Evangelio Dominical​ – 10 de mayo / Sexto Domingo de Pascua

Ciclo A: Jn 14,15-21

P. Alcides de Jesús Orozco Orozco C.Ss.R:

EL AMOR A JESÚS IMPLICA OBEDIENCIA

Introducción

   En este tiempo pascual, la Iglesia nos invita a contemplar no solo la victoria de Cristo resucitado, sino también la forma concreta de vivir como discípulos suyos en el mundo. El Evangelio de hoy nos sitúa en el contexto de la Última Cena, donde Jesús, con ternura y autoridad, revela el corazón de la vida cristiana: el amor que se hace obediencia, la presencia del Espíritu Santo y la promesa de una comunión viva con Dios.

Comentario bíblico

   No se trata de un cristianismo de ideas, sino de una relación viva con Cristo, que transforma la existencia.

   Jesús comienza con una afirmación clave: “Si me aman, guardarán mis mandamientos” (Jn 14,15).

   Aquí el amor no es un sentimiento pasajero, sino una adhesión concreta que se traduce en fidelidad. En el lenguaje bíblico, «guardar» implica custodiar, interiorizar y vivir. No es cumplir normas externas, sino dejar que la Palabra habite en el corazón.

   San Agustín lo expresa con profundidad: «Ama y haz lo que quieras; porque si amas, no podrás hacer sino el bien» (In Epistolam Ioannis ad Parthos).

   Jesús promete entonces “otro Paráclito”, el Espíritu de la verdad. La palabra «Paráclito» significa defensor, consolador, acompañante. Es la presencia permanente de Dios en el corazón del creyente. Mientras el mundo –cerrado en su autosuficiencia– no puede recibirlo, el discípulo sí, porque vive en relación con Cristo.

   San Basilio Magno enseña: «Por el Espíritu Santo somos restaurados al paraíso, elevados al Reino de los cielos y llamados hijos de Dios» (De Spiritu Sancto).

   Jesús continúa con una promesa profundamente pascual: “No los dejaré huérfanos” (Jn 14,18). Esta es una de las palabras más consoladoras del Evangelio. La resurrección no es solo un evento pasado, sino una presencia viva: Cristo sigue actuando en su Iglesia por medio del Espíritu.

   Finalmente, Jesús revela la comunión trinitaria en la que el discípulo es introducido: “El que me ama… yo lo amaré y me manifestaré a él” (Jn 14,21). Aquí aparece el núcleo de la vida cristiana: una relación personal, íntima y transformadora con Cristo.

Aplicación pastoral

   Este Evangelio interpela profundamente nuestra vida.

  1. Amar a Cristo es vivir su Palabra. En un contexto donde fácilmente se reduce la fe a lo emocional o cultural, Jesús nos recuerda que el verdadero amor se verifica en la vida concreta. Esto implica formar comunidades donde la fe se traduzca en obras: justicia, perdón, servicio y fidelidad. El Papa Benedicto XVI enseñaba: «El amor a Cristo no es un sentimiento abstracto, sino que se manifiesta en la obediencia a su palabra» (Homilía, 2006).
  1. El Espíritu Santo, alma de la misión. El Redentor no nos deja solos. El Espíritu es quien sostiene la misión, quien da valentía al anuncio y consuela en las dificultades. En clave redentorista, esto nos recuerda que la evangelización no depende solo de nuestras fuerzas, sino de la gracia. El Papa Francisco nos recuerda: «El Espíritu Santo es el protagonista de la misión; sin Él, la Iglesia sería una organización más» (Evangelii Gaudium, n° 261).
  2. Una pastoral de presencia y cercanía. “No los dejaré huérfanos” (Jn 14,18) es también un llamado a nuestra acción pastoral: ser signos de la presencia de Cristo para los más abandonados. Como hijos de San Alfonso María de Ligorio, estamos llamados a hacer sentir a todos –especialmente a los pobres y alejados– que Dios no los abandona.
  3. La experiencia de Dios como encuentro personal. Jesús promete manifestarse al que lo ama. Nuestra tarea pastoral no es solo transmitir contenidos, sino facilitar el encuentro vivo con Cristo. Esto implica liturgias vivas, acompañamiento espiritual y una predicación que toque el corazón.

Conclusión

   Este Evangelio nos invita a renovar nuestra relación con Cristo desde tres claves: amar, obedecer y dejarnos guiar por el Espíritu. No somos huérfanos. Cristo vive, nos acompaña y se manifiesta en la vida de quien lo ama de verdad. Que, como discípulos misioneros y redentoristas, podamos ser testigos de esta presencia viva, especialmente entre los más necesitados, llevando la certeza de que Dios camina con su pueblo.

 

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