El cristiano y la política. Una relación ineludible

Pbro. Pedro Pablo Zamora Andrade, CSsR

 

 Introducción

   El presente artículo tiene como marco de referencia el año electoral que estamos viviendo en Colombia y en otras latitudes de nuestro continente o del mundo. Ya pasaron las primeras elecciones para conformar el Congreso de la república. Los resultados son de conocimiento público. Tanto en la Cámara como en el Senado han quedado representados los distintos partidos políticos, movimientos, circunscripciones y coaliciones que –además de tener personería jurídica– consiguieron los votos suficientes para tener alguna representación. En un Congreso bicameral, donde hay 291 curules disponibles (188 en Cámara y 103 en Senado), los miembros se renuevan o se reeligen cada cuatro años mediante elección directa.

   La primera vuelta para elegir presidente de la república será el próximo 31 de mayo. Hay varios candidatos de diferentes grupos o alianzas políticas. ¿Cuál es o debe ser nuestra actitud frente a la realidad política de nuestro país? ¿En qué medida debemos formar o informar la conciencia política de nuestros fieles? La respuesta no siempre es fácil. Siempre se ha pensado que religión y política deben ir por separado. Así interpretamos aquella afirmación del Señor Jesús en el Evangelio: “Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mc 12,27 y par.). ¿Es posible ser, como dicen algunos, «apolítico»? Parece que declararnos ajenos a la realidad política del país es ya tomar partido.[1] Nos alineamos, en cierta manera, del lado de aquellos que nunca votan y que dejan que una minoría (47 o 50 por ciento) nos imponga quiénes gobiernan nuestra nación.

   La otra actitud es la de aquellos que tienen opciones políticas (derecha, centro, izquierda) y, de manera indirecta o solapada, les insinúan a sus fieles por quien deben votar.[2] Eso sin mencionar a los líderes religiosos que se han involucrado directamente en algún partido político buscando ocupar algún cargo de elección popular.

   Nuestra reflexión la hemos dividido en cuatro partes: 1) Sobre el concepto de política; 2) el Señor Jesús la política de su tiempo; 3) la Iglesia católica y el poder político, y, 4) los cristianos y la política. En un primer momento nos vamos a acercar al concepto de política ayudados por los iniciadores del concepto (los griegos) y por algunos sabios occidentales (Agustín, Tomás de Aquino). En un segundo momento analizaremos brevemente cuál fue la actitud del Señor Jesús frente al Imperio romano y frente a los grupos judíos que lo apoyaban o enfrentaban. En tercer lugar, abordaremos brevemente la forma como la Iglesia católica se ha relacionado con el poder político a lo largo de la historia. Finalmente, vamos a hacer una distinción entre política, política partidista y politiquería, y cuál debería ser la actitud de un cristiano ante esa realidad.

   Sobre el concepto de «política»[3]

   Antes de abordar el concepto de política, preguntémonos: ¿Qué importancia tiene la política en la vida de las personas? Al responder, nos podemos ir a los extremos: mucho o nada. Por eso dice el adagio popular: «Ni tanto que queme al santo, ni tan poco que no lo alumbre». Convengamos lo siguiente: la política es una de las dimensiones de la realidad humana, como lo es la economía, la cultura, la religión, las ideologías o la realidad social. En concreto, la política tiene que ver con el ejercicio del poder. Un poder que, según el modelo político, viene de Dios (teocracia), de la sangre (monarquía), del linaje (aristocracia), de la aclamación o del voto popular (democracia), etc.  

   En los gobiernos democráticos existe la posibilidad del voto obligatorio o libre para sus ciudadanos. En el caso de Colombia, la posibilidad del voto libre genera una gran abstención (50 por ciento, o más). Las razones de esta alta abstención son varias: indiferencia, descontento, pereza… Sin embargo, poco a poco hemos ido comprendiendo la importancia de la política en la vida concreta de las personas. Por más que nos marginemos de la realidad política, tarde o temprano nos termina afectando. Razón: el Congreso es el órgano legislativo de nuestro país. Allí se toman decisiones que tienen que ver con la salud, la educación, las pensiones, los impuestos, el salario mínimo, los peajes, el horario laboral, etc. Por eso, los índices de abstención están bajando.  

   ¿Qué es la política? ¿Para qué sirve? Es decir, ¿cuál es su finalidad en la sociedad? Hagamos una breve aproximación a lo que han pensado algunos filósofos y pensadores cristianos.

   -Para Platón, la organización política cobra sentido y tiene su finalidad en la ayuda que presta a los individuos para que puedan tener acceso a la contemplación de la Idea de Bien, objeto adecuado y coherente del vivir humano.

   ¿Cuál es la organización política más adecuada para cumplir esta finalidad? Ninguno de los estados que han existido, ya que no han sido pensados desde la Idea de Bien como fin supremo a conseguir y porque en su creación no se ha tenido en cuenta a los filósofos.

  En sus obras, sobre todo en la República, en el Político y en las Leyes, hace una construcción del Estado ideal, describiendo su constitución, sus finalidades, el funcionamiento de los diversos estamentos, etc. Su estructura y funcionamiento está condicionado por la finalidad ética: procurar a los ciudadanos el conocimiento y la posesión del bien verdadero.

   Esta propuesta ha recibido críticas por su exagerado idealismo y por la reducción de la persona a los intereses del Estado. La ética política de Platón, aunque es válida en su intención, no puede ser propuesta como ideal normativo de la convivencia humana. Dejando aparte multitud de aspectos concretos, la impronta totalitaria de su orientación es contraria a los criterios éticos más fundamentales y repugna a la sensibilidad humana actual.[4]

   –Aristóteles representa el polo contrario al idealismo político. Las ideas políticas de Aristóteles se basan en el estudio de la realidad y tienden a configurarla en la medida de lo posible.

   Pocos pensadores han dejado un testimonio tan claro y expreso a favor de la convivencia ciudadana como Aristóteles. La afirmación aristotélica es lapidaria: «resulta manifiesto que la ciudad es una de las cosas que existen por naturaleza y que el hombre es por naturaleza un animal político».[5]

 Para Aristóteles, la ciudad-estado es la comunidad que posibilita el desarrollo humano de los ciudadanos. ¿Cómo ha de ser la constitución del Estado para lograr esa finalidad? Aristóteles traza un régimen de Estado en el que la presidencia la ejerce la idea de bien común. De ahí que, para Aristóteles, «el bien humano supremo es el bien político y la ciencia que trata de él es la suprema. Ella comprende a todas las demás, determina qué ciencias deben ser estudiadas, por quién y hasta qué punto; ella legisla igualmente sobre lo que se debe hacer y lo que se debe omitir, pues su objeto es el bien del hombre en su suprema expresión: el político (…). Aristóteles, pues, se coloca a este respecto en el extremo opuesto de su maestro Platón. Este había convertido la política en una ética. Aristóteles hace, a fin de cuentas, lo contrario: convierte la ética en una política».[6]

   La ética política de Aristóteles, aunque no está exenta de cierta inclinación al totalitarismo, presenta un rostro humano abierto a la convivencia interpersonal, al pluralismo, a la democracia y a la moralización de la administración pública.

   -Sobre el fondo general del pensamiento patrístico acerca de la política, resalta de un modo prominente la doctrina de san Agustín.

   Para san Agustín, no puede existir el Estado si no se basa en la justicia. «Desterrada la justicia, ¿qué son los reinos sino grandes rapiñas? Y las mismas rapiñas, ¿qué son sino pequeños reinos?». Ahora bien, la justicia no puede darse sin la confesión del verdadero Dios. Aunque admite la existencia del Estado pagano, la preocupación de san Agustín es definir el Estado por su finalidad religiosa: promover el culto a Dios y cuidar de las buenas costumbres de modo que no se ofenda al Dios verdadero. «La idea agustiniana de Estado está transida de la convicción de que éste debe ser ante todo cristiano en sus miembros, en su actividad y en sus intereses. La idea de que el Estado debe incluso aplicar sus medios específicos, a saber, la fuerza para promover el bien espiritual, está a un solo paso. Y san Agustín dio este paso».[7]

   Los escritores de la Edad Media dedujeron de la doctrina de san Agustín un sistema político que recibe el nombre de «agustinismo político». Con más o menos apoyo cierto en san Agustín,[8] el agustinismo político medieval colocó en manos del Papa, junto con la espada del poder espiritual, la espada del poder temporal.

  -De entre los teólogos medievales seleccionamos como exponente de la filosofía política a santo Tomás de Aquino. Pero conviene advertir de inmediato que el santo no dedicó muchos escritos al tema de la política y que su doctrina no es la que representa adecuadamente la realidad política de la cristiandad medieval. Sin embargo, también es cierto que el pensamiento tomasiano es el que ha recibido mayor consideración por parte de la ética cristiana de los últimos siglos (doctrina pontificia y moral católica).

   Para santo Tomás, la finalidad y el sentido de la comunidad política radica en la realización del bien común. La categoría ético-política de bien común es la clave de bóveda de su ética política. Aunque existen variantes, a veces notables, en la interpretación del significado del bien común,[9] todos los tomistas están de acuerdo en colocar ahí el criterio fundamental de la ética política según santo Tomás.

   La moral política de santo Tomás puede ser resumida en el siguiente modo: «sosteniendo al mismo tiempo que el bien común político es norma tanto para el Estado como para el individuo, y norma no última sino normalizada a la vez, corrige, mejorándola, la opinión de Aristóteles, salvando la libertad del individuo frente al poder del Estado, proyectando al hombre más allá de los límites de la vida social y política. El bien común, que es el fin tanto de la ciudad como del ciudadano, es norma igualmente para ambos. Si ese bien común se subordina al fin trascendente, al normalizar la acción social del hombre lo hará respetando la ordenación de éste a su fin superior. La ética, pues, que mira al fin último del hombre es norma de la política, que mira al fin inmediato del mismo».[10]

Jesús de Nazaret y la realidad política de su tiempo[11]

    Abordamos en este apartado la relación entre el Señor Jesús y la realidad política del siglo I d.C. Obsta decir que su enseñanza y su particular estilo de vida son o tienen que ser un punto de referencia para quienes nos esforzamos por caminar tras sus huellas.

   De entrada, digamos lo siguiente: un personaje con actuación pública, como Jesús, no podía dejar de manifestar su actitud política. Decir que «Jesús no se metió en política» es de un simplismo tremendo y supone un desconocimiento total de su época. Quisiera o no, hubo circunstancias en las que debía manifestar su postura.

 

   Para comprenderlo mejor es necesario tener en cuenta las posturas de los diversos partidos y grupos de la época.

a)Colaboracionismo:  Defiende la ocupación romana y se aprovechan de ella: herodianos, saduceos, recaudadores de impuestos.

b) Evasión. Postura representada por los esenios, que se retiran sobre todo a los alrededores del Mar Muerto, esperando allí, en el desierto, la venida el Reino de Dios. Sin embargo, esta imagen tan pacífica que ofrece de ellos Flavio Josefo quizá no concuerde con la realidad. Algunos intervinieron en revueltas posteriores (años 66-70).

c) Resignación pasiva, pero que alienta ansias de independencia: los campesinos pobres.d) Aceptación crítica. Sería la postura de los fariseos, que no se vinculan a los romanos; más bien adoptan una postura crítica, pero sin provocar el enfrentamiento. Su punto de vista es religioso. La política en cuanto tal les resulta indiferente. Pero, cuando están en juego los valores religiosos, reaccionan con energía. Niegan el juramento al César (Ant., XVII 41-45). Mandan tirar el águila de oro colocada por Herodes (esto provoca la muerte de dos fariseos y cuarenta jóvenes). Dentro de ellos hay una tendencia pacifista y otra más activista.

e) La rebelión armada, representada fundamentalmente por dos grupos: los sicarios y los zelotas. En tiempos de Jesús sólo existen los primeros. Los zelotas harán su aparición pública entre los años 66-70.

   ¿Cuál de estas posturas adoptó Jesús? ¿O adoptó una postura nueva, distinta de las anteriores?

   –Ni evasión ni colaboracionismo. Para muchos cristianos, Jesús habría prescindido de la política, practicando una especie de «evasión» semejante a la de los esenios. Pero esta actitud, posible en el desierto, era imposible en el contacto diario con el pueblo. De grado o por fuerza, debía decantarse en algún sentido. Por consiguiente, podemos eliminar tranquilamente esta teoría de la evasión. También es claro que Jesús no fue un colaboracionista, ni utilizó una actitud de oportunismo crítico. La prueba más clara es que lo mataron los romanos.

   –Jesús y los sicarios. ¿Fue entonces un sicario o, al menos, simpatizaba con este movimiento armado revolucionario? La pregunta no se formula generalmente en estos términos, sino ¿fue Jesús un zelota? Pero ya hemos visto que el partido zelota no existía en tiempos de Jesús. La única opción posible es: ¿fue Jesús un sicario? El simple hecho de que no llevase la sica bastaría para negarlo. Pero siempre queda la duda de que fuese, al menos, simpatizante de este grupo.

 La postura de Jesús

    Con esto llegamos a la conclusión de que Jesús no practicó una postura de evasión, ni de colaboracionismo, ni de resignación pasiva, ni de rebelión armada. ¿Cuál fue entonces su postura? Para comprenderla, debemos partir de dos presupuestos fundamentales.

   –Primero: la opresión política se enmarca en el contexto general de la opresión, que abarca niveles muy distintos: económico, político, social, religioso, personal. Es decir, hay cosas que oprimen a la persona desde fuera y cosas que la oprimen desde dentro (enfermedad, pecado). Leyendo el Evangelio, tenemos la impresión de que Jesús lucha sobre todo contra la opresión religiosa (legalismo farisaico), contra la opresión social en sentido amplio (que distingue entre «buenos» y «malos» condenando a estos últimos). La opresión política parece no preocuparle de forma especial, aunque en diversas ocasiones deba huir y aunque sean los políticos –en sentido amplio– quienes lo condenen a muerte. Esta conciencia de que «lo político» no es lo absoluto ni lo más grave hace que Jesús se sitúe por encima de las luchas y rivalidades de partido, acogiendo a personas tan distintas como recaudadores y sicarios, y tratando, si es preciso, con los romanos.

   -Segundo presupuesto: Jesús no confía en el poder –que es una tentación satánica (Mt 4,8-9)–, ni tampoco confía en quienes ostentan el poder, porque oprimen a sus súbditos (Mc 10,42) y se hacen llamar bienhechores (Lc 22,25). Para Jesús sólo hay una fuerza capaz de cambiar el mundo: el amor, que se manifiesta en el servicio, no en el dominio (Mc 10,43-44), y que lleva a morir, no a matar (Mc 10,45). Al renunciar al poder y condenarlo, Jesús renuncia a entrar en el juego político, que es una lucha por el poder, confiando en su capacidad de cambiar el mundo.

   Por eso, Jesús no se vincula a los partidarios del orden establecido ni a los que quieren derrocado por sistema. Sólo llevaría a instaurar un nuevo tipo de poder, tan funesto a la larga como el anterior; el reciente caso de los Macabeos demostraría que llevaba razón.

   Esta condena del poder representaba una provocación para quienes lo ostentaban. Por eso Jesús se ganó tantos enemigos entre la clase dirigente y lo mataron. Al mismo tiempo, provoca el rechazo y la desilusión entre los grupos más extremistas y violentos (¿Judas?) e incluso entre los discípulos más politizados (caso de los de Emaús: Lc 24,21).

   –El problema de fondo: ¿qué pretendía Jesús? Todo lo anterior demuestra que, aunque Jesús no hiciese política en sentido estricto, mantuvo una postura tremendamente política y comprometida, que representaba una condena de las opciones vigentes en su tiempo. Pero Jesús no se limita a destruir y rechazar: ofrece algo nuevo.

   Esa novedad sólo podemos entenderla comparando su mensaje con el de la apocalíptica. Para esta corriente, el mundo presente es esencialmente malo; no cabe esperar nada de él; la única esperanza se deposita en el mundo bueno futuro. Para Jesús, en cambio, aunque este mundo esté viciado, es el lugar en el que se instaura el Reinado de Dios. Ese reinado que comienza en la comunidad cristiana, una alternativa a las estructuras de este mundo, que sirve de fermento, como la levadura en la masa (Mt 13,33//Lc 13,20-21).

La Iglesia católica y la política

   En 1951, Europa estaba dividida políticamente por la Guerra Fría, enfrentando al bloque occidental capitalista (liderado por EE.UU., Reino Unido, Francia y Alemania Occidental) contra el bloque oriental comunista (liderado por la URSS, Alemania Oriental y países satélites como Polonia y Checoeslovaquia). La lucha ideológica y económica definía el panorama continental.

   En este ambiente de polarización política, líderes mundiales y gente dentro de la Iglesia católica le pidieron al papa Pío XII que tomara postura por uno de los dos bloques. En su radiomensaje navideño, el 24 de diciembre de 1951, decía: «Ahora bien, aquellos que de manera equivocada consideran a la Iglesia como cualquier potencia terrena, como una especie de imperio mundial, son fácilmente inducidos a exigirle también a ella, como a las demás, renunciar a su neutralidad, a tomar una opción definitiva en favor de una u otra parte. La Iglesia no puede renunciar a una neutralidad política por la simple razón que ella no puede colocarse al servicio de intereses políticos».[12]

   El ideal de la «neutralidad» en asuntos de política partidista nos parece algo saludable y es bueno que los pastores de la Iglesia católica lo proclamen de manera oral o escrita. Sin embargo, las cosas se suelen complicar y hasta confundir cuando se desciende a la vida concreta. La política y la religión son dimensiones fundamentales del ser humano que estructuran su existencia personal y colectiva. Son dimensiones independientes, autónomas, pero no se contraponen o se excluyen. Es más, hay ciertos momentos en los cuales se entrecruzan o se interrelacionan. Tal vez, por eso, se idearon los llamados «concordatos» para que se respetaran unos ciertos límites, lo mismo que se consideraran unos niveles de interacción.

   La dificultad aparece cuando hay invasión de campos. La historia nos muestra que, en ciertas épocas lo político ha invadido de manera indebida el campo religioso, y viceversa. En los primeros siglos, cuando el Imperio romano se convirtió en tutor de la naciente Iglesia, el emperador se creyó su líder natural y hasta convocó concilios. Esta práctica reflejaba el cesaropapismo, donde el poder imperial influía directamente en asuntos eclesiásticos. También los papas en algunas épocas usurparon campos propios del poder político. La historia nos recuerda a emperadores o reyes que, antes de ocupar sus cargos, debían recibir la aprobación del Papa y ser coronados por él.[13] Así sucedió en la Edad Media y parte de la Edad Moderna con los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico.

   En las guerras civiles que ha habido en Colombia entre liberales y conservadores, la Iglesia católica no mantuvo su neutralidad. Desde algunos púlpitos se apoyó a los conservadores en contra de los liberales. Salvo casos excepcionales, esa opción es la que se ha mantenido a lo largo de los años. Somos más proclives a alinearnos con partidos políticos que defienden ideas conservadoras. Ellos, pensamos, están a favor de la familia tradicional, de la vida desde la concepción, de la educación religiosa, etc.

   Ahora bien, no han faltado situaciones en las cuales la Iglesia católica y los gobiernos de turno han chocado por asuntos concretos: divorcios exprés, aprobación del aborto en casos especiales, eutanasia, prohibición de las clases de religión en escuelas y colegios, etc.

   Finalmente, digamos lo siguiente: no han faltado líderes religiosos (sacerdotes, pastores) que han participado directamente en la política partidista. Han aspirado y han desempeñado cargos como alcaldes o senadores. La experiencia, en general, no ha sido buena. La falta de preparación y de experiencia en un campo tan complejo como la política los ha llevado a cometer errores y hasta repetir prácticas clientelistas o de corrupción.[14] Algunos, incluso, han terminado con investigaciones judiciales y hasta con privación de la libertad en centros carcelarios.       

Los cristianos y la política hoy

    Vamos a concluir esta reflexión analizando brevemente tres términos que están relacionados, pero que tienen sus peculiaridades o sobre sus propios acentos. Son los términos política, política partidista y politiquería. Frente a ellos, ¿cuál debe ser nuestra actitud como cristianos hoy?

   ¿Qué es la política? Siguiendo la reflexión anterior, podemos decir que la política es el arte de buscar el bien común. Esa debe ser la función o misión de quien se dedica por vocación a la política. En otras palabras, el político tiene una vocación al servicio público. Tal vez, por eso, el papa Francisco, la consideraba «una de las formas más altas de la caridad».[15] Cuando la política busca la justicia social, protege a los vulnerables y evita la corrupción o el uso del poder como privilegio, deja atrás su mala fama y recupera su nobleza original.

   El expresidente José Mujica tenía las cosas muy claras en relación con la ética en el servicio público. Sostenía que la política es una pasión para servir a los demás y no una profesión para enriquecerse: «El que no tiene pasión por servir que se dedique a los negocios y que pague impuestos», es una de sus frases lapidarias. Argumentaba que los políticos enfocados en hacer plata «entreveran una cosa con otra y eso nos termina conduciendo al colapso, a la corrupción».[16]

   En donde, a veces, surge alguna discusión es sobre el contenido del concepto «bien común». Según Vaticano II, «El bien común abarca el conjunto de aquellas condiciones de vida social con las cuales los hombres, las familias y las asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección» (GS 74).

   En otras palabras, el bien común implica la existencia física de las personas con todo lo necesario para su conservación, protección y propagación.[17] El bien común incluye los mínimos vitales como una vivienda habitable, un trabajo estable, un salario justo, acceso (gratuito) a la salud, a la educación, al descanso, a la recreación, lo mismo que a los derechos humanos (a la vida y a la seguridad personal, a la igualdad y no discriminación, a las libertades individuales [expresión, conciencia, religión, asociación], al debido proceso).

   ¿Qué es la política partidista? La política no existe en abstracto. Al final, la política se concretiza –en primer lugar– en formas de gobierno, de organización estructural. Así aparecieron las monarquías, las aristocracias, las dictaduras, las democracias… En cada una de esas formas que adquirió la política, hay formas de gobernar, estructuras, personas, instituciones, etc. Nosotros nos vamos a centrar en la democracia porque es la que más conocemos. No faltan personas (medios de comunicación, políticos opositores) que, en medio de gobiernos democráticos, acusen a los gobernantes de turnos de prácticas o actitudes dictatoriales.

   Así mismo, la política también toma forma concreta en los llamados «partidos políticos». Colombia, por no ir más allá, viene de una experiencia partidista denominada «Frente Nacional».[18] Para superar la violencia bipartidista (guerra civil entre conservadores y liberales) y el golpe militar encabezado por el General Gustavo Rojas Pinilla, se hizo un pacto político entre los partidos Liberal y Conservador. Dicho acuerdo estuvo vigente entre 1958 y 1974.

   Las principales características de este período fueron la alternancia de la presidencia durante cuatro períodos constitucionales (16 años) de gobierno de coalición, la distribución de los ministerios y la burocracia en las tres ramas del poder público (ejecutiva, legislativa y judicial). El candidato presidencial era elegido por acuerdo bipartidista, y la distribución igualitaria de las curules parlamentarias se mantuvo vigente hasta 1968.

   El Frente Nacional marcó el fin de la violencia bipartidista que aquejaba a Colombia, y generó la desmovilización de las guerrillas liberales. Sin embargo, continuaron los problemas sociales, económicos y políticos, que llevaron al inicio de un período de conflicto armado en el país, como primera etapa del conflicto armado interno vigente en Colombia.

   El Frente Nacional se consideró como una democracia cerrada, que duopolizaba el poder y los cargos públicos, impidiendo la participación de otras fuerzas políticas y sociales sin filiación conservadora o liberal o ambas. Surgieron nuevos grupos guerrilleros a causa del inconformismo y de los nuevos rumbos ideológicos que se movían en América Latina.

   Aunque el Frente Nacional finalizó formalmente en 1974, el sistema bipartidista comenzó a fracturarse con la disidencia del Movimiento Revolucionario Liberal (MRL) liderado por Alfonso López Michelsen a principios de los años 60. No obstante, la apertura real al sistema multipartidista se consolidó con la Constitución de 1991, que permitió la aparición masiva de nuevos partidos políticos.

   A nosotros nos ha correspondido vivir en este nuevo ambiente político. El abanico de partidos políticos es amplio y de distintas tendencias ideológicas (derecha, extrema derecha, centro, centro-derecha, centro-izquierda, izquierda, izquierda radical). Estos partidos tienen representación en cargos de elección popular o de designación en alcaldías, gobernaciones o gobierno nacional.

   Para las próximas elecciones presidenciales, se organizaron coaliciones de derecha, centro e izquierda. En las consultas que se realizaron el pasado 8 de marzo, salieron elegidos algunos candidatos que van a competir junto a otros que no pudieron hacerlo por diversos motivos y circunstancias, o decidieron de manera voluntaria no participar e ir de manera directa a la primera vuelta presidencial.

   Como es apenas normal, cada uno de estos candidatos o candidatas tiene su programa de gobierno. Esos programas se pueden consultar en sus páginas en internet o tener acceso en plegables que los candidatos entregan a los votantes. Independientemente del partido al que cada uno de los creyentes esté vinculado, es importante conocer las propuestas que ofrecen los demás candidatos.[19] Problemas sociales como la inseguridad, la violencia, la corrupción, el narcotráfico, la mala atención en salud, el desempleo, el mal estado de las vías, etc., son asuntos que no se pueden pasar por alto.

   Teniendo en cuenta esos insumos, más la confianza que los candidatos brinden por su trayectoria política, el creyente debe votar de manera consciente y libre.[20] Aunque no debería mencionarse, pero vender el voto por dinero o por el bien material que sea (tejas, cemento, comida…) es hacerle juego a la corrupción y a la politiquería.[21] Ese tipo de prácticas tienen que desaparecer del escenario político y tienen que ser perseguidas y sancionadas por las autoridades. La certeza que hoy tenemos es que «quien paga para llegar, llega para robar» (Carlos Gaviria).

   ¿Qué es la politiquería? La politiquería es una degradación o degeneración de la política.

   Por lo general, el politiquero se queda en la forma y tiene poco contenido, utiliza frases de cajón, trata de impresionar, ataca a sus opositores de tal manera que sea dañada su figura (por ejemplo, con ataques personales) y cambia de posición rápidamente si ello beneficia sus intereses.

   El politiquero ejerce la política no como vocación sino como empleo para su propia subsistencia. Habla de lo social, de la economía, de promesas y demás no porque sepa de esos temas o quiera ejercer cambios sociales en beneficio de todos, sino porque los copia para impresionar a las masas y ganar adeptos. Al centro resalta su figura egoísta, su sed de poder y sus ambiciones personales, lo que pone por encima de sus seguidores.

   El politiquero promete, pero no cumple, rompe pactos sin sentirse avergonzado, traiciona a quien no le interesa, busca derrocar a quien se pone en su camino y es por lo general un mentiroso y un cínico. Paradójicamente, el politiquero es capaz de acusar a sus opositores de ser politiqueros.[22]

Conclusión

   En este breve artículo hemos tratado de asumir un concepto de política que nos ayude a entender la importancia que ella tiene en nuestra vida cotidiana. Así mismo, hemos tratado de iluminar nuestro accionar político como cristianos al mencionar el comportamiento que el Señor Jesús realizó con los representantes del poder político (los romanos). Él no fue ajeno a la realidad política de su tiempo. Sin embargo, tomó distancia de los grupos judíos de la época. Es probable que esos criterios y comportamientos nos sirvan de referencia para nuestra práctica política hoy.

 

   Finalmente, hemos tratado de analizar la relación entre el fiel cristiano y la política. La Iglesia católica, con los papas a la cabeza, siempre han defendido su neutralidad frente a la cosa política. Sin embargo, no siempre ha sido fácil conservar ese ideal. La historia nos muestra más cercanos a grupos conservadores que a grupos o partidos de orientación liberal. Nuestro país no ha sido la excepción. Lo ideal sería aprender de la experiencia.

   No es ético, ni recomendable que un ministro de la Iglesia católica utilice el púlpito para manipular la conciencia de sus fieles en una determinada opción política. Hay que recordarle a la gente que asiste a nuestros templos, eso sí, la obligación que tenemos con el ejercicio de nuestro derecho al voto. Nuestra pasividad se puede convertir en complicidad. Además, debemos pedirles que formen su conciencia política y se informen sobre los candidatos que están en contienda, sobre sus antecedentes, alianzas políticas y propuestas de gobierno, para elegir a aquellos que –según ese trasfondo– consideramos los más aptos e idóneos para dirigir los destinos de nuestro país.      

   [1] “Recuerden, por tanto, todos los ciudadanos el derecho y al mismo tiempo el deber que tienen de votar con libertad para promover el bien común” (GS 75), era la recomendación de los pastores de la Iglesia católica durante la celebración del concilio Vaticano II.

   [2] Expresiones como: «voten bien, no se vuelvan a equivocar» o «voten bien para que el cambio continue», no son simples consejos; tienen el objetivo oculto de manipular la conciencia de las personas para que voten en tal o cual dirección.   

   [3] Cfr. Marciano VIDAL, Moral de actitudes, Tomo III: moral social, (Madrid: PS, 1995), 584-594.

   [4] Ver, a título de ejemplo, la crítica de Karl Popper, La sociedad abierta y sus enemigos, Vol. I, (Buenos Aires: 1967), 52-312.

   [5] Política, libro 1, I.

   [6] Emilio GARCÍA ESTÉBAÑEZ, El bien común y la moral política, (Barcelona: Herder, 1970), 42.

   [7] Emilio GARCÍA ESTÉBAÑEZ, Ibid., 63.

   [8] “¿Cómo es posible que el concepto romano de Estado haya llegado en la Edad Media a ser absorbido por la idea cristiana hasta constituir la teoría de las dos espadas? Aparte del pensamiento de san Agustín, hay que contar con dos intermediarios importantes, Gregorio el Grande y Carlomagno. Ya desde el siglo IX, el Papa tiende a suplantar al Emperador en la dirección de la Cristiandad. Nicolás I (858-867) logra imponer las bases de un agustinismo político, con dos ideas peculiares de Agustín: la paz y la justicia”. Lope CILLERUELO, Agustinismo, en Gran Enciclopedia Rialp, Tomo I (Madrid: Rialp, 1971), 413.

   [9] Ver un resumen de estas variantes en: Emilio GARCÍA ESTÉBAÑEZ, El bien común y la moral política, 73-88.

   [10] Emilio GARCÍA ESTÉBAÑEZ, Ibid., 88-89.

   [11] Cfr. José Luis SICRE, “Jesús y la política de su tiempo”, en Razón y Fe 241 (2000) 367-382. Aquí: 371-377.

   [12] PÍO XII, Radiomensaje de Navidad La Decimoterza, del 24 de diciembre de 1951. La traducción es nuestra. Cfr. https://www.vatican.va/content/pius-ii/it/speeches/1951/documents/hf_p-ii_spe_19511224_natale.html

   [13] A nivel micro, algunos de nosotros hemos tenido la experiencia de la relación alcalde-párroco en nuestros pueblos. O el párroco quería mandar sobre el alcalde, hasta el punto de sugerirle cómo gobernar, o el alcalde organizaba proyectos y permitía actividades para fastidiarle el trabajo pastoral al párroco.      

   [14] Así lo pedían los padres conciliares reunidos durante la celebración del concilio Vaticano II: “Quienes son o pueden llegar a ser capaces de ejercer ese arte difícil y tan noble que es la política, prepárense para ella y procuren ejercitarla con olvido del propio interés y de toda ganancia venal” (GS 75).

   [15] “La política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común”. FRANCISCO, Encíclica Evangelii gaudium, n° 205. Además, En la encíclica Fratelli tutti nos invita a «rehabilitarla» (n° 180).

   [16] Entrevista con el programa Nada que ver de M24. Cfr. https://www.ladiaria.com.uy

   [17] Cfr. Unión Internacional de Estudios Sociales, Código de moral política, n° XX.

   [18] Cfr. https://www.es.wikipedia.org/frentenacional

   [19] No perdamos de vista que una persona que aspira a un cargo público de elección popular, es alguien que está buscando trabajo. Su historia personal y sus propuestas son la «hoja de vida» que ellos nos presentan a los electores. Nosotros, los ciudadanos de a pie, somos los empleadores. Por tanto, al darles nuestro voto, los consideramos aptos para el cargo.

   Ahora bien, así como existen la posibilidad de despido o cancelación de contrato para un empleado que no cumple con los compromisos adquiridos, en política es posible «revocar» el mandato de un alcalde o de un gobernador que incumple sus promesas de campaña. Esta práctica de «veeduría ciudadana» debería contemplarse también para otros cargos como senadores, representantes a la Cámara y presidencia de la república. Que no haya «fueros» que impidan remover del cargo a un político por incompetente o mentiroso.

   [20] “Aquel candidato que regala cosas para que lo sigan, no es un buen líder; es un comerciante de la política que te da algo a cambio de tu voto. El pecado no es recibir el regalo, sino votar por ese comerciante de la política” (José Mujica).     

   [21] Sabemos que hay cristianos que son «militantes» de algún partido político. Votan siempre de la misma manera, independientemente de la hoja de vida de los candidatos, de la conveniencia o no sus ideas y programas de gobierno. Si esa es nuestra situación, deberíamos preguntarnos alguna vez: ¿Votaría por un candidato cuya ideología y cuyas propuestas considera oportunas y favorables para el país, aunque pertenezca a otro partido? ¿Votaría por un candidato que considera inconveniente para el país simplemente para tratar de evitar que sea elegido un candidato ajeno a sus simpatías? Si ninguno de los candidatos lo convence, ¿es capaz de votar en blanco? Un «voto cautivo», en el fondo, no es un voto libre ni consciente.    

   [22] Cfr. https://www.es-slideshare.net/sliderhow/politica-y-politiqueria/86605324

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *