Evangelio Dominical​ – 26 de Abril / Cuarto Domingo de Pascua

Cuarto Domingo de Pascua – Comentario dominical – 26 de abril de 2026

Ciclo A: Jn 10,1-10

P. Laureano Hurtado Castaño, C.Ss.R.

EL SEÑOR JESÚS, MODELO DE TODO BUEN PASTOR

Introducción

   La liturgia del IV Domingo de Pascua nos regala uno de los iconos más bellos que representa al Señor Jesús: el del Buen Pastor. El Evangelio de Juan nos describe los rasgos más peculiares de la relación entre Cristo Pastor y su rebaño, una relación tan íntima que nadie podrá jamás arrebatar las ovejas de su mano. Y con ocasión de esta fecha la Iglesia celebra la LXIII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. En esta ocasión el Papa León XIV nos recuerda que es un momento de gracia para compartir algunas reflexiones sobre la dimensión interior de la vocación, entendida como descubrimiento del don gratuito de Dios que florece en lo profundo del corazón de cada uno de nosotros.

Comentario bíblico

   *Cristo, Buen Pastor, es la Puerta. Hoy se nos presenta como la Puerta. Puerta significa entrada, acceso, mediación: “El que entra por mí se salvará” (10,9). Cristo se nos revela como el enviado de Dios Padre, el verdadero maestro, la puerta abierta que invita a entrar en el Reino, la puerta abierta que es como una bienvenida a la casa del Padre. En un mundo que se plantea interrogantes urgentes, nosotros estamos convencidos de que Jesús es la respuesta y el camino, la clave que da sentido a nuestra existencia, el maestro que nos enseña la auténtica verdad, la única puerta de acceso a la felicidad y a la vida

   «Entrar por la puerta que es Cristo» no supone sólo la pacifica posesión de un certificado de bautismo, que es el sacramento de entrada en la Iglesia, sino oír su voz, seguirle, formar activamente parte de su comunidad: “Andaban descarriados como ovejas, pero han vuelto al Pastor y guardián de sus vidas”, como nos ha dicho san Pedro, esta vez en la carta que hemos leído (1 Pe 2,25).

   No hay otro pastor ni otra puerta legítima: sólo Cristo, el Señor. Y, a la vez, no hay otro “camino” (Jn 14,6). Camino es continuidad. Los que entramos y salimos a través de esa Puerta que es Cristo, nos esforzamos por seguirle fielmente a él, que es también el Camino, sin desviarnos de su estilo de vida: “Sus ovejas le siguen, porque conocen su voz y él las va llamando por su nombre” (10,3).

   *También los pastores deben entrar por la Puerta. Pero en el evangelio que acabamos de escuchar hay otro aspecto interesante: su alusión a los pastores que, en nombre de Cristo, guían al pueblo cristiano. Hay pastores legítimos, que son los que entran por la puerta verdadera, que es Cristo, y conducen a los fieles –como el pastor a las ovejas– a pastos auténticos de verdad, de vida y de gracia. Son los pastores que han escuchado, como san Pedro a orillas del lago, la invitación y el encargo: “Apacienta a mis ovejas” (Jn 21,16).

   Pero también puede haber otros que se dicen pastores y no lo son, que “no entran por la puerta” (10,1), sino por alguna ventana. Cristo les llama “ladrones y bandidos” (10,8), “falsos profetas” (Mt 7,15) que se han dado a sí mismos un encargo que no es legítimo y se sienten dueños y no servidores.

   *Todos debemos «entrar por la puerta que es Cristo». Todos debemos imitar su actitud de persona entregada, de pastor bueno que busca el bien de los demás. Cuando nos reunimos para celebrar la Eucaristía, nos sentimos convocados por Cristo Jesús, nuestro Pastor y nuestra Puerta. El sacerdote que preside se siente, a la vez con gozo y con humildad, representante suyo en medio de la comunidad. Y toda la comunidad es consciente de que Cristo Jesús, el Señor Resucitado, a quien no ve, pero a quien sabe realmente presente desde el principio, es su Maestro, su Pastor, su Alimento, su Guía y modelo en el camino de la vida.  Todos aceptamos a Cristo como la Puerta abierta que Dios nos ofrece y queremos oír su voz y seguirle: seguros que él nos conduce a la Vida. “Yo soy la puerta del rebaño (…) quien entre por mí se salvará, y podrá entrar y salir, y encontrará pastos (…). Los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos…” (10,7-8).

Aplicación pastoral

   Este tiempo de Pascua, estos domingos en los cuales nos reunimos para festejar a Jesús resucitado, son un buen tiempo, una buena ocasión, para captar quién es Jesús, y qué significa él para nosotros.

   –Creer en Jesús es querer seguirle. Y si realmente creemos que Jesús es la puerta que conduce a la vida y a la felicidad, si estamos convencidos de que en él se nos muestra el amor de Dios, si afirmamos que él es Dios hecho hombre, entonces quiere decir que tenemos ganas de dejarnos llenar de todo lo que él dijo, de todo lo que él hizo, de la manera como él amó, de la fidelidad con que él vivió, de su disposición constante al servicio de los pobres y los débiles, de su rechazo de todo afán de dominio, de su constante actitud de confianza en el Padre. Porque creer en Jesús no es simplemente decir que él es el Hijo de Dios como si dijéramos que Platón fue un filósofo muy importante o César Augusto el emperador de Roma. Creer en Jesús es querer seguirle, querer vivir como él.

   –Creer en Jesús es creer que la vida sólo nos la puede dar él. Creer en Jesús es querer seguirle. Pero es también algo más. Creer en Jesús es creer que la vida sólo él nos la puede dar, que la fuerza y la gracia sólo él nos las puede conceder. Creer en Jesús es tenerle muy cerca del corazón, tenerlo como un amigo cercano, saber que él nos da la mano y nos empuja a caminar. Nosotros tenemos ganas de seguirle, queremos vivir como él vivió. Pero a la vez sabemos perfectamente que –más bien– somos poca cosa, que sin él es poco el bien que podemos hacer. Y sabemos que, realmente, él está con nosotros y podemos poner en él toda nuestra confianza.

   –En la Eucaristía afirmamos nuestra fe. Dentro de unos momentos, en la Eucaristía, después de repetir los gestos y las palabras de Jesús en la última cena, proclamaremos juntos nuestra fe en Jesús. Diremos: “¡Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven, Señor Jesús!”. Con estas palabras, afirmaremos que, en Jesús, en su amor hasta la muerte, en la vida nueva de su resurrección, tenemos nuestra esperanza. Con estas palabras, pediremos a Jesús que venga a nuestras vidas, que robustezca nuestra fe, que nos haga caminar por su camino, que nos llene de su amor. Porque, verdaderamente, la felicidad, los pastos abundantes, sólo se encuentran en Él y en su Evangelio.

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