Evangelio Dominical​ – 07 de junio / Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo (Corpus Christi)

Ciclo A: Jn 6, 51–58 

P. Oscar Darley Báez Pinto, CSsR

 

COMER EL CUERPO Y LA SANGRE DEL SEÑOR JESÚS

 

La Eucaristía es «misterio de la fe» por excelencia: «es el compendio y la suma de nuestra fe». La fe de la Iglesia es esencialmente fe eucarística y se alimenta de modo particular en la mesa de la Eucaristía. Por eso, el Sacramento del altar está siempre en el centro de la vida eclesial (Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis, n° 6).

   La solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo ocupa un lugar privilegiado dentro de la vida litúrgica de la Iglesia. El Jueves Santo nos introdujo en el misterio de la institución de la Eucaristía en el contexto dramático de la Pasión del Señor, pero la fiesta que hoy celebramos nos permite contemplar este mismo misterio bajo la luz radiante de la Resurrección y de la vida de la Iglesia.

Contexto histórico: una fiesta nacida del amor a la eucaristía

   Esta solemnidad tiene sus raíces en el siglo XIII, cuando la Iglesia experimentaba un renovado florecimiento de la piedad eucarística, pero también debía responder a corrientes teológicas que dudaban de la presencia real de Cristo en las especies sacramentales. Santa Juliana de Cornillón (1193-1258) promovió en Lieja (Bélgica) una fiesta dedicada exclusivamente al Santísimo Sacramento. Su iniciativa encontró eco en el archidiácono Jacques Pantaléon, futuro Urbano IV, quien mediante la bula Transiturus de hoc mundo (1264) extendió la celebración a toda la Iglesia latina. Poco después Santo Tomás de Aquino la enriqueció con himnos que aún hoy forman parte del tesoro litúrgico de la Iglesia: Pange Lingua, Tantum Ergo, Panis Angelicus y Lauda Sion.

   Durante los siglos posteriores, la solemnidad tomó cuerpo en procesiones eucarísticas públicas, que hicieron comprender a la Iglesia que no bastaba con celebrar el sacramento en los templos, era necesario proclamar a todos que Cristo continuaba caminando con su pueblo. Para los redentoristas esta fiesta es parte de su ADN, pues san Alfonso promovió esta devoción con rasgos típicos de cercanía que exaltaban la ternura y el amor misericordioso de Dios. Para Alfonso la eucaristía es la prueba suprema del amor de Cristo por la humanidad y la certeza de que permanece realmente presente en medio de su pueblo. Después del Concilio Vaticano II, la fiesta recibió una renovada profundidad: la Eucaristía no solo es objeto de adoración, sino «fuente y culmen de toda la vida cristiana» (LG 11).

Reflexión bíblica sobre las lecturas del día

Primera lectura: Dt 8, 2-3. 14b-16a

   La presencia de Dios en la vida del hombre se parece a este pasaje bíblico, que describe el sentido del éxodo en el pueblo de Israel: para llegar a la tierra prometida y alcanzar la libertad, atravesamos un desierto (la vida) en el que somos probados y en el que Dios se nos acerca y conoce nuestras motivaciones más profundas, mide nuestra fe y nos enseña confiar en él y a alimentarnos de él para poder llegar a la meta. No son los más fuertes, por tanto, los que llegan, sino los que aprenden a confiar en él; pues somos heridos en nuestro orgullo y vanidad, pasamos hambre y sed, pero también somos sanados y socorridos por Dios, aprendemos a vivir por él y a acogernos plenamente a su voluntad.

Segunda lectura: 1 Cor 10, 16-17

   Después que Cristo ha sido acogido como “Dios con nosotros”, las comunidades primitivas lo empiezan a sentir aún más cercano y eucarístico, es el Dios que hace fiesta por el hijo recobrado vivo, que lo nutre con el pan de su amor, lo viste de dignidad y lo deja habitar consigo. Cristo ha enseñado a los apóstoles una fe más viva y operante sellada por la eucaristía. En esta carta san Pablo ratifica al hombre de todos los tiempos, que el pan compartido en cada eucaristía nos une a Cristo y a su Iglesia, y nos pone en actitud de entrega: así como el pan nutre el cuerpo, quien se alimenta de él entrega su vida en fraternidad compartida.

Evangelio: Jn 6, 51-58

   En este evangelio se confrontan la dureza del corazón humano y la generosidad del Señor. Los judíos ponen todo tipo de objeciones para no dar crédito a sus palabras, pero él habla con paciencia y claridad, no como quien quiere convencer, sino como quien revela una verdad escondida: él es el verdadero pan que da la vida eterna, si queremos tener vida en nosotros, nos debemos alimentar. La imagen del pan y del vino (cuerpo y sangre) evoca el Antiguo Testamento para darle cumplimiento a sus múltiples figuras; así, lo antiguo ha pasado, lo nuevo queda instaurado.

   ¡Al comulgar nos alimentamos de Dios! Así es, solo el ser humano puede hacer algo semejante, y no porque lo haya pensado primero o pedido, sino porque su Dios así lo dispuso. En el desierto de nuestra vida, solo quien se alimenta de Cristo puede tener vida eterna. Jesús es el pan vivo bajado del cielo, del que el maná era apenas una figura. Es un misterio que nos asombra y que pide nuestra fe, una fe capaz de curar al hombre incrédulo de hoy, pues a pesar de que su corazón sea desconfiado, ambicioso y exigente, solo Dios puede colmarlo de veras porque lo creó y lo conoce plenamente.

   Sin embargo, el hombre puede seguirse resistiendo a esta fe y a confiar en Dios, anteponiendo sus criterios humanos. En este sentido, la eucaristía misma es medicina que se viste de humildad, precisamente para curar la dureza del corazón humano y sorprender hasta al más incrédulo, no con discursos sino con un amor auténtico que llega al límite de la entrega total. Cuando el hombre se abra a este misterio podrá deponer su orgullo, llorará su pecado y sanarán sus heridas, se arrodillará a contemplar y adorar un misterio que lo sobrepasa. Su corazón entenderá que la eucaristía es el alimento espiritual que le da fuerzas para llegar a la tierra prometida.

Aplicación pastoral

    La celebración del Corpus Christi ofrece una oportunidad privilegiada para renovar la vida eucarística de nuestras comunidades. Conviene preparar la solemnidad mediante una adecuada catequesis, pues muchos fieles no comprenden la riqueza teológica y espiritual del |misterio que celebran. Si las posibilidades lo permiten, es de alabar hacer una procesión eucarística, entendida como un acto evangelizador más que como una muestra de folklor religioso, para proclamar públicamente que Cristo vive y que está con nosotros hasta el final. En su defecto, conviene hacer un rato de oración con el Santísimo Sacramento y bendecir al pueblo. Esta solemnidad siempre será ocasión para promover las vocaciones a la vida sacerdotal y misionera en nuestros templos y capillas, y las obras de caridad para la evangelización en el mundo entero.

   Que esta solemnidad renueve en cada uno de nosotros el espíritu de san Alfonso: largas horas ante el Santísimo, amor apasionado por la celebración eucarística y un renovado ardor misionero para anunciar al mundo que «en Él hay abundante redención» (Ef 1, 7).

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