XVI Domingo del Tiempo Ordinario – 19 de julio de 2026
Ciclo A: Mateo 13, 24-43
P. Cristian Mauricio Aza Hernández, CSsR
EL REINO DE DIOS EXPUESTO EN PARÁBOLAS
Introducción
La liturgia de hoy nos pone de frente al Evangelio de San Mateo (13, 24-43), donde quiere presentar los misterios del Reino de los Cielos, a partir de la parábola del trigo y la cizaña, el grano de mostaza y la levadura.
En el mundo de hoy se perciben dos tipos de hombre: el bueno o el malo, y el campo es el lugar donde conviven juntos. Para ello, nos debemos preguntar: ¿Alguna vez hemos tenido cosas mezcladas que, de repente, se han vuelto difíciles de separar? Para responder a este interrogante el Evangelio de este día nos muestra la coexistencia del bien y del mal que, en algún momento de la vida, aparecen para crecer juntos y encontrar un mejor discernimiento en nuestra fe.
Comentario bíblico
En el texto del Evangelio (Mt 13, 24-43), Jesús une estas parábolas con el fin de instruir y formar a la comunidad sobre la naturaleza actual del proyecto divino. Cabe recordar que, en el tiempo de Jesús, existían muchas ideas, incluso conceptos sobre cómo era el Reino de los Cielos. Es, por eso, que Jesús busca la manera más creativa de la época para aclarar cómo es realmente el Reino de los Cielos, y lo hizo por medio de estas parábolas. Él enfatizó que la realidad de este mundo se mueve por la cohabitación del bien y del mal.
Por consiguiente, con esta parábola del trigo y la cizaña (13, 24-30), Jesús quiere enfatizar la paciencia y la misericordia de Dios al dar tiempo para que las cosas crezcan a la par. En el pasaje del Evangelio que leemos en este día, Jesús prohíbe a los siervos arrancar la cizaña prematuramente, para evitar arrancar, también, el trigo (13, 29).
La enseñanza que nos deja es que, en ciertos momentos, Dios tolera la existencia del mal en el mundo por un tiempo. No es que lo aplauda, sino con el doble fin de que la Iglesia y el universo crezcan y se santifiquen con miembros buenos y no tan buenos, y advirtiendo contra el juicio humano precipitado. Sabiendo que al final habrá una separación definitiva: la cizaña será arrancada y quemada, y el trigo será almacenado y dado como fruto de la gracia y la bondad de Dios.
En las otras dos parábolas, especialmente la del grano de mostaza (13, 31-32), quiere enseñarnos que el Reino comienza de manera pequeña e insignificante, pero crece hasta alcanzar una magnitud sorprendente. A su vez la parábola de la levadura (13, 33) nos enseña que el Reino actúa de manera oculta pero poderosa, transformadora y, ante todo, fermentando gradualmente toda la masa de la humanidad o del mundo.
Mediante este Evangelio (Mt 13, 24-43), Jesús nos está invitando a poder mirar el mundo y la Iglesia: el mal y el bien conviven. En ocasiones nos es fácil caer en el juicio precipitado, queremos arrancar la cizaña de inmediato (13, 28), señalar al pecador, e incluso queremos purificar y cambiar la Iglesia a nuestra manera. Pero Jesús nos enseña que no debemos ser jueces impacientes y a practicar su misma paciencia (13, 30).
La tolerancia juega un papel importante ya que es sinónimo de paciencia, donde se nos enseña a tolerar y aprender a partir de la imperfección de los demás y de nosotros mismos. Por ende, la parábola del grano de mostaza y de la levadura nos ofrecen la esperanza final, esto quiere decir que nuestra fe, nuestro servicio e incluso nuestra comunidad, en algunos momentos de la vida, puede parecer insignificante como la semilla de mostaza, pero crecerán hasta ser grandes y permitirán ser refugio para los demás.
Por ello, el Reino no se impone con estruendos, sino, que, desde el silencio y la paciencia va operando como la levadura, transformando y fermentando toda masa en la vida de cada uno, de su familia, y del mundo.
Aplicación pastoral
Pidámosle a Nuestro Padre Celestial la gracia de poder imitar y tener en nuestras vidas su paciencia y moderación al juzgar a los demás. Que con este don tan precioso Él nos permita ser instrumentos de regeneración y esperanza, y no aniquilación; y, a su vez, podamos manifestar su misericordia y su humanidad en nuestras acciones diarias.
Dejemos que la gracia de Dios siga actuando en nuestras vidas para poder ser conscientes que no podemos con nuestra fuerza; sino que, mediante el diálogo con Él, reconozcamos nuestra propia fragilidad. Que Él nos ayude y nos permita ser dóciles a los “gemidos inefables” del Espíritu (Rom 8, 26) y poder actuar con docilidad y amor en todo aquello que realizamos en favor de la construcción del Reino.
Supliquemos la gracia y el don de la paciencia para poder tolerar con amor la imperfección que hay en la Iglesia, en el mundo y en nosotros mismos. Que nuestro servicio sea humilde y sincero, oculto y silencioso, como la levadura que tiene un poder transformador en nuestro entorno y en el mundo. Que nuestro testimonio de perseverancia sea signo de que Dios habita y transforma nuestra vida.
Dios ha sembrado en nosotros algo pequeño y escondido, que tiene una fuerza vital que no puede suprimirse, a pesar del pecado o de los obstáculos de la vida. La semilla cada día crece y el fruto va madurando en nuestra vida.
Dejemos que la palabra de Dios, sembrada en nuestra vida, logre su crecimiento cada día. Que como buenos cultivadores sepamos protegerla y cuidarla para que la cizaña no acabe con ella. Este fruto llega a ser bueno sólo si se cultiva el terreno de la vida personal y comunitaria según la voluntad y la gracia de Dios.

