Evangelio Dominical​ – 22 Marzo Domingo. 5ª Sem. de Cuaresma

Ciclo A: Jn 11,1-45

Alirio Suárez, C.Ss.R.

EL SEÑOR JESÚS TIENE PODER SOBRE LA MUERTE

Introducción

   Al aproximarnos al final de nuestro camino cuaresmal, les invito a realizar una pequeña síntesis del mismo: Jesús como Mesías (primer domingo), Jesús como amado del Padre a quien hay que escuchar (segundo domingo), Jesús como agua viva (tercer domingo), Jesús como la Luz del mundo (cuarto domingo), y ahora Jesús se autodefine como la Resurrección y la Vida. Vale reafirmar ahora que la meta final de nuestra esperanza es la resurrección para la vida eterna. Con esta clave de lectura nos introducimos en los textos litúrgicos de este quinto domingo de Cuaresma.

Comentario Bíblico

   La primera lectura correspondiente a la liturgia de este quinto domingo de cuaresma nos sitúa ante la resurrección, eje central de nuestra fe cristiana. El profeta Ezequiel presenta la visión de los huesos secos, que muestra de manera simbólica, pero desde una perspectiva llena de esperanza, al pueblo de Israel: está muerto, pero Dios le devuelve a la vida. El autor sagrado juega con la oposición entre los huesos secos y muertos con el ruah (viento, aliento, espíritu de vida). Dar vida es una iniciativa que lleva la firma y sello del Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.

   Aquella osamenta representa no solamente al pueblo de Israel rebelde y de dura cerviz, que se purificó mediante la experiencia del exilio, sino a toda la humanidad muerta espiritualmente por su egoísmo, soberbia y orgullo; una humanidad muerta a causa de su propio autoendiosamiento, a la que sólo Dios podrá devolverle la vida verdadera.

   La segunda lectura nos lleva desde la visión paulina del «cuerpo» y de la «carne» a la vida gloriosa en el Espíritu. Cuerpo y carne designan la existencia física del ser humano, o más concretamente, la persona concreta viviente; lo cual no se reduce solamente a la existencia de un mero orden material. El texto pone de manifiesto el proceso de transformación interior que el creyente debe vivir en su propia vida: el paso de la vida según la carne (sarx) a la vida según el Espíritu. De ahí que la exhortación del apóstol Pablo se hace cada vez más evidente y acuciosa: “Más ustedes no viven según la carne, sino según el Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en ustedes”. Es la invitación a reafirmar nuestra llamada a la vida nueva en Cristo: ser resucitados en el Resucitado. Esta acción es obra portentosa e infalible del santo Espíritu de Dios.

   Los dos textos bíblicos anteriores nos han abonado el terreno para abordar los acontecimientos que nos narra el Evangelio de este domingo. San Juan nos traslada hasta Betania, lugar donde vivían tres hermanos, amigos de Jesús: Marta, María y Lázaro. La visita del Señor Jesús tiene rasgos luctuosos, tristes: el joven Lázaro murió y lleva varios días sepultado. Sin embargo, les pide a las dos hermanas que crean en él.   

   El acontecimiento de la resurrección de Lázaro es uno de los más dramáticos y significativos del Evangelio. El beneficiario de este hecho portentoso es Lázaro. Es el signo más grande realizado por Jesús, el Señor de la vida, y preludia, de alguna manera, su propia muerte y su resurrección. Una vez más el texto evangélico nos introduce serenamente, con gran cuidado y progresión en una nueva manifestación de la divinidad del Señor Jesús.

   El foco iluminador del Evangelio de hoy lo situamos en el encuentro de Jesús con Marta, la hermana de Lázaro y María. La escena contiene ya una aproximación al alcance teológico del signo que Jesús va a realizar: la resurrección de Lázaro. El diálogo entre Jesús y la compungida Marta tiene un ritmo ascendente y revelador sobre la identidad de Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto… Tu hermano resucitará… Sé que resucitará en la resurrección del último día”. Ahora todo está perfectamente dispuesto para la gran revelación: “Yo soy la resurrección y la vida”. En esta ocasión, Jesús se autopresenta como la resurrección y la vida nuestra.

   Creer en la autodefinición de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida”, lo mismo que la pregunta directa a Marta: “¿Crees esto?”, seguida de su ferviente confesión: “Sí, Señor: yo creo”, es fundamental para comprender el signo. Es necesario creer que Jesús tiene poder para devolver la vida a los muertos. Para las personas que creen todo es posible: hasta que un muerto vuelva a la vida. Y con el consiguiente grito con el que Jesús conminó a Lázaro: “¡Lázaro, sal fuera!”, el relato llega a su momento decisivo. Es la voz de Jesús la que resucita muertos. “Y salió el muerto atado de pies y manos… “Desátenlo y déjenlo andar”. Este extraordinario milagro, el mayor sin duda de los realizados por Jesús durante su vida terrena, es a la vez el signo de la resurrección del propio Jesucristo.    

Aplicación Pastoral

   Ante la manifestación del poder de Dios como quedó evidente en el profeta Ezequiel, se hace necesario desarrollar la capacidad de acoger y escuchar las orientaciones del Espíritu. No podemos caminar como seres sin alma, ¡desalmados! Y sin esperanza: «Que nadie nos robe la esperanza». Seamos obedientes a la voz del Espíritu. Dejándonos iluminar e interpelar por las enseñanzas de San Pablo, podemos preguntarnos: ¿Qué fuerzas dominan mi vida? ¿Las del egoísmo o las del Espíritu? Los signos que manifiesto en mis relaciones y conversaciones con los demás, con mi familia o mi comunidad, ¿son de muerte o de vida? Ante un mundo aferrado a lo material, a lo pasajero; que empuña la bandera de lo trivial sobre lo auténtico, lo impersonal sobre lo real, acostumbrado a vivir sólo el momento, sin visión de futuro y de salvación, ¿qué signo estoy llamado a ser desde la fe en Jesús resucitado?

    El instinto humano más básico de toda persona es proteger la propia vida y tener un profundo miedo a perderla; es el espíritu de autopreservación. Pero la fe en la resurrección nos abre a un horizonte mayor y definitivo: la Vida verdadera y plena no es ésta, sino la que viene tras la muerte, tras el encuentro con el Señor de la vida. Vivir con esta conciencia es asumir un horizonte nuevo. Cualquier mala noticia de este mundo es muy relativa, sobre todo porque no pertenece a la vida definitiva. La muerte y el pecado no tienen la última palabra. El Dios de la vida ha abierto para nosotros un horizonte, una esperanza de gracia, luz y salvación.

   Ante la visión de este encuentro salvífico, pascual de Lázaro, que desafía nuestra fe, nos preguntamos: ¿Creo sinceramente que Jesús es la resurrección y la vida? ¿A qué me invita los espacios de encuentro de Jesús con Marta y María? ¿Soy solidario ante el sufrimiento y el dolor de mis amigos, seres queridos o compañeros de trabajo que ven partir a sus seres queridos? Jesús, que había abierto los ojos al ciego, tenía reservada una sorpresa mucho mayor sus seguidores. Con voz potente ordena: “¡Lázaro, sal fuera!”. Lázaro salió y se puso a caminar ante los ojos atónitos de la multitud. Todos “vieron la gloria de Dios”. ¿De qué sepulcro te quiere sacar el Señor? Terminemos nuestro encuentro reafirmando nuestra fe ante la autorrevelación y pregunta del Señor Jesús “Yo soy la resurrección y la vida… ¿Crees esto?”. «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios que tenía que venir al mundo».

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