Evangelio Dominical​ – 17 de mayo / Solemnidad de la Ascensión /Septimo Domingo de Pascua

Solemnidad de la Ascensión – 7° Domingo de Pascua – 17 de mayo de 2026

Ciclo A: Mt 28,16-20

P. Jesús Alberto Franco Giraldo, CSsR

 

NO CELEBRAMOS UNA AUSENCIA, SINO UNA NUEVA PRESENCIA

 Introducción

   Hay malentendidos y contradicciones en el cristianismo por la manera como leemos e interpretamos relatos históricos o teológicos, textos poéticos, parábolas, cartas… Lo mismo ocurre con la lectura descontextualizada de hechos y tradiciones del pasado.

   Según el Concilio Vaticano II, «Dios habla en la Escritura por medio de hombres y en lenguaje humano» (DV 12); por esto es necesario diferenciar entre el mensaje de la Palabra y el lenguaje utilizado por el escritor sagrado para expresar ese mensaje. Además, es importante caer en la cuenta que el Nuevo Testamento fue escrito hace unos 1900 años, el Antiguo Testamento, entre 2200 y 2700 años antes, que la mayoría de hechos e historias bíblicas se transmitieron oralmente varios siglos. Si el tiempo de padres y abuelos es tan diferente al nuestro, imaginémonos las diferencias con el mundo bíblico.

   Celebramos la solemnidad de la Ascensión 40 días después de la Pascua y 10 días antes de Pentecostés. El número 40 está presente en momentos claves del pueblo de Israel: los días del diluvio (Gn 7,12), los años de la travesía por el desierto (Nm 32,13), los días de Moisés en el Sinaí (Ex 34,28).  Y en los evangelios, los días de ayuno de Jesús en el desierto (Mc 1,13 y par.). Además, en la antigüedad, 40 años era una generación.

   Podemos interpretar 40 como tiempo de purificación, prueba, tentación, paso de la esclavitud de la libertad, preparación y encuentro especial con Dios.  El centro de la vida del pueblo de Israel era la pascua, el paso de le esclavitud en Egipto a la libertad en la tierra prometida. La Iglesia celebra la Ascensión del Señor en la Pascua y como preparación de la mente y el corazón para acoger el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús en Pentecostés.

Comentario bíblico

   Ascender, subir, avanzar es una aspiración natural de la humanidad. Llegar a la cima en los diversos campos del saber y del hacer es la meta de todas las personas. Con el misterio de la encarnación Dios se hace humano, se hace carne en Jesús, para llevar los seres humanos a Dios, es decir, a ascender a la santidad y divinidad a la que estamos llamados. Leonardo Boff sintetizó este misterio afirmando: «Tan humano como Jesús de Nazaret, sólo podía ser Dios».  La ascensión de Jesús Cristo es una forma de mostrar la cima, la plenitud de la humanidad y la encarnación.

   El libro de los Hechos dice que “Los apóstoles lo vieron elevarse… Seguían con los ojos fijos en el cielo” (1,9-10).  Al parecer, ellos interpretaban la ascensión de Jesús como un subir que alejaba a Jesús de la vida e historia humana. Ellos comprendían a Dios como inaccesible, lejano, con quien no se podía establecer contacto porque “Nadie puede ver mi rostro y seguir viviendo” (Ex 33,20). Es normal que pensaran que «el cielo» era el lugar propio de Jesús. Aún no habían asimilado la buena noticia del Dios cercano, el Dios encarnado en la historia. Incluso habían olvidado al Dios del éxodo que caminaba con el pueblo y vivía en una carpa, como ellos.

   Por eso tiene que intervenir la divina reprochándoles: “Galileos, ¿qué hacen ahí mirando al cielo?” (1,11). En otras palabras, no es en las alturas donde encuentran a Jesús. La cima a la que asciende Jesús resucitado está la historia humana y mundana, y sólo se puede contemplar siguiendo sus pasos por los caminos de Galilea, para lo cual es necesario abrir la mente y el corazón al Espíritu Santo que Él les enviará dentro de poco (Jn 16,7). Mientras tanto, con las palabras de la carta a los Efesios, debemos orar al “Padre de la gloria, les conceda un Espíritu de sabiduría y revelación que les permita conocerlo verdaderamente” (1,17).

   El evangelio cuenta que los discípulos se reunieron con Jesús en Galilea, donde empezaron a caminar con Él, recorriendo los mismos caminos con una nueva mirada que supera la vieja comprensión religiosa que desprecia extranjeros, pobres, mujeres, pecadores, impuros…. Al Jesús que asciende lo encuentran en el camino escandaloso, que recorrieron sin comprender bien, y por eso lo abandonaron en el momento de su captura, pasión y muerte en cruz. Volver a Galilea, al Jesús de la historia, al plenamente humano, la cima a la que asciende el resucitado, es el paso necesario para hacer lo que el Padre quiere.  

   En Galilea Jesús envía (“vayan”) a los discípulos a recorrer los «viejos» caminos con una nueva actitud, con el corazón renovado por el encuentro con el resucitado, para “hacer discípulos a todos los pueblos” (Mt 28,19), y a quien decida seguirlo bautizarlo “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Ibid.), enseñándoles a “cumplir todo” lo mandado por Jesús, lo aprendido con Él, con la certeza que ahora tienen: Él con ellos “hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). 

Aplicación pastoral 

  1. Pensar si nuestro bautismo es el fruto de la costumbre, la imposición, el ambiente social donde vivimos o de los valores del evangelio de la familia. Revisar si con el paso de los años nos hemos preocupado por conocer al Jesús de los evangelios, para seguirlo.

 

  1. Hoy, volver a Galilea significa conocer y contemplar la vida histórica de Jesús, lo que dijo e hizo en su tiempo, y preguntarnos: ¿Qué diría y haría hoy, con quiénes estaría, a quiénes criticaría, que exigiría a los creyentes frente a las guerras, el hambre, las condiciones infrahumanas de millones de personas y la acumulación escandalosa de la riqueza en pocas manos?

 

  1. Evitar la tentación que tuvieron los discípulos al pensar que Jesús “ahora iba a restaurar el reino de Israel” (Hch 1,6) entendido como el reino de David, solo para el pueblo elegido, excluyendo extranjeros, impuros, mujeres, herejes o pecadores, olvidando que Jesús hizo presente “el reino de la verdad y de la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz” (Prefacio de la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo). La edificación del reino de Dios la inició el Señor Jesús, y nosotros –como discípulos suyos– debemos continuar con esa obra en el mundo de hoy. La plenitud será en la eternidad, pero Dios tendrá en cuenta todos los esfuerzos humanos por hacer de este mundo un lugar más amable y digno para vivir. Esa es su voluntad.  

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