Evangelio Dominical​ – 24 de mayo / Solemnidad de pentecostés

Solemnidad de Pentecostés – Domingo 24 de mayo de 2026

Ciclo A: Jn 20, 19-23; Hch 2, 1-11

P. Jesús María Ortiz Orozco, CSsR

Introducción

   Hoy, celebramos la solemnidad de Pentecostés. Nuestra Iglesia se viste de fiesta, de color rojo, de fuego espiritual y de vida. Por eso, te comparto esta homilía, pensada para que la meditemos y la hagamos vida en nuestra cotidianidad.

Motivación: El velero y el huracán de Dios

   Imagina un velero recién construido, con la mejor madera, una tripulación experta y velas nuevas de la mejor calidad. Ese barco lo tiene todo para cruzar el océano, pero hay un problema: está anclado en un mar donde no corre ni una sola brisa. Por más perfecto que sea el velero, sin viento, no es más que un adorno flotante que no llegará a ninguna parte.

   Así estaba la Iglesia primitiva antes de Pentecostés. Los apóstoles habían caminado con el Hijo de Dios, tenían sus enseñanzas, habían sido testigos de su Pasión y habían visto sus llagas gloriosas tras la Resurrección. Eran la tripulación perfecta, pero estaban encerrados en el Cenáculo, paralizados por el miedo. Les faltaba el viento. Pentecostés es exactamente eso: es el huracán de Dios, el soplo de Dios, que infla las velas de la Iglesia. Hoy no celebramos un recuerdo del pasado; celebramos que ese mismo viento impetuoso sigue soplando para sacarnos de nuestras parálisis y empujarnos mar adentro, impulsándonos a ser esa «Iglesia en salida» a la que tanto nos invitó el Papa Francisco.

Comentario bíblico

   Para comprender la grandeza de lo que nos relata san Lucas en el libro de los Hechos (2, 1-11), necesitamos viajar a las raíces de nuestra fe cristiana. El relato inicia situándonos en el “día de Pentecostés”, término griego que significa «el día quincuagésimo (cincuenta)». Para los judíos, esta era una de las principales fiestas de peregrinación a Jerusalén; una celebración que comenzó siendo agrícola: la Fiesta de las Semanas o Shavuot, pero que con el tiempo pasó a conmemorar un hecho teológico fundamental: el momento exacto en que Dios entregó la Ley (la Torá) a Moisés en el monte Sinaí, sellando su antigua Alianza con el pueblo en medio de truenos, relámpagos y fuego (Ex 19, 16-19).

   Desde esta perspectiva, fijémonos en la genialidad con la que Lucas estructura el relato para revelarnos que estamos ante un Nuevo Sinaí y una Nueva Alianza. Todo parte de la unidad y la comunión, pues el Espíritu Santo desciende sobre la comunidad de los discípulos (v. 1). Luego irrumpen el viento impetuoso y el fuego, los mismos ecos del Antiguo Testamento, pero esta vez la llama no talla frías tablas de piedra en la montaña, sino que se posa sobre cada discípulo para escribir el amor de Dios directamente en su corazón (vv. 2-3). Esta plenitud interior es tan incontenible que los impulsó a hablar en otras lenguas (v. 4), logrando que personas de todas las naciones los escucharan en su propio idioma (vv. 5-11). Así, mientras que el orgullo en la antigua Torre del Génesis (Babel) generó confusión y ruptura, en Pentecostés la gracia divina nos trae el milagro del entendimiento; el Espíritu Santo se revela como el gran antídoto que sana nuestras divisiones y forja la verdadera unidad en medio de la diversidad.

Tres enseñanzas prácticas

  1. Seamos una Iglesia en salida animada por el Espíritu Santo. Los apóstoles estaban encerrados por miedo a los judíos. ¿Cuáles son nuestros miedos como comunidad? A veces vivimos un cristianismo de puertas cerradas: nos conformamos con nuestras devociones privadas, nos refugiamos en la seguridad de nuestras parroquias y esperamos pasivamente a que la gente venga a buscarnos. El Espíritu Santo no desciende para darnos una palmada en la espalda y dejarnos cómodos en el encierro de nuestras propias sacristías; viene a soplar con fuerza para convertirnos en una auténtica Iglesia en salida. Hoy es el día para pedirle a Dios la audacia misionera. Dejemos que el Espíritu nos impulse a salir de nuestra zona de confort, a caminar hacia las periferias de nuestro entorno y a salir al encuentro del hermano para llevar la alegría del Evangelio a quienes más lo necesitan.
  2. Hablemos el idioma que todo el mundo entiende: la caridad. El gran milagro de Pentecostés no fue un espectáculo lingüístico, fue el milagro de la comunión. Todos escuchaban las maravillas de Dios en su propio idioma. Hoy vivimos en un mundo polarizado, lleno de ruido, donde la gente se grita y se agrede en redes sociales, pero nadie se escucha. El Espíritu Santo nos llama a ser traductores de Dios. ¿Y cuál es el idioma universal que hasta el más alejado puede entender? El idioma de la caridad, del servicio desinteresado y de la empatía. Un plato de comida dado al necesitado, un abrazo al que sufre o escuchar con paciencia a un anciano… esos son los verdaderos “dones de lenguas” que nuestra sociedad necesita escuchar de nosotros urgentemente.
  3. Dejémonos guiar por el Espíritu para el bien común de Colombia. Finalmente, nuestra fe no está divorciada de la realidad social; al contrario, la ilumina. El Espíritu Santo que descendió en Pentecostés es el Espíritu de la Verdad, de la Justicia y del Discernimiento. Este próximo 31 de mayo se realizará unas elecciones cruciales para el futuro de nuestra amada Colombia. Como cristianos católicos, no podemos lavarnos las manos ni votar movidos por el odio, el miedo o el fanatismo.

   Tenemos que invocar al Espíritu Santo antes de ir a las urnas. Pidámosle que nos dé sabiduría para elegir a las personas que verdaderamente buscan el bien común, que defiendan la vida, la justicia social y la verdadera paz. Colombia necesita el viento impetuoso de Dios para superar la política de siempre, esa política manchada por la corrupción, el clientelismo y la mentira. Nuestro voto es una herramienta de amor por el prójimo y por nuestra tierra; que el fuego de Pentecostés ilumine nuestra conciencia ciudadana para que seamos constructores de un país más hermano y más justo.

   Que María, la Virgen de Pentecostés que acompañó a la Iglesia en sus inicios, nos enseñe a ser dóciles a la voz de Dios. Amén.

 

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