XIX Domingo del Tiempo Ordinario – 9 de agosto de 2026
Ciclo A: Mt 14, 22-33
P. Edilberto Mejía Quintero, CSsR
SI JESÚS ESTÁ CON NOSOTROS, NO PODEMOS TEMER
Introducción
El evangelio de este domingo (Mt 14, 22-33) contiene una rica simbología bíblica. Un tema central es la revelación de la identidad de Jesús cuando dice: “Animo soy yo, no tengan miedo” (14, 27), y Pedro lo quiso confirmar con una petición: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua” (14, 28). “Yo soy” o “soy yo” (14, 27) es el lenguaje de la revelación divina como en el episodio de la zarza ardiente (Ex 3, 14) con el que el pueblo de Israel reconoce a Dios. El texto evangélico presenta dos grandes imágenes: la barca sacudida por las olas y con viento en contra; y a Jesús que camina sobre el mar. Esto nos recuerda tanto el caos de las tribulaciones humanas, como también, la acción salvadora de Dios.
Este texto también lo presentan los evangelistas Marcos (6, 45-52) y Juan (6, 16-21) luego de la multiplicación de los cinco panes y los dos peces, cuando Jesús le dio de comer a más cinco mil personas y luego recogieron 12 canastos llenos de las sobras.
Comentario bíblico
San Mateo (14, 22) afirma que, una vez realizada la multiplicación de los panes, Jesús dijo a sus discípulos que se embarcaran y lo esperaran en la otra orilla del lago, mientras Él despedía a la gente y subía al monte a solas para orar (14, 23). Esto explica su cercanía con las multitudes y su íntima relación con su Padre, pues el monte alto es un lugar privilegiado para el encuentro con Dios.
Cuando la barca estaba en medio del mar, siendo abatida por las olas, Jesús se acercó a ella caminando sobre las aguas. Los discípulos, por su parte, se asustaron pensando que era un fantasma y gritaron llenos de miedo. Recordemos que, en la simbología bíblica, el mar sacudido por el viento significa el caos, y que la barca sacudida por las olas representa a la iglesia en general, y a cada ser humano en particular, sujeto a tribulaciones y sufrimientos que amenazan la vida humana.
El hecho de que Jesús camine sobre el mar manifiesta su soberanía y poder sobre la creación y sobre los poderes que buscan destruir al ser humano. Es curioso ver cómo, aún después de ver el milagro de la multiplicación de los panes, los discípulos creen más en los fantasmas que en el poder del Señor que camina sobre el mar. Si dejamos a Jesús atrás, si avanzamos sin su compañía, corremos el riesgo de hundirnos y perdernos.
Jesús siempre está cerca de nosotros cuando lo necesitamos, por eso dijo a sus discípulos: “Animo soy yo, no tengan miedo” (14, 27). Con estos términos (“Yo soy” o “Soy yo”), Jesús revela su identidad, su divinidad. Es así como se revela a Moisés en el episodio de la zarza ardiente (Ex 3, 14) y por medio de este lenguaje el pueblo de Israel reconoce a Dios. Muchas veces Jesús nos dice: “¡Ánimo! Soy yo, no tengan miedo” (14, 27). Por eso, si Dios está con nosotros, nada debemos temer (Rom 8, 31).
Pedro dijo a Jesús: “Si eres tú, mándame ir a ti sobre las aguas” (14, 28), y Él le contestó: “Ven” (14,29). Pedro saltó de la barca y fue hacia Jesús andando sobre las aguas. Pero, al ver la fuerza del viento, se asustó, y como empezaba a hundirse, gritó: “Sálvame, Señor” (14, 30). Esto que acabamos de leer es clave para nuestra vida: Pedro también pudo caminar sobre el agua, no por su propio poder, sino por el poder de Jesús. Sin embargo, cuando dejó de fijar su mirada en Jesús, y viendo la fuerza del viento, comenzó a hundirse. Su gritó de auxilio encontró eco en el Maestro: Jesús le tendió la mano, lo agarró y lo sacó (14, 31). Lo que siguió a continuación fue un llamado de atención: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?” (Ibid.). Si Jesús está cerca, no puede haber lugar para la duda. El relato continúa diciendo: “Cuando subieron a la barca, el viento se calmó” (14, 32). No hay ninguna orden (Mc 4, 39); la sola presencia de Jesús produce el milagro.
Lo anterior nos enseña que debemos pedir la ayuda de Dios a tiempo, cuando todavía podemos gritar, antes de hundirnos; porque, de lo contrario, todo puede resultar demasiado tarde. Nosotros, quienes recibimos hoy la palabra de Dios, no debemos esperar hasta que tengamos grandes dificultades para gritar: “Señor, sálvame” (14, 30), sino que debemos creer que su acción salvadora ocurre en las circunstancias diarias de nuestra vida: cuando experimento que estoy vivo, que puedo respirar, que puedo comer, que puedo moverme, que puedo hablar, que puedo agradecer, que puedo ayudar a alguien, que cuento con una familia que me ama, etc. Todo esto es signo constante y permanente del amor de Dios.
El texto bíblico finaliza afirmando que cuando Jesús y Pedro subieron a la barca y se calmaron los vientos, el resto de los discípulos que estaban en ella, se postraron ante Jesús diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios” (14, 33).
Aplicación pastoral
-Como Jesús, también nosotros estamos llamados a servir a los demás, sin descuidar nuestra oración, nuestro encuentro personal con Dios.
-La Iglesia representada en la barca se convierte en el único refugio seguro que nos acoge y nos protege ante las dificultades del mundo.
-El texto nos invita a no poner nuestra mirada en las tormentas y los miedos, sino a poner nuestros ojos en la misericordia de Dios.
-Ante las dificultades y tentaciones de la vida pidamos oportunamente y en súplica constante el auxilio del Señor.
-Así como Jesús extendió su mano, agarró a Pedro y lo salvó, también está dispuesto a ayudarnos cada vez que acudimos a Él. Su mano extendida representa su misericordia y su salvación.

