Pedro Pablo Zamora Andrade C.Ss.R.
La Navidad es, sin duda, una de las épocas más bonitas del año. Incluso las personas que no son creyentes o que se declaran poco simpatizantes del cristianismo, sienten que los rodea un ambiente distinto durante estos días. Las luces de colores, los arreglos en calles y centros comerciales, los fuegos artificiales, las novenas y hasta la música (villancicos), nos indican la llegada de una época especial.
Para los cristianos, Navidad es la celebración del nacimiento de Jesús, a quien nuestra fe confiesa como Hijo de Dios e hijo de María de Nazaret. Es la ocasión para celebrar, de una manera siempre renovada, su cumpleaños. Es verdad que la biblia no nos precisa la fecha exacta de su nacimiento, pero la liturgia de la Iglesia católica quiere celebrar un hecho maravilloso que aconteció un día (o una noche) de un año cualquiera (4, 6 u 8 a.C.), a saber: que “el Verbo se hizo carne y puso su Morada entre nosotros” (Jn 1,14).
En el año 354, el papa Liberio, escogió el 25 de diciembre como fecha simbólica para celebrar la natividad de Jesús, Mesías e Hijo de Dios, “verdadero Dios y verdadero hombre” (DH 301). Ese día en el imperio romano se celebraba la fiesta del nacimiento del Sol invicto. Además de buscar la “cristianización” de una fecha pagana, la celebración cuadraba bien con aquel texto sagrado que concibe a Jesús como “el Sol que nace de lo alto” (Lc 1,78). Por tanto, la Navidad tiene que ver con la luz: “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8,12) y, también, “ustedes son la luz del mundo” (Mt 5,14). “Recibe la luz de Jesucristo”, nos dijo el ministro ordenado el día del bautismo. La luz se comunica, es difusiva (como en la noche de Pascua: del fuego nuevo al cirio, del cirio a los fieles). Jesús ha venido para iluminar nuestro mundo, nuestras oscuridades; pero, al mismo tiempo, cada cristiano tiene que ser una lucecita para los demás. Nuestras palabras y nuestra vida tienen que ser, como las de Jesús, una luz proyectada sobre el prójimo.
En la noche de la Navidad el cielo y la tierra se funden en un cálido abrazo; lo divino y lo humano se unen en la figura de un recién nacido. Dios se hizo hombre, dicen el Magisterio de los pastores, para que el ser humano se humanice: “El que sigue a Jesucristo, Hombre perfecto, se perfecciona cada vez más en su dignidad” (GS 41). En un recién nacido Dios se ha acercado a la humanidad para mostrarnos el camino que conduce a la humanización plena. Ya no hay distinciones entre lo inmanente y lo trascendente, entre lo finito y lo infinito, entre lo mortal y lo eterno. En Jesús se realiza la unidad perfecta. El Verbo eterno de Dios asume nuestra débil condición humana para revelarnos el rostro misericordioso del Padre, para darnos a conocer –con sus palabras y con sus obras– la manera de pensar y de actuar de un verdadero hijo de Dios por adopción.
Quienes exigen señales de Dios para sus vidas, miren hacia el pesebre. Esa es la máxima prueba de que Dios nos ama. Quienes sientan a Dios como un ser lejano en sus vidas, contemplen al recién nacido. ¿Puede Dios, acaso, acercarse más al ser humano? Quienes sienten que Dios no escucha sus oraciones, dirijan su mirada hacia el portal de Belén. Dios no solamente nos regala diariamente la vida, sino que nos ha dado en Jesús el regalo por excelencia, el REGALO con mayúscula, el regalo de los regalos. En Jesús recién nacido Dios nos ofrece todo cuanto el ser humano puede desear: amor, compañía, perdón de los pecados, vida eterna. Tal vez, por eso, en Navidad nos sentimos impulsados a salir de nosotros, a vencer nuestro egoísmo, a incomodarnos un poquito para ir en busca del prójimo, especialmente del más pobre y necesitado.
En la época de la Navidad abundan los buenos deseos. En tarjetas, pasacalles, en la radio, en internet… nos deseamos amor, paz, felicidad, fraternidad… En otras palabras: nos deseamos lo que no tenemos, porque lo que abunda son otras realidades bien distintas. En Navidad afloran una serie de expectativas, de esperanzas, de sentimientos, de sueños, que han permanecido dormidos o en una especie de hibernación el resto del año. Pareciera que en esta época son posibles porque Dios está con nosotros en la figura de un recién nacido.
¿Cómo podemos celebrar «cristianamente» la Navidad? He aquí algunas sugerencias:
–La Navidad es una fiesta religiosa. Aunque la sociedad consumista en la que vivimos intente mostrarnos lo contrario, la Navidad es una fiesta con trasfondo religioso. Así nació y así se celebró durante mucho tiempo en el cristianismo católico. Es más, su ubicación el 25 de diciembre tuvo como objetivo «cristianizar» la fiesta pagana del Sol invicto en el imperio romano, donde se cometían todo tipo de excesos en relación con la comida, la bebida y el sexo. Cambiar el saludo de «Feliz Navidad» por el más laico de «felices fiestas», reemplazar al Niño Jesús por papa Noel o al pesebre por el árbol, va en esta dirección. Pensar que no hay Navidad si falta el pavo, la natilla, el trago y la parranda, es desnaturalizar la celebración. Todo lo que celebramos en torno a la Navidad no tendría sentido si no hacemos memoria del misterio que lo genera; correríamos, con el tiempo, el peligro de celebrar algo que no tiene contenido, que carece de motivo.
–Preparar el ‘pesebre’ de nuestro corazón. El tiempo del Adviento y la Novena de Navidad tienen como objetivo preparar nuestro corazón para que Jesús pueda nacer en cada ser humano. Así como arreglamos las calles y nuestras casas con cientos de motivos, así mismo preparémonos espiritualmente para recibir al Señor Jesús que nos visita. Esa preparación remota y próxima se llama Adviento, se llama arrepentimiento, se llama conversión. Si nuestro corazón está bien dispuesto, Jesús nacerá en nuestras vidas y será Navidad. De lo contrario correremos el peligro de celebrar muchas navidades y ninguna Nochebuena.
–Encarnar la Palabra en nuestra vida. En Navidad, el Verbo de Dios se hizo carne y puso su tienda entre nosotros (Jn 1,14). En Jesús, la Palabra asume nuestra débil condición humana y lo invisible de Dios, se hace perceptible ante nuestros ojos (Col 1,15). Ese misterio lo llamamos: encarnación. En Jesús, no sólo escuchamos la Palabra sino que la vemos desplegarse en nuestra historia humana. ¿Cómo piensa un hijo de Dios? Escuchemos a Jesús. ¿Cómo obra un hijo de Dios? Miremos a Jesús.
Ahora bien, si queremos pertenecer a la familia de Jesús, debemos hacer otro tanto: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la practican” (Lc 8,21). No basta con ser oyentes olvidadizos de la palabra de Dios; hay que escucharla, meditarla, acogerla con amor en nuestro corazón y ponerla en práctica en nuestra vida de cada día. Un cristiano tiene que ser un Evangelio viviente, un Evangelio andando por este mundo. El ideal sería que los demás pudieran «leer» el Evangelio en nuestras palabras y en nuestra manera de comportarnos.
Que vivamos esta Navidad con espíritu renovado y que Jesús recién nacido sea portador de todos los regalos y Buenas Noticias que anhelan nuestros corazones.

