Evangelio Dominical​ – 20 de septiembre / Domingo XXV del Tiempo Ordinario

Domingo XXV del tiempo ordinario, 20 de septiembre de 2026

Ciclo A: Mt 20, 1-16

P. Jaime Alonzo Duarte Cavanzo, CSsR

 DIOS ES JUSTO, PERO TAMBIÉN BUENO

 Introducción

   El Evangelio de este domingo, tomado de San Mateo, narra la parábola de los trabajadores de la viña. Todos son llamados a ganar la recompensa ofrecida por el dueño. Aquí Jesús muestra el sorprendente actuar de Dios, visto desde las dos actitudes del dueño: la llamada y la recompensa. Un hombre sale varias veces durante el día a buscar trabajadores: unos comienzan desde temprano, otros a media mañana, otros al mediodía y algunos una hora antes de terminar la jornada. Al final, todos reciben el mismo salario.

   Dios sale continuamente a nuestro encuentro y llama a todos a trabajar en su viña. Vivimos en un mundo regido por el mérito, el esfuerzo y la compensación proporcional. El texto desafía la seguridad del legalismo religioso y la teología de la retribución, recordándonos que, en la economía de Dios, la generosidad soberana siempre precede y supera al derecho humano, prevaleciendo el divino.

 Comentario bíblico

   Esta imagen de la viña era muy conocida en el pueblo de Israel. Jesús habla del Reino de los cielos a partir de esta imagen. En varias ocasiones sale el dueño de la viña a buscar trabajadores; Aquí Dios es quien sale al encuentro del hombre; no espera que el hombre llegue. Por eso va a las plazas, busca al que está trabajando y también al que está desocupado. Está pendiente a todas las horas: al amanecer, a la tercera, a la sexta, a la novena y a la undécima hora. Dios no se cansa de llamar al ser humano a trabajar en su viña, sin importar la hora de su invitación. Lo importante es que todos estén trabajando por su Reino.

   Los últimos dicen: «Nadie nos ha contratado» (20, 7). No necesariamente son perezosos. Simplemente nadie los había llamado. Y el dueño también los incorpora. Esto nos permite comprender que en el Reino de Dios siempre hay lugar para quien quiera comenzar de nuevo.

Después de haber trabajado en la viña, sin importar el tiempo o las horas, viene lo que todos esperaban: el pago de la labor realizada. Para sorpresa, cada uno recibió un denario; tanto los primeros como los últimos.

   Los primeros se quejan: «Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros» (20, 12). La respuesta del propietario es desde lo justo: «Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No quedamos en un denario?» (20, 13). El problema no es que el dueño haya sido injusto con los primeros. Les dio exactamente lo que había prometido.

   Dios siempre paga el máximo, todo. Y aquí hay que comprender que Jesús no está hablando del trabajo y del salario justo, sino del Reino de Dios y de la bondad del Padre Celestial que sale continuamente a buscar obreros para la viña, ofreciéndoles un salario completo. Porque Dios mira la disponibilidad del hombre, mira la generosidad con que nos ponemos al servicio del Reino y esto basta. Su actuar es más que justo, porque va más allá de la justicia y se manifiesta en la gracia. De ahí que todo es gracia. La salvación de la humanidad es gracia divina. Por tanto, el Reino de los cielos es el tema central y el trasfondo de toda la parábola: todos somos invitados desde el llamado de Jesús.

   El problema está en que comenzaron a mirar el regalo recibido por los demás y dejaron de agradecer el propio. De allí la gran máxima de Jesús: “los últimos serán primeros, y los primeros, últimos” (20, 16). Los que confiaban en su linaje, antigüedad o rigorismo moral, quedan marginados por su propia soberbia, mientras que los desclasados y gentiles, los obreros de las cinco de la tarde entran con pleno derecho. La justificación es, por tanto, acto gratuito de Dios, tal como lo sistematiza la teología paulina en Efesios 2, 8-9: “Porque por gracia somos salvos por medio de la fe… no por obras, para que nadie se gloríe”, y en Romanos 3, 24, al ser “justificados gratuitamente por su gracia”.

    Para san Juan Crisóstomo, la parábola muestra que Dios recibe con misericordia incluso al que llega tarde. Nadie debe desesperarse por haber perdido tiempo. Mientras exista la posibilidad de responder a Dios, la puerta permanece abierta.

    Según san Agustín, uno puede llevar cincuenta años sirviendo al Señor y otro puede encontrarse con Él sinceramente al final de su camino. El primero no pierde por la conversión del segundo. Al contrario, debería alegrarse porque otro hermano ha sido encontrado por la misericordia de Dios.

Aplicación pastoral

   Este Evangelio nos deja varios desafíos, especialmente en estos tiempos de un mundo tan complejo.

   El papa Francisco, de feliz memoria, nos decía: «Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos» (Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, n° 49).

    Hoy todos los bautizados deben salir a los diferentes escenarios, que representan las nuevas plazas del Evangelio de Mateo, en busca de obreros, sin importar la hora. El llamado de Dios jamás se escucha desde el aislamiento de una oficina ni en la comodidad de una estructura estática, sino en el bullicio, las necesidades y las heridas del mundo real. Ante una catástrofe como el terremoto que sacudió a toda Colombia, hay que seguir llamando a trabajar unidos y a reconstruir la viña entre todos. Recordar a la humanidad que lo material, a pesar de ser necesario, es efímero. Sin embargo, el proyecto de Dios es eterno, no se acaba nunca, y su paga es la vida Eterna.

   Debemos ir a la plaza pública en búsqueda de más trabajadores para la viña, sin excepción alguna porque el llamado es para todos, pues Dios no quiere que ninguno se pierda, porque en el último día resucitará hasta el más pequeño confiado en sus manos.

   La viña no es un territorio estático; cambia con las épocas y las necesidades del pueblo. Escuchar el llamado de Dios exige una Iglesia en actitud de salida continua, discernimiento constante y humildad para reconocer que la misión no nos pertenece, sino que somos simples servidores llamados a cualquier hora del día. El verdadero dinamismo de la fe no se gestiona tras un escritorio: se vive con los pies en la tierra, la mirada en el Evangelio y el corazón dispuesto a desgastarse por los demás.

   Nunca es demasiado tarde para volver a Dios. Quizás alguien diga: «He perdido muchos años». El Señor responde: «Ven, todavía hay un lugar para ti». La misericordia de Dios no tiene horario de cierre y todo lo que trabajemos por el Reino será bien recompensado.

   No debemos compararnos con los demás. La comparación roba la alegría. No miremos cuánto recibió el otro. Miremos cuánto nos ha regalado Dios a nosotros. La Iglesia debe tener puertas abiertas.

   No podemos convertir nuestras comunidades en grupos exclusivos. La Iglesia debe ser una casa donde puedan entrar también los últimos, los alejados, los heridos, los que regresan y los que buscan una nueva oportunidad. Esta es una dimensión esencial de la espiritualidad redentorista: salir al encuentro de los más abandonados y anunciarles que la Redención es para ellos también, porque Dios no quiere trabajadores resentidos, sino hijos agradecidos.

   El que trabaja desde la primera hora debería poder decir: «Señor, gracias porque me permitiste servirte durante toda mi vida». Y el que llega a la última hora debería decir: «Señor, gracias porque todavía me llamaste». Ambos tienen mucho que agradecer.

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