las exigencias que hizo y los conflictos que suscitó” (p. 25).

   Jesús fue crucificado. La crucifixión era un método empleado por los romanos que consistía en clavar al condenado en el madero y dejarlo allí colgado hasta que muriera; Jesús no fue el primero ni el último en ser ejecutado de esa manera. Este tipo de ejecución, reservado para criminales y sediciosos, permite inferir que su muerte estuvo enmarcada en un contexto de conflicto, presente casi desde el inicio de su vida pública.

   Un elemento importante a tener en cuenta para entender este conflicto es el contexto sociocultural en el que vivió Jesús, a partir del cual se puede entender por qué fue una figura contracultural y por qué su mensaje resultaba desafiante. En aquel tiempo y en gran parte del Imperio romano, existía una profunda desigualdad, abuso de poder, explotación e impuestos excesivos, entre otras realidades, lo que generaba continuas revueltas de orden público, y Galilea no era ajena a esa situación. “Galilea sufría tensiones estructurales profundas, tensiones entre judíos y paganos, entre la ciudad y el campo, entre ricos y pobres, entre dominadores y dominados” (Theissen & Merz, 1999, p. 186).

   Jesús se opuso a la desigualdad anunciando la llegada de un Reino nuevo, en el que todos son bienvenidos sin diferencias de ninguna índole. Propuso un nuevo modo de estructurar la sociedad, eliminando privilegios personales y elitistas. Crossan (1994) afirma que Jesús “no hacía un llamamiento a la revolución política; antes bien, postulaba una revolución social que afectaba peligrosamente a los propios cimientos de la mente humana. La distinción entre judíos y gentiles, entre varón y mujer, libres y esclavos, ricos y pobres quedaba totalmente abolida; no tenía la menor importancia” (p. 10).

   El anuncio de este Reino resultaba ofensivo y subversivo para el poder romano. El Imperio debía mantenerse dentro de un sistema jerárquico, con el emperador y la élite dirigente por encima de los demás. En este contexto, el movimiento de Jesús suponía de entrada una amenaza tanto para Tiberio y Poncio Pilato, representantes del poder imperial, como para Anás, Caifás y demás autoridades judías; motivos suficientes para que se le declarara enemigo.

   Jesús pregonaba que “los pobres y los oprimidos serían vindicados, los malvados y los injustos serían castigados y se constituiría un nuevo Israel en el cual estarían vigentes unas relaciones sociales igualitarias y las instituciones opresoras, tanto romanas como judías, serían sometidas al juicio de Dios” (Freyne, 2007, p. 185). Con este mensaje, Jesús aparece como una figura incómoda para las élites y para quienes ostentaban el poder. El orden establecido exigía un pueblo sometido, sin espacio para revueltas; por ello, se debía prevenir toda forma de protesta y de desórdenes sociales que se pudieran presentar, como ya se habían dado en otras ocasiones. En este sentido, se puede deducir que “estar a favor de los más marginados del sistema político y religioso es lo que provocó el enfrentamiento y posteriormente su muerte” (Paz, 2014, p. 27).

   Junto con el conflicto social que suscitó y que pudo haber contribuido a su muerte, algunos estudiosos coinciden en que, para comprender mejor las causas de su deceso, es necesario señalar que Jesús fue sometido a dos juicios. Sin entrar en detalles de este proceso judicial, uno de ellos habría sido de carácter religioso por “blasfemia”, por proclamarse como el Hijo de Dios. En esta línea, Piñero (2018) afirma que “condenaron a Jesús como transgresor de ciertas normas sagradas, el sábado, entre otras, por blasfemo al haberse proclamado hijo real de Dios y haber atentado contra el Templo” (p. 307).

   Sin embargo, los argumentos de tipo religioso no constituían una causa suficiente para el gobernador romano, ya que eran considerados asuntos internos del pueblo judío. Por ello, adquirió mayor peso el segundo juicio, de carácter político, en el que le acusó de proclamarse como rey, lo cual atentaba contra la autoridad del emperador. Se puede afirmar, entonces, que Jesús fue condenado en primera instancia por las autoridades religiosas y al no tener la potestad de aplicar la pena capital, fue finalmente ejecutado por las autoridades romanas.

   Jesús fue presentado como un agitador político ante Pilato. Por los datos brindados, se cree que nunca usó la violencia ni las armas, pero su predicación y su práctica liberadora resultaban profundamente desafiantes. “Se puede ver cómo las palabras y acciones de Jesús producían inevitablemente tensión y confrontación. Lo que él decía y hacía tenía consecuencias para el orden político, social y económico a la sazón vigente” (Meier, 2003, p. 605). Por ello, fue sentenciado, condenado a muerte y ejecutado.

   A Jesús lo condenaron porque vieron en él a un opositor, como a alguien peligroso para el orden imperial. Fue crucificado como enemigo de Roma, como sedicioso contra la ley imperial y su sistema de gobierno. Este tipo de ejecución también funcionaba como escarmiento público, una forma de amedrentar al pueblo para evitar levantamientos.

  1. Líderes sociales en Colombia

   Colombia, a lo largo de su historia, ha sido un país marcado por múltiples expresiones de violencia: grupos armados al margen de la ley, guerrillas, paramilitares, bandas criminales, terratenientes, corrupción de sectores dirigentes, injusticia y desigualdad social, narcotráfico y sus nefastas consecuencias, violaciones a los derechos humanos, pobreza extrema y falta de oportunidades, entre otras problemáticas. Ante este “oscuro” panorama, no han faltado hombres y mujeres que se han atrevido a ir contracorriente, luchando por la construcción de un mejor país. Entre ellos, se destacan los líderes y las lideresas sociales.

   El 24 de noviembre de 2016, el entonces presidente Juan Manuel Santos y Rodrigo Londoño Echeverri, alias “Timochenko”, jefe de las FARC-EP en ese momento, firmaron el tan anhelado acuerdo de paz, del cual en este año se cumplen 10 años. Se esperaba que este acuerdo trajera el cese definitivo de la violencia y del conflicto armado, inaugurando una nueva etapa de paz y de estabilidad para el país. Sin embargo, los índices de violencia derivados del conflicto armado continúan presentes y, además, ha crecido otra problemática preocupante: el aumento de las violaciones al derecho a la vida de líderes sociales y defensores de derechos humanos. 

   Indepaz ha actualizado en 2086 el registro de víctimas de líderes sociales, defensores de derechos humanos y firmantes del acuerdo de paz asesinados entre el 24 de noviembre de 2016 y el 5 de mayo de 2026 —fecha de actualización del presente texto y cuyas cifras probablemente habrán aumentado mientras este texto sea leído—. Según estos datos, fueron asesinados 21 líderes sociales en 2016, 207 en 2017, 298 en 2018, 279 en 2019, 310 en 2020, 171 en 2021, 198 en 2022, 188 en 2023, 173 en 2024, 187 en 2025 y 54 en 2026. 

   Desde la firma de los acuerdos de paz, las comunidades de 428 municipios han sido víctimas de agresiones y de violencia armada. Los departamentos de Cauca, Antioquia, Nariño, Valle del Cauca, Putumayo, Córdoba, Caquetá y Chocó se encuentran entre los más afectados (Indepaz, 2021, p. 9). Estos departamentos han estado históricamente marcados por el conflicto y, en muchos casos, se han caracterizado por el abandono estatal y el de los diversos entes gubernamentales, así como por la escasa o inexistente presencia de la fuerza pública, favoreciendo que grupos armados controlen y se apropien de diversos territorios, especialmente aquellos dejados tras la desmovilización de la guerrilla de las FARC-EP.

¿Quiénes son los líderes y las lideresas sociales en Colombia?

   Los líderes y lideresas sociales en Colombia son hombres y mujeres que se comprometen con la defensa de los derechos humanos, del medio ambiente, de la educación, de la cultura y de las necesidades fundamentales de las diferentes comunidades del país. Estos adalides lideran, elaboran y presentan propuestas; además, adelantan procesos orientados a la reconstrucción del bienestar social en sus territorios.

   Según el CINEP/PPP (2018), “la condición de liderazgo social se fundamenta en dos pilares: la actividad concreta que esta persona desempeña y el reconocimiento que de esta actividad hace la comunidad en la que se encuentra inserta. De este modo, un líder o lideresa social es una persona que cuenta con reconocimiento de su comunidad por conducir, coordinar o apoyar procesos o actividades de carácter colectivo que afectan positivamente la vida de su comunidad” (pp. 8-9).

   El accionar de los líderes sociales, mediante la crítica, denuncia y protesta contra las realidades de injusticia vividas por los sectores más pobres, resulta incómodo para los intereses de personas y grupos que buscan imponer su poder y dominar por medio de la violencia. Esto lleva a los líderes sociales a enfrentar ingentes riesgos que, en muchos casos, comprometen incluso su vida.

   En Colombia, desafortunadamente, defender la vida y sus derechos se convierte en un «delito». Al respecto, Leyner Palacios, víctima y sobreviviente de la guerra, líder social y defensor de los derechos humanos, afirma que “en Colombia es más peligroso ser un líder social que un delincuente” (El Espectador, 2021), reflejando el temor y la vulnerabilidad que experimentan quienes defienden a sus comunidades.

   Un estudio de Ball et al. (2018) señala que “el asesinato de líderes sociales se explica como una forma de intimidación a la actividad política, que interrumpe los procesos sociales que promovían los líderes ejecutados y que lleva al desplazamiento de otros líderes sociales” (p. 4). Con el asesinato de estos hombres y mujeres son incalculables los daños causados a las comunidades, ya que se destruyen los procesos organizativos y se pierden los logros alcanzados colectivamente. Con el asesinato de los líderes sociales se debilita el derecho a la paz y a la democracia, y se continúa fragmentando el tejido social de la nación.

   Por otro lado, cuando se pregunta sobre los autores materiales e intelectuales, quiénes son los responsables de estos asesinatos, la respuesta no es específica y la información es limitada, porque son muchos los comprometidos. Es muy complejo llegar a identificar a los victimarios, dificultando la judicialización y favoreciendo la impunidad.

  1. Jesús y los líderes sociales

   Después de haber presentado algunas de las causas históricas de la muerte de Jesús y de haber identificado el compromiso y las causas que defienden los líderes sociales en Colombia, surge la pregunta: ¿en qué sentido estas dos realidades se relacionan? Se trata, entonces, de iluminar, desde la vida y las enseñanzas de Jesús, la vivencia y el compromiso que hoy asumen los líderes sociales, leyendo su vida no solo desde una perspectiva estrictamente religiosa, sino histórica y social.

   Por eso es tan urgente que en nuestra experiencia cristiana se haga énfasis en el compromiso social, ya que esta es una cuestión profundamente humana que convoca a solidarizarnos con quienes más sufren, más aún porque la opción preferencial por los más necesitados tiene sus raíces en el evangelio mismo. Por tanto, esta dimensión es algo inherente al ser mismo de la Iglesia y de la sociedad en general. Al respecto, el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, en el numeral 167, afirma: “El bien común es un deber de todos los miembros de la sociedad: ninguno está exento de colaborar, según las propias capacidades, en su consecución y desarrollo”.

   Por su parte, el Concilio Vaticano II, en la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, resalta el compromiso social de la Iglesia e invita a mirar los signos de los tiempos, a discernir las realidades que nos rodean y a dar testimonio evangélico y cristiano en todos los ambientes en los que se mueven los creyentes. Asimismo, las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano han invitado a reflexionar, a tomar conciencia de la realidad de los pueblos y a hacer una opción preferencial por los pobres y los más desfavorecidos.

   El papa Francisco participó de manera comprometida en cinco Encuentros de Movimientos Populares, en los cuales expresó su preocupación por la realidad social y la importancia de que estos grupos luchen por la construcción de un mundo mejor, “tierra, techo y trabajo, eso por lo que ustedes luchan, son derechos sagrados. Reclamar esto no es nada raro, es la doctrina social de la Iglesia” (Francisco, 2014). Por ello, reiteradamente ha expresado su aprecio y apoyo a esta labor social comprometida en favor de los más necesitados: “Queridas hermanas y hermanos: sigan con su lucha; nos hacen bien a todos. Es como una bendición de humanidad” (Francisco, 2014).

   También el papa Francisco, en la Exhortación apostólica Evangelii Gaudium dedica un capítulo a la dimensión social de la evangelización. Allí enfatiza que la fe no es solamente una experiencia individual, sino también comunitaria, capaz de promover el bien común y de transformar los ambientes de la sociedad.

   Con base en estas premisas intentamos correlacionar las causas de la muerte de Jesús de Nazaret con las de los líderes sociales en Colombia, encontrando elementos comunes, a pesar de la diferencia de contextos. Con ello no se pretende cristianizar a los líderes y lideresas sociales ni reducir la vida de Jesús a una mera esfera sociopolítica. En este sentido, aplicando el método de correlación entre estos dos universos, se descubren tres puntos de encuentro: la justicia y los pobres, el compromiso social y la defensa de la vida, y el final violento.

La justicia y los pobres

   Al igual que Juan el Bautista, Jesús fue considerado en su tierra como un profeta por su forma de actuar y por su compromiso; el contenido de sus palabras y su estilo de vida resultaban desafiantes y contraculturales. Dentro del contexto semita o judío, la labor profética estaba relacionada con la búsqueda de la justicia y el derecho; el profeta era un portavoz de Dios y, en su nombre, anunciaba y denunciaba. Jesús tenía un proyecto claro y concreto, un proyecto de justicia, compasión e inclusión. Asumió causas concretas, especialmente en favor de los más pobres. Predicó el Reino de Dios y su justicia, la liberación de los oprimidos y denunció la hipocresía y toda clase de injusticias. Prestó especial atención a los enfermos, a las mujeres, a los pecadores y a los niños. Boff (1985) confirma:

   Jesús murió por los motivos por los cuales muere todo profeta en todos los tiempos: colocó por encima de la propia conservación de la vida los valores que Él predicaba; prefirió morir libremente antes que renunciar a la verdad, a la justicia, al derecho, al ideal de la fraternidad universal, a la verdad de la filiación divina y de la bondad irrestricta de Dios Padre. (p. 40)

   De manera semejante, en el contexto actual colombiano, los líderes sociales reclaman aquello que consideran justo y que pertenece legítimamente a sus comunidades. Son conscientes de la explotación, de la violación de los derechos, de las escasas oportunidades de sus comunidades y, en muchos casos, del abandono estatal. Por ello exigen justicia para las víctimas, protección y garantías en el ejercicio de su liderazgo y condiciones dignas para las comunidades que representan.

El compromiso social y la defensa de la vida

   Jesús vivió desde su infancia la realidad social de su pueblo: la desigualdad, la pobreza y la injusticia; sufrió los efectos del poder ejercido por los dirigentes de su tiempo. Frente a esta realidad, asumió el desafío de hacer algo diferente y emprendió una actividad liberadora: sanó, predicó, acogió, perdonó, acompañó y alimentó; además, se enfrentó sin temor a las autoridades religiosas, cómplices de la tiranía y del abuso del poder. Mateos y Camacho (1998) afirman que “la muerte fue la consecuencia previsible del compromiso de Jesús por el bien de la humanidad, que encontró la oposición de todos los poderosos” (p. 137).

   Los líderes sociales colombianos también tienen ideales y propósitos claros: promueven, protegen y procuran la aplicación de los derechos humanos y de las libertades fundamentales en las comunidades de sus territorios y en todo el país en defensa de la vida. Son, en muchos casos, la voz de quienes no son escuchados, como un signo de denuncia frente a las injusticias. En este sentido, del mismo modo que aconteció con Jesús, detrás de estos asesinatos existen intereses económicos, políticos y territoriales. En Colombia, con frecuencia, quienes denuncian, reclaman sus derechos o cuestionan el orden establecido representan un obstáculo para determinados intereses y una amenaza para ciertos sectores del poder.

 

 

Final violento

   Jesús fue perseguido durante su vida y finalmente asesinado. Él sabía lo que podía sucederle y el peligro al que se exponía si continuaba con su actividad liberadora y con el anuncio de un nuevo Reino que cuestionaba y amenazaba las estructuras del poder. Por eso, como en otros tiempos, también hoy quien se atreve a hablar y denunciar, muchas veces termina enfrentándose a una muerte violenta. “Jesús sabía que quien quisiera modificar y mejorar la situación humana, liberando al hombre para Dios, para los demás y para sí mismo, habría de pagar con la muerte. Jesús sabe que todos los profetas han muerto violentamente (Lc 11, 47-51; 13, 34; Mc 12, 2- 3)” (Sobrino, 1991, p. 124).

   De manera semejante, los líderes sociales saben que sus vidas corren peligro; aun así, permanecen firmes y continúan adelante en la defensa de sus causas. Muy seguramente si guardaran silencio, dejarían de incomodar a muchos sectores y quizás no serían asesinados; sin embargo, son conscientes de la lucha que adelantan y de la responsabilidad que tienen con sus comunidades. Al respecto, Garzón (2021) afirma que “la muerte de un líder o lideresa social facilita el accionar criminal de los grupos armados y de las bandas delincuenciales, porque se elimina la resistencia, la denuncia de sus atrocidades, la documentación y el ejercicio del control ciudadano” (p. 45).

   Es importante subrayar que estos hombres y mujeres no solo se enfrentan a la muerte física, sino también a múltiples agresiones y actos de violencia como amenazas, atentados, persecuciones y hasta agresiones sexuales dirigidas contra ellos o sus familias (Ávila, 2020). 

  1. Dimensión social de la fe y compromiso social

   La fe cristiana, en ocasiones, se ha reducido a una esfera individualista y egoísta, en la que cada persona se quiere salvar por sí misma de cara a Dios. Sin embargo, se ha olvidado que la fe en Cristo debe proyectarse hacia otros niveles para poder contribuir a la construcción del bien común. El seguimiento radical de Cristo y de su Evangelio incluye, en su esencia, el amor al prójimo, especialmente al más necesitado y sufriente; por ello, el compromiso social está en el corazón mismo del cristianismo; es inherente a su vivencia y expresión de la fe.

   En este sentido, el papa Francisco afirmaba que “si el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política, la Iglesia no puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. Todos los cristianos, también los Pastores, están llamados a preocuparse por la construcción de un mundo mejor” (Evangelii Gaudium, 2013, n. 183).

   El trabajo de los líderes sociales en favor de sus comunidades constituye, en muchos aspectos, una labor profundamente humana y cercana a los evangelios, aunque algunos de ellos no sean cristianos ni su labor esté inspirada explícitamente en la persona de Jesús o en la praxis evangélica. Sin embargo, representan un ejemplo y un desafío para quienes nos proclamamos seguidores de Cristo, pero carecemos del espíritu profético del Crucificado y de los mártires que dieron su vida por los demás.

   La recuperación de la memoria del Jesús histórico, de su ministerio profético y de su muerte debe convertirse en fuente de inspiración para asumir actitudes y acciones liberadoras frente a los desafíos de la historia actual. El clamor de tantos hermanos y comunidades sufrientes interpela constantemente la conciencia cristiana. En este sentido, quienes trabajan por la defensa de la dignidad humana, sean cristianos o no, están comprometidos con causas que se relacionan profundamente con el proyecto liberador de Jesús.

   A nivel eclesial, profundizar en las raíces históricas del compromiso de Jesús invita a ampliar el horizonte del sentido cristiano y a vivir una fe más sensible frente al sufrimiento humano. También impulsa a acompañar las luchas de los pueblos y de quienes trabajan por el bien común, venciendo la indiferencia, frente a una realidad cuya “particularidad… es que la mortandad parece invisible… y ante la cual muchos lamentan los homicidios, pero piensan que al final no los afectan” (Ávila, 2020, p. 8). 

   En definitiva, la invitación primordial es tomar conciencia de la vida y obra de Jesús y asumir los desafíos del compromiso evangélico, encarnando su mensaje en la realidad histórica concreta que vive el cristiano hoy. Desde su vocación, el creyente cuenta con elementos suficientes para ejercer un liderazgo fundamentado en los valores del evangelio, desde su vida ordinaria, profesión y espacios de participación social. Cabrera (2022) afirma que “los cristianos por vocación vivimos en medio del mundo. Estar en el mundo es parte de nuestro dinamismo de fe. El encuentro con el Señor Jesús tiene consecuencias sociales ineludibles. No se entiende a un cristiano escondiéndose o huyendo de los desafíos contemporáneos” (Pár. 8).

   Ser cristiano implica comprometerse con la transformación de la realidad. Por ello, aunque no todos ejerzan formalmente un liderazgo social, todo cristiano comprometido, de alguna manera, participa en la dinámica de los líderes sociales de nuestro país o de quienes trabajan por la justicia, la dignidad humana y el bien común. Esto exige reconocer el valor de su labor, acompañarlos, apoyarlos y solidarizarse con sus luchas y esperanzas, evitando así la indiferencia, el silencio o la crítica pasiva frente al sufrimiento y a las causas que defienden.

Conclusión

   Hoy sigue siendo importante hacer una teología contextualizada que parta de los acontecimientos y realidades de nuestro tiempo; se necesita una teología más social, capaz de iluminar el contexto en que se desenvuelve la vida de los cristianos. La teología no puede reducirse al escritorio ni a los intramuros de lo eclesial; debe propiciar nuevas lecturas que permitan conectar la vida de fe con la realidad social.

   La vida y la obra de Jesús han sido un signo esencial para muchas personas a lo largo de numerosas generaciones; por eso, redescubrirlo y recuperarlo se convierte en una tarea necesaria. Su vida, su mensaje y su muerte en cruz han inspirado el compromiso por la justicia, el amor, la paz y la fraternidad en muchos hombres y mujeres.

   A pesar del tiempo que nos separa de Jesús y de la diferencia de contextos, la realidad colombiana actual y la vida de muchos líderes sociales presentan elementos semejantes a los vividos por Jesús. Jesús murió, pero su muerte no significó el final; por el contrario, muchos han llevado adelante su mensaje y enseñanzas. Del mismo modo, cuando asesinan a un líder social, este no puede ser el fin; su muerte no debería conducir al silencio ni a la indiferencia, sino a despertar en otros el compromiso de continuar trabajando por la justicia, la dignidad humana y el bien común.

   De esta manera, todos quedamos comprometidos a asumir la dimensión social de la fe, conscientes de las realidades que acontecen en el mundo y a nuestro alrededor. Esto implica alzar la voz frente a las injusticias, defender los derechos de las comunidades y trabajar para que todos puedan vivir en condiciones dignas. En este sentido, Boff (2004) afirma que “un cristiano, por el hecho de serlo, debe comprometerse en la causa de la justicia y del bienestar social y, además, debe optar por aquellos programas y personas que se acerquen lo más posible a lo que entienda que es el proyecto de Jesús y de Dios en la historia” (p. 164). En otras palabras, quien no se compromete verdaderamente, se distancia del cristianismo auténtico de Jesús.

Referencias

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