Evangelio Dominical​ – 27 de septiembre / Domingo XXVI del Tiempo Ordinario

XXVI Domingo del Tiempo Ordinario – 27 de septiembre de 2026

Ciclo A: Mt 21, 28-32

P. Juan Carlos Fracica Gonzáles, CSsR

 

CUANDO LAS ACCIONES HABLAN MÁS QUE LAS PALABRAS

Introducción

   A veces, al profesar una religión nos puede volver un poco rígidos o hacernos creer que somos mejores que los demás solo por cumplir con ciertos preceptos y rutinas. En el Evangelio de este domingo, Jesús nos invita a quitarnos las máscaras. El escenario de este pasaje es de alta tensión: Jesús está en Jerusalén, rodeado de los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. Estos hombres eran la élite culta, respetada y con cargos importantes de la época, pero tenían el corazón endurecido por el orgullo. No se acercan a Jesús para escucharle y aprender, sino para armarle una trampa, cuestionar su autoridad y buscar una excusa para quitárselo de encima.

Comentario bíblico

   Para entender lo que Jesús está diciendo, vale la pena mirar despacio los gestos y las palabras de los personajes. La historia comienza con un padre que se acerca a sus dos hijos y les hace exactamente la misma petición: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña” (21, 28). En la tradición bíblica, la viña es la metáfora del pueblo de Dios y de su proyecto de amor, justicia y fraternidad en la tierra. Por lo tanto, el llamado del padre no es un castigo ni una obligación pesada; es la invitación a colaborar activamente en un proyecto familiar, a compartir la misma misión.

   El primer hijo reacciona de una manera indiferente y rebelde. Le dice a su padre en la cara: “No quiero” (21, 29). Es una respuesta dura, floja y carente del respeto que se esperaba en la cultura de la época. Sin embargo, el texto dice que “recapacitó” o “sintió remordimiento” (Ibid.). Este hijo experimenta el dolor de haber herido al padre con su negativa, se cuestiona a sí mismo, y finalmente, va a trabajar.

   El segundo hijo, en cambio, es el modelo del «hijo perfecto» ante los ojos de la sociedad. Su respuesta es inmediata, educada y formalmente impecable: “Voy, señor” (21, 30). Utiliza títulos de respeto y muestra una disposición que debió dejar muy orgulloso al padre en ese instante. Sin embargo, la decisión del Evangelio es contundente: “Pero no fue” (Ibid.). Sus palabras piadosas se las llevó el viento. Le importó más cuidar su imagen de hijo obediente en el momento del diálogo que comprometerse de verdad con el trabajo real en la viña.

   Cuando Jesús les pregunta a las autoridades religiosas quién de los dos cumplió la voluntad del padre, ellos responden lógicamente: “El primero” (21, 31). Con esa respuesta, los sumos sacerdotes acaban de firmar su propia sentencia teológica. Jesús aprovecha su confesión para lanzar una de las afirmaciones más revolucionarias y escandalosas de todo el Nuevo Testamento: “Les aseguro que los publicanos y las prostitutas les llevan la delantera en el camino del Reino de Dios” (Ibid.).

   Los publicanos y prostitutas han dicho no a Dios. Viven fuera de la ley, están excluidos del templo. Sin embargo, cuando Jesús les ofrece la amistad de Dios, escuchan su llamada y dan pasos hacia la conversión. Pero cuando vino Juan el Bautista predicando un camino de justicia y conversión, ellos reconocieron su miseria, se les rompió el corazón de agradecimiento, recapacitaron y cambiaron de vida. Los líderes religiosos, resguardándose en sus vestiduras sagradas, sus ritos de templo y su supuesta perfección, “no le creyeron” a Juan porque se creían santos (21, 32). Su gran pecado no fue solo su incredulidad inicial, sino su ceguera posterior: aun viendo la milagrosa transformación de los marginados, ellos no recapacitaron ni creyeron. Prefirieron mantener sus privilegios antes que humillarse ante la gracia de Dios.

Aplicación pastoral

   Traer este Evangelio a nuestra vida y a la realidad de nuestro ser de Iglesia es un llamado urgente a la coherencia. Quienes nos congregamos con frecuencia, los que colaboramos en los grupos parroquiales y los que sabemos hablar el lenguaje de la fe, corremos crónicamente el riesgo de identificarnos con el segundo hijo. Somos expertos en decir “Voy, señor” (21, 30) en la misa dominical, en cantar canciones de entrega y en cuidar las apariencias externas de nuestra vida espiritual. Sin embargo, cuando el Padre nos pide bajar a la realidad de la «viña» diaria, a menudo nos quedamos de brazos cruzados.

   Decimos «sí» en los templos, pero decimos «no» en la vida cotidiana cuando nos cuesta perdonar de corazón al familiar que nos hirió, cuando cerramos los ojos y el bolsillo ante la necesidad real de un vecino, cuando permitimos que la crítica, el chisme o la indiferencia se apoderen de nuestros ambientes de trabajo…

   Dios no busca administradores de promesas incumplidas ni personas que le den la razón con discursos bonitos; busca hijos que desgasten la vida amando en lo escondido y cotidiano.

   Por otra parte, esta lectura nos obliga a cambiar radicalmente el modo en que miramos a las personas que están «fuera» de nuestras estructuras eclesiales o cuyas vidas son un mar de confusiones morales. ¿Quiénes son los «publicanos y prostitutas» de nuestro siglo XXI? Son los adictos, las familias fracturadas, las personas marginadas por las crisis, aquellos que viven en situaciones complejas o quienes expresamente han manifestado rechazo a la fe en su juventud. La Iglesia no puede ser una aduana espiritual que juzga desde una supuesta superioridad moral.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *