Domingo XXII del Tiempo Ordinario, 30 de agosto de 2026
Ciclo A: Mt 16, 21-27
P. Luis Alberto Roballo Lozano, CSsR
LA VIDA CRISTIANA IMPLICA LA CRUZ
Este pasaje del Evangelio de Mateo marca claramente un tiempo: “Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que él tenía que ir a Jerusalén y padecer mucho” (16, 21), y señala un nuevo rumbo a la vida, palabras y actividades del Maestro. Esta fórmula que indica un cambio y una nueva etapa en la vida, enseñanzas y obras de Jesús y la manera en que se concreta su mesianismo.
Así se formula el primer anuncio de la pasión y la resurrección, y se enfrenta a las expectativas de sus discípulos que han manifestado un deseo de cambio socio-político para que la situación de cada uno de ellos sea totalmente transformada en comportamientos vinculados al poder inspirado en el dominio que ejercía el Imperio romano. Esto era lo que transparentaban sus representantes en lugares centrales como Jerusalén, Samaria y Tiberíades, Cafarnaúm, Jericó, y pequeños poblados como Belén, Cariot, Ain Karin y Nazaret. Lo mismo sucedía entre agricultores y pastores.
Los gobernadores romanos tenían un sistema de información bastante completo de los lugares y personas y un modo de coaccionarlas para hacerse pagar los impuestos en representación del Imperio. Sus intervenciones de fuerza armada por parte de las Legiones romanas y sus jefes militares eran una permanente advertencia para cumplir las imposiciones imperiales y una estrategia disuasiva ante el intento de evadir esas cargas. Tal imagen del Imperio atraía el odio y las reacciones negativas de los habitantes sometidos a ese dominio.
Jesús se refirió más de una vez a tal situación: “los jefes de las naciones y quienes las dominan…” (Cfr. Mt 20, 25-28; Mc 10, 45ss). Todos buscaban el mejoramiento de su posición personal, y soñaban con un reino a su medida, si fuese posible con los dos primeros puestos, como la mamá los pidió para sus hijos Santiago y Juan (Mt 20, 21ss).
En el texto de Mateo aparece el episodio de Pedro que llama aparte al Maestro y le hace una advertencia formal: “Lejos de ti tal cosa, Señor. Eso no puede pasarte” (16, 22). Jesús reacciona inmediatamente. Y le recuerda a Pedro, al mismo que acaba de proclamarlo como Mesías y ha recibido un elogio: “…te lo ha revelado mi Padre que está en los cielos” (16, 17) y lo declara piedra de fundamentación para la Iglesia. Ahora se ha convertido en «Satanás», que rechaza el plan del Mesías y pretende que Jesús renuncie a sus planes. “Ponte detrás de mí, Satanás” (16, 23) es un llamado al discípulo, para que vuelva a ocupar su lugar y deseche sus planes disidentes que intentan, no el Reino de Dios, sino un fantasioso reino humano.
Pedro debe cumplir el encargo de ser piedra de fundamento y apoyo de la Iglesia, y no ser piedra de tropiezo. Como discípulo, debe ocupar su sitio en el seguimiento de su Maestro que lo acoge una vez más con su misericordia y no jugar tan fácilmente el papel de Satanás como tentador de su Maestro.
El pasaje presenta las palabras de Jesús y una reflexión de la comunidad cristiana a la luz de este primer anuncio al que siguen otros dos (cfr. Mt 17, 22-23 y 20, 17-19). Estos anuncios anticipan la narración de la Pasión y la Resurrección en el Evangelio de Mateo (caps. 26 a 28). El Señor que tomó la cruz es en la comunidad cristiana primitiva el punto central de la adoración y agradecimiento por la obra de la redención cumplida. Cada uno de los discípulos debe renunciar a sus propios caminos para seguir en pos de su Maestro, tomando su cruz.
Este primer anuncio de la pasión se cierra con una rápida declaración sobre salvar o perder la vida, sobre el drama de la salvación y la redención de la humanidad y se concluye con un anuncio de la venida gloriosa del hijo del hombre y el juicio de retribución final de cada uno con base a sus propias obras. El discípulo que va tras las huellas del Redentor sabe que sus sandalias se gastan, pero que el Pastor al que sigue, ya no muere y comunica una vida plena que supera todos los cálculos humanos. La reciente encíclica del Papa León resume y actualiza la fuerza del evangelio de este domingo:
“«El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (GS 22), porque su humanidad es plenamente libre, abierta a los demás, capaz de construir relaciones solidarias y preciosas, y entregada al don total de sí. Quien cree en Él está involucrado en la gran obra de renovación inaugurada por el misterio de su pasión, muerte y resurrección, y coopera en la edificación del Reino de Dios, aprendiendo a acoger a toda mujer como hermana y a todo hombre como hermano, hijos de un mismo Padre” (León XIV, Encíclica La Magnífica Humanidad, n° 49).

