Domingo XI del Tiempo Ordinario – 14 de junio de 2026
Ciclo A: Mt 9, 36-10, 8
E. Lucio Omar Moscoso Tivillin, CSsR
Introducción
La liturgia de este XI Domingo del Tiempo Ordinario nos invita a contemplar el corazón compasivo de Jesús y su preocupación por la humanidad. Al ver a la multitud cansada y abatida, como ovejas sin pastor, el Señor no permanece indiferente, sino que siente compasión y sale a su encuentro, para luego llamar a colaboradores y continuar su misión. El Evangelio de hoy nos recuerda que Dios sigue llamando hombres y mujeres sencillos para anunciar su Reino, sanar las heridas del mundo y ser instrumentos de unidad y esperanza.
Comentario bíblico
Jesús llama a los doce y les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera sanando toda enfermedad y dolencia (Mt 10,1). A estos hombres los llama apóstoles que quiere decir «enviados». Según el biblista Silvano Fausti, la misión de la Iglesia es la continuación de la misión de Jesús. La Iglesia es apostólica no solamente porque tiene su origen en los apóstoles, sino también porque está formada por hombres y mujeres que se sienten enviados a sus hermanos. Esta misión nace de la compasión y del amor de Dios por la humanidad. Así pues, vocación y misión son dos realidades inseparables: quien es llamado por Dios es también enviado a servir.
Ahora bien, cuando Jesús llama a sus apóstoles, no lo hace siguiendo los criterios humanos de prestigio, poder, influencia o preparación intelectual, como podrían haber sido los escribas o los fariseos. Por el contrario, Él llama a hombres sencillos: pescadores, campesinos, cobradores de impuestos y personas humildes. Por eso, el llamado de Jesús rompe los esquemas humanos. ¿Cómo puede edificarse el Reino de Dios a través de personas tan comunes? Y es precisamente ahí donde radica la novedad del Evangelio. Jesús no los elige porque sean perfectos ni por su posición social. Él descubre en ellos algo mucho más importante: un corazón dispuesto a confiar, aunque muchas veces dudan, no comprenden sus enseñanzas, lo abandonan e incluso lo niegan. A pesar de sus fragilidades, el Espíritu Santo actúa en ellos, los transforma poco a poco y los impulsa a amar, a servir y anunciar la Buena Noticia.
Hoy, estas palabras de Jesús deben resonar en cada uno de nuestros corazones: “la mies es mucha y los obreros pocos” (Mt 9, 37). Jesús nos hace una invitación a ser sus colaboradores, a vivir la misión que Él encomienda a sus apóstoles y que continúa vigente para todos los bautizados. Por esa razón, no podemos permanecer indiferente ante esta invitación. Allí donde nos encontremos —en el hogar, el trabajo, la escuela, la comunidad o la Iglesia— estamos llamados a descubrir el valor de nuestra misión y nuestra responsabilidad en su obra redentora. Pero ¿qué debemos hacer?, o, ¿cómo debemos colaborar en la mies de Dios?
Aplicación pastoral
Jesús no pide hacer cosas extraordinarias sino ordinarias, pero movidas por el amor y la misericordia. Entre las tareas que Jesús da a sus discípulos es sanar y curar. Y ciertamente, nuestra sociedad se enfrenta a retos muy grandes y necesita de hombres y mujeres capaces de sanar heridas físicas, emocionales y espirituales. En este sentido, el Papa Francisco en su Exhortación Apostólica Amoris laetitia, decía que uno de los remedios contra el mal es la alegría, una alegría que nace de un corazón en el que Dios habita. No es cuestión de estar libres de preocupación, sino que podamos mantener la serenidad y la esperanza en los momentos más difíciles. La alegría también implica un esfuerzo en dar, aunque tengamos poco siempre podremos compartir un gesto de alegría, y así predicamos sin predicar. Es así que un corazón alegre tampoco puede quedarse callado o ser indiferente a la injusticia, al dolor o a la necesidad ajena, sino que sea capaz de romper con la espiral de la violencia, del odio, del rencor y de la indiferencia en nuestros contextos diarios. Ser discípulo de Cristo no significa evadir los conflictos, sino afrontar la realidad con espíritu de reconciliación y buscar caminos que promuevan el bien común.
Otra actividad que Jesús encomienda a sus apóstoles es la tarea de expulsar demonios, pero ¿a qué se refiere Jesús con expulsar demonios? En primer lugar, es importante distinguir el demonio de nuestro imaginario popular con el demonio para el mundo bíblico. Por lo general, al pensar en el demonio nos viene a la mente una figura pintoresca con cuernos, patas de cabra, aspecto animalizado, entre otras. Esta figura es un imaginario posterior difundido por el arte cristiano que fue tomando aspectos del dios griego Pan –un dios de la naturaleza y de la fertilidad, que tiene el aspecto de un hombre con cuernos, barba, cola y patas de cabra, infundía miedo en los bosques– y lo fue plasmando en obras artísticas como forma de catequizar a través del miedo, y creando así una figura del Dios castigador. Sin embargo, ese no es el Dios que Jesús predica, por el contrario, Jesús muestra a un Dios misericordioso que está dispuesto a perdonar, que sufre con el hombre, y siempre busca la salvación. Por tal razón, Jesús cuando expulsa demonios no realiza actos exagerados como los que se pueden apreciar en el cine, sino que restablece la dignidad y libertad a la persona en su totalidad.
Por ello, cuando Jesús pide expulsar demonios, nos invita a combatir concretamente todas aquellas realidades que destruyen la fraternidad y la comunión. Los demonios de hoy pueden manifestarse en la envidia, el resentimiento, la intolerancia, la exclusión o la incapacidad de dialogar con quien piensa diferente, haciendo que la sociedad se dividida cada vez más. Una sociedad fragmentada es más fácil de manipular y de gobernar mediante el miedo. Por eso, el Evangelio nos impulsa a preguntarnos: ¿cómo está nuestra familia?, ¿cómo vivimos nuestras relaciones en el trabajo, en la comunidad o en la parroquia?, ¿somos capaces de acoger al que piensa distinto o preferimos excluirlo?
Concluyamos esta pequeña reflexión orando de modo especial por las vocaciones sacerdotales y religiosas, para que el Espíritu Santo infunda en los corazones de muchos jóvenes el deseo sincero de servir y consagrar sus vidas al proyecto de Dios. Oremos también por sus formadores, para que el Espíritu Santo les de la sabiduría y la fortaleza y puedan guiar y acompañar sabiamente a quienes se les ha confiado en su proceso de discernimiento. Y oremos por todos nosotros, para que podamos ser instrumentos de unidad y de paz en nuestra sociedad y en el mundo entero. Amén.

