Evangelio Dominical​ – 02 de agosto/ Domingo XVIII del Tiempo Ordinario

XVIII Domingo del Tiempo Ordinario – 2 de agosto de 2026

Ciclo A: Mt 14, 13-21

P. Henry Alzate Uribe, CSsR

CUANDO EL PAN SE COMPARTE, ALCANZA Y SOBRA

Introducción

   Consideramos, con base en la Palabra de Dios de este domingo, que también los saciados tienen hambre. Pues partimos del hecho que el Señor “hace justicia a los oprimidos, proporciona su pan a los hambrientos” (Sal 145, 9). Son palabras con que el Israelita profesaba su fe en la providencia. También el eco de María en su cantico de alabanza: “ha colmado de bienes a los hambrientos” (Lc 1, 53). ¿Serán verdad estas afirmaciones cuando una cuarta parte de la humanidad vive en condiciones de absoluta miseria, cuando miles de niños mueren de hambre y desnutridos, cuando muchas personas sacian su hambre escarbando en las basuras buscando algo de comer? ¿Será que Dios se ha olvidado de sus hijos y no escucha la oración, cuando le suplican: “danos hoy nuestro pan de cada día” (Mt 6, 11)?

   Los pobres tienen hambre, pero también los saciados, están tristes, frustrados y solos. La gratificación que nos da lo que poseemos es de muy breve duración: apenas unos días, incluso pocas horas. Después reaparece el ansia y el vacío interior que obliga a recomenzar la desesperada búsqueda de otros bienes. El tener más, en vez de saciar, aumenta el hambre y nos hace entrar en una vorágine de muerte sin salida.

   Es posible encontrar el pan que sacia y el banquete en el que abunda el vino de la alegría. Pero solo hay una senda que conduce a esta abundancia. No existen atajos. Ante las exageraciones de una sociedad de consumo, hedonista, materialista, y ante una búsqueda de caminos falsos hacia la felicidad, Dios promete un prodigio que siempre se realiza: su Palabra. Allí donde su Evangelio es escuchado, los corazones se desintoxican del egoísmo y brotan la solidaridad y el compartir fraterno. Así, el hambre de pan desaparece y es saciada la sed de amor. «Dios se sirve de las manos de los hombres para dar de comer a sus hijos».

   Por lo tanto, el Señor manifiesta el amor y la compasión, alimenta a la multitud y da el único pan que sacia plenamente. En el relato de la multiplicación de los panes y los peces, se identifican tres personajes que dan una enseñanza valiosa: en primer lugar, los discípulos; tienen la tarea de repartir los panes y los peces entre la multitud hambrienta. En segundo lugar, Jesús: que siente compasión por el gentío que lo sigue. Y, en tercer lugar, la multitud: gracias a su perseverancia, resulta plenamente saciada.

   Sabemos que Dios ofrece alimento y vida sin precio, no es tanto un mercado como una alianza. El Señor invita buscar lo que realmente sacia, a escuchar su Palabra y entrar en una relación que da vida verdadera.

Comentario bíblico

   Dios es compasivo y misericordioso, atento a los que lo invocan (Sal 145, 18). Él abre su mano y sacia de favores a todo viviente (Sal 145,16), pues la Providencia divina no es abstracta; al contrario: es concreta, cercana y generosa. Jesús, movido por su compasión, multiplica los panes y los peces para una multitud hambrienta, Lo poco que los discípulos presentan se convierte, en sus manos, en alimento abundante. No sólo sacia el hambre física, sino que revela que Él es el verdadero Pastor que no abandona a su pueblo. Dios es generoso, cercano y fiel; ofrece alimento de vida y nadie nos apartará de su amor.

   Desde los tiempos de Jesús, se tiene la convicción de que el Mesías realizará signos y prodigios, que reuniría al pueblo y lo llevaría al desierto donde se repartiría el milagro del maná. Jesús no es indiferente y no es insensible frente a las necesidades de cada hombre y mujer, sino que se implica personalmente: siente, participa de ellas desde lo más íntimo, se le rompe el corazón. Pero su conmoción no lo lleva al desaliento, no desemboca en imprecaciones, en palabras de amargura o en llanto estéril. Se convierte, más bien, en estimulo de acción inmediata en favor del que sufre. Afronta así la urgente necesidad de comida y la falta de los bienes necesarios para la vida.

   Pero Jesús no resuelve el ‘problema’ del hambre sin nuestra colaboración. Jesús pide al discípulo entregar lo que tiene, aunque a éste le parezca poco. Cinco panes y dos peces: siete porciones de alimento son el símbolo de la totalidad. No hay que reservarse nada. La generosidad debe ser ilimitada. El compartir los bienes es la propuesta de Cristo y es la única en sintonía con el proyecto de Dios, que es Padre y quiere que sus hijos vivan como hermanos, que no se acumule nada para sí mismos.

 Aplicación pastoral

   Estar con Jesús sacia nuestra hambre, alivia la necesidad de alimento material, pero sobre todo evoca la dicha de recibir del Señor la verdadera comida: aquella que solo Él puede ofrecer.

   Nos estimula a ser solidarios, a compartir, a dar el uno por ciento para recibir de Él el ciento por ciento.

   Es vivir y hacer realidad la Eucaristía en la autenticidad de ser pan partido para los demás, sin reparos, con mucha generosidad y prontitud.

   Es estar abiertos a la escucha permanente de su Palabra, y así recibir sus innumerables bendiciones espirituales y corporales.

   Es permanecer en Él, como Él permanece en nosotros.

   Que nuestra vida sea toda una ruta de fe con obras: de misericordia y caridad; en respuesta al llamado que nos hace de ser multiplicadores de sus gracias, como discípulos-misioneros; en configuración con Él por el bautismo, en el que se nos ha dado la gracia santificante, que implica su amor permanente.

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