“Vayan y digan…” (Mc 16, 7): un mandato inconcluso.

La mujer en la sociedad y en la Iglesia católica hoy

Hna. Patricia Milena Osorno Zuluaga, CCV[1]

 

Magdalenas de todas las horas

 Mujeres,

pisadas que abren caminos

de norte a sur, de sur a norte.

Por la amplia geografía
de todo un continente.

Desde lo más íntimo del corazón,

hasta lo más inhóspito de la tierra,

con la certera y creativa brújula

de esa intuición arcana y cercana,

cristiana por muy humana.

 

Pies descalzos

despojados de todo lo superfluo,

libres para abrir caminos necesarios,

dispuestos a bajar profundo,

como Jesús, Palabra hecha carne.

A lavar los pies hasta el sepulcro,

a palpar esas heridas que yacen

en el injusto límite de lo humano,

allí donde la dignidad sufre amenazada,

tan anhelada por momentos, y olvidada.

 

Corazón sin ataduras,

golondrina en pleno vuelo,

que al ritmo de promesa

entrevista en esperanza,

persevera en santo amor

sin desánimo ni merma.

 

Magdalenas de todas las horas,

ignorantes del propio tesoro escondido,

a quienes el Amor que no desiste,

oportunamente intuyó y levantó

con misericordiosa mirada,

devolviéndoles memoria identitaria

de lo que, en su tierno Corazón,

ellas siempre son, serán y fueron.

 

Las primeras y más audaces,

albas de luminosa humanidad intacta,

las enviadas por la fuerza de la Vida,

que puja desde dentro de una roca,

confirmándolas mensajeras del Amor:

incontenible estallido de Resurrección.

Gloria Liliana Franco Echeverri, ODN, y Gerardo Daniel Ramos, SCJ

 

Introducción

   El poema lleva delante la escena del primer día de la semana: las mujeres van al sepulcro al amanecer, encuentran la piedra removida, escuchan el buen anuncio de la Resurrección y vuelven a contarlo todo. Y entonces llega la frase que rara vez se lee en voz alta: a los apóstoles les pareció que deliraban, y no les creyeron (Lc 24, 11).

   Marcos, el evangelio más antiguo que conservamos, resuelve la misma escena por el otro extremo. Las mujeres reciben del joven vestido de blanco un encargo formulado con dos imperativos claros y directos, sin conjunción que los suavice: “Vayan y digan” (Mc 16, 7). Y el relato se quiebra ahí mismo: “no dijeron nada a nadie, porque tenían miedo” (Mc 16, 8). Sin apariciones, sin abrazos, sin desenlace. Un Buen Anuncio que tiene un inicio (Mc 1, 1) y no tiene final.

   En Lucas hablan y no las creen; en Marcos callan. Por un camino o por el otro, el anuncio no llega.

   He dedicado tiempo a estudiar esa reticencia de Marcos y sigo convencida de que no es una rotura del texto sino su estrategia. En el momento de la muerte de Jesús se rasgó el velo del templo (Mc 15, 38); en el momento de su resurrección se rasga el relato mismo, y la Palabra sale de la página a buscar a quien la lea. Marcos deja el mandato inconcluso a propósito, para empujar al lector en el fatigoso paso de espectador a discípulo.

   Los versos del poema dicen «Magdalenas de todas las horas», en plural y sin fecha. No es el recuerdo de una santa excepcional a la que admirar de lejos, sino un encargo que se ha ido pasando de mano en mano y que en cada generación vuelve a quedar, muchas veces, a medio cumplir. Unas mujeres recibieron el encargo de decir lo que nadie más estaba en condiciones de decir, y la historia posterior ha ido decidiendo, siglo tras siglo, cuánto de aquel encargo se cumplía y cuánto quedaba pendiente.

  1. La mujer en la sociedad de Jesús

   Los imperativos: «vayan» y «digan», no se pronunciaron en el vacío. Se dijeron a un grupo de mujeres concretas, en una sociedad concreta, y todo su alcance depende de lo que esa sociedad esperaba de ellas.

   La Galilea del siglo I organizaba la vida en dos espacios. Uno era la casa (Mc 1, 29-31), donde transcurría casi entera la existencia de una mujer: allí molía, tejía, criaba, cuidaba a los enfermos y a los ancianos, y allí se guardaba el honor de la familia. El otro era la plaza, la sinagoga, el mercado, el tribunal: el espacio donde se hablaba y se decidía. La frontera entre ambos no era un muro. Era un código, y los códigos se cumplen sin necesidad de vigilancia, porque nadie discute lo que da por supuesto.

   Ese código tenía nombre: honor y vergüenza. El honor de un varón se ganaba fuera, en la competencia pública; el de una mujer se conservaba dentro, en la discreción. Un varón podía perder el suyo por cobardía. Una mujer podía perderlo por ser vista donde no debía. Cuando Jesús habla con una mujer en público, quien lo presencia registra una anomalía, y un solo texto lo dice con todas las letras: los discípulos se sorprendieron de que estuviera hablando con ella (Jn 4, 27). En las demás escenas la objeción llega disfrazada de otra cosa: que es sábado, que el perfume es caro, que la mujer grita demasiado.

En lo religioso, la situación era de participación real y acceso limitado. Las mujeres subían al Templo, hasta el atrio que les correspondía. Acudían a la sinagoga (Lc 13, 10-17), oraban, guardaban el sábado y transmitían la fe en casa. Quedaban exentas de los preceptos ligados a horas fijas, porque las tareas domésticas no admiten interrupción. El estudio de la Torá, que era el mayor prestigio de aquel mundo, no se les enseñaba.

Y en los tribunales el testimonio de una mujer no se admitía como prueba. No porque se dudara de su sinceridad, sino porque su palabra no constituía por sí misma un hecho jurídico. Lo que una mujer decía necesitaba siempre que un varón lo respaldara para tener consecuencias. De ahí que, en Lucas, los discípulos no les creyeran (Lc 24, 11).

  1. Lo que Jesús hizo dentro de esa sociedad

    Jesús no dejó una doctrina sobre la mujer. No hay discurso ni sentencia programática, y quien busque en los evangelios un tratado se irá con las manos vacías. Lo que hay son escenas, y en las escenas se repiten tres gestos. Los tres tienen que ver con la palabra.

Cruzó la frontera entre la casa y el camino

   Lucas anota, casi de pasada, que con Jesús iban los Doce y también algunas mujeres, y las nombra: María la Magdalena, Juana —mujer de un administrador de Herodes—, Susana y otras muchas, que les ayudaban con sus bienes (Lc 8, 1-3). Marcos, en el momento de la crucifixión, vuelve a nombrarlas: “Había también unas mujeres mirando desde lejos, entre ellas María Magdalena, María la madre de Santiago el menor y de Joset, y Salomé, que le seguían y le servían cuando estaba en Galilea, y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén” (Mc 15, 40-41). Estos textos describen algo insólito: mujeres itinerantes, fuera de casa, en el camino, que es exactamente el espacio que el código les negaba. Ellas representan los verbos del discipulado: servir, seguir, subir con Él hasta Jerusalén.

   La lista de Lucas mezcla condiciones sociales que en aquella sociedad no se mezclaban: una mujer de la corte de Herodes junto a otra de la que solo sabemos que había sido curada (Lc 8, 3). El verbo que Marcos y Lucas emplea para lo que ellas hacían es el mismo que la Iglesia usará después para nombrar el servicio ministerial, y lo emplean sin ninguna reserva: diakonéō, servir.

   La escena de la mujer que llevaba doce años perdiendo sangre lo condensa todo (Mc 5, 25-34). Su dolencia la situaba en impureza permanente: cuanto tocaba quedaba contaminado, incluidas las personas. Se acerca por detrás en medio de una multitud que aprieta y toca el manto de Jesús. Según el código, quien queda contaminado es Jesús. Lo que el relato dice es lo contrario: la fuerza sale de él hacia ella (5, 30), que siente en su cuerpo que queda sanada. Y entonces Jesús, en un universo de estrujones, distingue ese toque diferente. Se detiene, la busca, le hace hablar delante de todos —“y ella le dijo toda la verdad” (5, 33)— y la llama “hija”. La curación ya había ocurrido cuando ella lo tocó. Lo que Jesús añade es la palabra pública que la devuelve a la comunidad: “tu fe te ha salvado” (Mc 5, 34).

Devolvió la palabra

   El diálogo teológico más largo de Jesús en los evangelios es con una mujer samaritana junto a un pozo (Jn 4, 1-42). Rompiendo las tradiciones de exclusión y enemistad de la época, empieza pidiéndole agua, es decir, poniéndose en situación de necesidad ante ella, y termina revelándole que él era el Mesías que ella y su pueblo esperaban: “Yo soy, el que está hablando contigo” (Jn 4, 26). Ella vuelve a su pueblo y muchos creen en Jesús por su palabra (Jn 4, 39).

   María, la hermana de Marta, aparece “sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra” (Lc 10, 39). La expresión designa la postura del discípulo ante el maestro, de modo que a María se le reconoce una actitud de discípula de Jesús. La expresión «sentarse a los pies» designa la relación entre maestro y discípulo (Cfr. Hch 22, 3: donde Pablo declara haberse formado a los pies de Gamaliel). En todo el Nuevo Testamento nadie más aparece sentado a los pies de Jesús escuchando su palabra. Solo María, la de Betania.

   La mujer siro-fenicia es el único personaje de todo el evangelio de Marcos que discute con Jesús y le «gana», con argumento, la discusión. Él le responde con un proverbio duro sobre el pan de los hijos y los perrillos; ella toma la imagen, la gira y se la devuelve, mostrándole que la salvación no conoce fronteras. Una mujer, y además pagana, mueve a Jesús con un argumento, y él termina reconociendo el valor de lo que ella ha dicho: “Por la palabra que has dicho, vete; el demonio ha salido de tu hija” (Mc 7, 29).

Restituyó la condición de testigo

   Los tres gestos convergen en el sepulcro. Las mujeres que lo habían seguido desde Galilea son las que lo ven morir, las que ven dónde lo entierran y las que llegan al amanecer del primer día (Mc 15, 40-41.47; 16 ,1). Marcos construye esa cadena a propósito: son ellas el hilo de continuidad entre la cruz, la sepultura y la tumba vacía, justamente en el tramo en que los discípulos varones han desaparecido del relato, pues habían huido en Getsemaní tras la captura de Jesús (Mc 14, 50). Y el encargo del anuncio de la resurrección se les da a ellas, quienes acompañaron los últimos momentos de Jesús junto con José de Arimatea y Nicodemo.

   De modo que la fe pascual se apoya, desde el primer día, en un testimonio que en su propio mundo no era admisible como prueba. Que esto incomodaba se ve por dos rendijas. La primera está dentro del Nuevo Testamento: cuando hay que sustituir a Judas, las condiciones exigen que el elegido sea “uno de los varones” que acompañaron al grupo desde el bautismo de Juan (Hch 1, 21-22); las mujeres del sepulcro cumplían la compañía, pero no el sexo. La segunda viene de fuera: dos siglos después, Celso se burlaba precisamente de eso, de que una religión entera se sostuviera sobre lo que dijo una mujer exaltada. Nadie inventa un fundamento que le avergüenza, y por eso mismo la burla de Celso es una de las mejores garantías de que el dato es antiguo.

   Es claro que, si bien no hay un tratado de Jesús sobre las mujeres, la salvación que Él trae alcanza cuerpos femeninos concretos —enfermos, impuros, encorvados, moribundos— y devuelve a cada mujer su dignidad y su lugar en la comunidad. Tampoco hay un programa. Jesús se encontraba con personas, una a una, y respondía a lo que tenía delante. Solo leídas juntas, y desde el final, esas escenas dejan ver una dirección.

  1. Lo que las primeras comunidades hicieron y dejaron de hacer

    En el último capítulo de la carta a los Romanos, Pablo saluda a una veintena larga de personas, y un tercio son mujeres; los elogios más intensos van dirigidos a ellas. A Febe la llama «diácono» de la iglesia de Céncreas —con el sustantivo diákonos masculino, porque todavía no existía la forma femenina— y protectora de muchos, incluido él mismo (Rom 16, 1-2). Fue ella quien llevó la carta a Roma, lo que en aquel tiempo significaba también leerla en voz alta y explicarla: la primera intérprete de Romanos fue una mujer. Prisca aparece nombrada antes que su marido, contra el uso de la época. Y Andrónico y Junia son saludados como “insignes entre los apóstoles”, que además se convirtieron a Cristo antes que Pablo, según él mismo testimonia (Rom 16, 7).

   En Gálatas encontramos la fórmula bautismal que resume la novedad en Cristo: “ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni varón ni mujer” (Gál 3, 28). No es un programa de reforma social. Es una afirmación sobre quién es cada uno delante de Dios.

   Y, sin embargo, una generación más tarde, las cartas deuteropaulinas y pastorales ordenan la vida de la casa cristiana con los mismos códigos que la filosofía griega venía aplicando a la administración doméstica: sumisión de la mujer al marido, de los hijos al padre, de los esclavos al amo. Hay razones históricas para ello: comunidades que ya no esperan un final inminente, hostilidad del entorno, necesidad de respetabilidad para poder seguir anunciando.

   Son razones comprensibles. El resultado, de todos modos, fue una marcha atrás.

   En la carta a los Colosenses se repite la fórmula de Gálatas y, además, la amplía —“ya no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro, escita, esclavo, libre” (Col 3, 11)—, pero omite la incómoda afirmación “ni varón ni mujer”. Unos versículos después, llega el código doméstico: “Mujeres, sean sumisas a sus maridos, como conviene en el Señor” (Col 3, 18). Es llamativo que, de los pares de la fórmula, desaparezca justamente el de “ni varón ni mujer”

   Hay algo más, y es casi doméstico. La carta que prohíbe a la mujer enseñar pertenece al mismo grupo de escritos que da por hecho que Loida y Eunice transmitieron la fe a Timoteo y que encarga a las mujeres mayores enseñar a las jóvenes. En 2 Tim 1, 5 y Tit 2, 3-4 se presupone que las mujeres enseñan y, en 1 Timoteo lo prohíbe: “Las mujeres oigan la instrucción en silencio, con toda sumisión. No permito que la mujer enseñe ni que domine al hombre. Que se mantenga en silencio” (1 Tim 2, 12). La prohibición delata la práctica: era tarea de las mujeres cristianas instruir a los más jóvenes en el conocimiento del Evangelio, y por eso hubo que prohibirlo.

  1. Lo que la Iglesia ha ido diciendo

    Hay un desarrollo real del magisterio en los últimos setenta años, con avances lentos y muy silencios.

   Juan XXIII, en 1963, incluyó la promoción de la mujer entre los signos de los tiempos: las mujeres, escribió, “ya no aceptan ser tratadas como instrumentos y reclaman los derechos propios de la persona humana”. El Concilio recogió el impulso. Gaudium et spes declaró que toda forma de discriminación por razón de sexo debe ser superada por contraria al plan de Dios, y el mensaje de clausura se dirigió expresamente a las mujeres reconociendo la hora que se abría.

   En América Latina, Medellín (1968) no dedicó ningún documento a la cuestión. La palabra «mujer» aparece de manera incidental en un texto que supo leer con lucidez la pobreza, la violencia institucionalizada y la liberación. Ese silencio, que no reconoció que la mujer era doblemente pobre y marginada, forma parte de nuestra historia.

   Puebla (1979) sí habló, y con una expresión que sigue siendo exacta casi cincuenta años después: la doble marginación de la mujer indígena, campesina y pobre, discriminada por su condición social y otra vez por su sexo. Es la primera vez que el episcopado del continente nombra el cruce de las dos desigualdades. Santo Domingo (1992) continuó la línea, y Aparecida (2007) dio el paso de constatar lo que cualquiera puede verificar el domingo por la mañana: son las mujeres quienes sostienen las comunidades, y a esa constatación le siguió la petición de que participen en los espacios donde se toman las decisiones pastorales.

   En los últimos años, la Asamblea Eclesial de 2021 volvió sobre ello con voz de todo el Pueblo de Dios; el Sínodo de la Amazonía puso ante los ojos comunidades enteras conducidas de hecho por mujeres allí donde el presbítero llega dos veces al año; y Spiritus Domini abrió a las mujeres el lectorado y el acolitado, reconociendo en derecho lo que ya existía de hecho. Los documentos han reconocido su trabajo mucho antes de reconocerlas como sujetos.

   El Documento Final del Sínodo de 2024 afirma que nada impide que las mujeres asuman funciones de liderazgo en la Iglesia y deja expresamente abierta la cuestión del diaconado. De los ciento cincuenta y cinco párrafos votados, ése fue el que reunió más votos en contra. Un hecho que revela que la Iglesia sigue en «deuda» a la hora de reconocer el aporte de las mujeres en los procesos de evangelización y en la creación de comunidades.

  1. Hoy: en la sociedad y en la Iglesia católica

   Hay una escena que se repite en nuestras comunidades, lo viví en el Chocó y en muchos otros lugares de Colombia, y que casi nunca se cuenta. Una mujer (sea laica o religiosa) abre la capilla, prepara la celebración de la Palabra, enciende la vela, reparte los cantos, visita después a los enfermos del sector y cierra con llave. Lleva veinte años haciéndolo. La comunidad existe porque ella está para acompañar y animar. Y si alguien pregunta quién está a cargo allí, la respuesta correcta —la que consta en algún papel— es el nombre de un sacerdote que llega una vez al mes.

   No lo escribo como denuncia, sino porque describe con exactitud dónde estamos, y porque es el mismo punto que dejamos planteado al hablar del siglo I: el servicio es real y el reconocimiento va detrás. Cambió el mundo, cambió el derecho, cambió el vocabulario. La distancia entre lo que ellas sostienen y lo que se les reconoce sigue casi igual.

En la sociedad

   El dato que en tiempos de Jesús decidía la posición de una mujer era jurídico: su palabra no valía como prueba. El dato que hoy la decide es económico, y funciona con la misma eficacia silenciosa: su trabajo no se cuenta.

   La CEPAL lleva años midiéndolo. En los diez países de la región que ya elaboran cuentas satélite, el trabajo doméstico y de cuidado no remunerado equivale a entre el 15, 9 % y el 27, 6 % del producto interno bruto, y el 74 % de ese aporte lo hacen mujeres. En Colombia, la última Encuesta Nacional de Uso del Tiempo muestra que nueve de cada diez mujeres realizan trabajo no remunerado, frente a dos de cada tres hombres; ellas le dedican siete horas y media al día, y en el campo casi nueve. Sostienen hasta una cuarta parte de la economía sin salario, sin cotización y sin figurar en ningún balance. Muchas trabajan además en la informalidad, con frecuencia porque es lo único compatible con cuidar, y la desventaja no se queda en el presente: se acumula y reaparece treinta años después en forma de una vejez sin pensión.

   Lo que no se cuenta, no cuenta. La invisibilidad estadística se convierte en invisibilidad política, y la invisibilidad política decide dónde se pone el dinero público.

   El segundo dato es más duro. En 2024 fueron asesinadas por razón de género cerca de tres mil ochocientas mujeres en veintiséis países de América Latina y el Caribe: once cada día, más de diecinueve mil en cinco años.

   A esto se suma lo que en nuestra región tiene rostro propio: la migración, que se ha feminizado y separa a madres de sus hijos durante años, sosteniendo con remesas a familias enteras y con su trabajo de cuidado a familias ajenas; y las mujeres indígenas, afrodescendientes y campesinas, sobre quienes se acuñó aquella expresión de la doble marginación y que siguen apareciendo en el último lugar de todas las series estadísticas.

En la Iglesia católica

   En América Latina y el Caribe, las comunidades cristianas están mayoritariamente sostenidas por mujeres, muchas de ellas religiosas. Ellas catequizan, animan las celebraciones de la Palabra donde no hay presbítero, acompañan a enfermos y presos, coordinan la pastoral social, gestionan comedores y albergues de migrantes, forman a otras mujeres, entierran a los muertos y transmiten la fe a la generación siguiente, que es con diferencia el ministerio más decisivo de todos. Aparecida lo constató: las mujeres son la mayoría de nuestras comunidades y las primeras transmisoras de la fe.

   Al mismo tiempo, algo se ha movido en estos años. Desde 2025 hay mujeres al frente de dicasterios de la Curia romana: a la primera prefecta, nombrada para los Institutos de Vida Consagrada, se han sumado una religiosa economista al frente del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral y, por primera vez, una laica al frente del Dicasterio para la Comunicación; y dos mujeres laicas jóvenes han entrado en el Consejo de Asuntos Económicos. La puerta que la reforma de la Curia dejó jurídicamente abierta empieza a usarse.

   De la piedra movida del sepulcro hasta aquí, el problema no ha sido nunca que las mujeres callaran. Ha sido quién estaba dispuesto a recibir el anuncio que se les encargó y la autoridad que se les concedía.

  1. Un final por escribir

   Vuelvo al comienzo. El evangelio más antiguo que conservamos termina con unas mujeres que reciben un mandato y no lo cumplen: “no dijeron nada a nadie, porque tenían miedo” (Mc 16, 8). Marcos deja el relato roto ahí, y ya hemos dicho por qué: porque el texto se rasga, como se rasgó el velo del santuario cuando Jesús murió, para que el anuncio salga de la página y busque a alguien que lo lleve.

   Estas páginas no resuelven la cuestión de la mujer en la sociedad y en la Iglesia; ninguna página lo hace. Solo intentan devolverla al lugar donde el Evangelio la puso desde Galilea hasta el primer día de la semana: no en el terreno de las reivindicaciones legítimas ni en el de las concesiones prudentes, sino en el del encargo. Un encargo confiado a unas testigos a las que su mundo no reconocía capacidad de testificar, y que, veinte siglos después, sigue sin cumplirse del todo: en parte porque ellas tuvieron miedo, y en parte —bastante mayor— porque no siempre hemos querido escuchar.

   La comunidad para la que escribo tiene rostros concretos: las mujeres que sostienen las obras, las que abren capillas, las que enseñan, las que curan, las que acompañan a las que han sido golpeadas. No necesitan que nadie las descubra, porque en el anonimato y el silencio la entrega sigue.

   Y ya lo estamos haciendo. Quizás muchas de nuestras historias como discípulas no queden escritas en un libro, pero sí en el corazón de Aquel que nos llamó y nos eligió para ir y anunciar a los hermanos que en el Resucitado todos somos hermanos y hermanas: “ve a mis hermanos y diles: que subo a mi Padre y Padre de ustedes, a mi Dios y Dios de ustedes” (Jn 20, 17). En todo, como María Magdalena, proclamamos que hemos visto al Señor y que nos ha encargado la tarea de ir y anunciar su presencia resucitada (Jn 20, 18).

 

   El mandato sigue abierto. El final no está perdido: está por escribir, y lo escribimos nosotras, con Dios, entre las líneas polvorientas de la humanidad.

Bibliografía

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Estévez López, María Elisa. ¿Qué se sabe de… las mujeres en los orígenes del cristianismo? Estella: Verbo Divino, 2012.

Francisco. Querida Amazonia. 2020.

Francisco. Spiritus Domini. 2021.

Franco Echeverri, Gloria Liliana, y Gerardo Daniel Ramos. Mujeres del alba. Poemas a cuatro manos. Edición de los autores, 2022.

Josefo, Flavio. Antigüedades judías.

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Sínodo de los Obispos. Documento final de la XVI Asamblea General Ordinaria. 2024.

  1. AA. Mujeres en los orígenes del cristianismo. Reseña Bíblica 120.

   [1] Carmelita de la Caridad Vedruna.

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