Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario – 11 de octubre de 2026
Ciclo A: Mt 22, 1-14
E. Lucio Omar Moscoso Tivillín, CSsR
UNA MESA QUE TRANSFORMA
Introducción
En el Evangelio de este domingo, Jesús nos presenta el Reino de Dios como un gran banquete, una fiesta preparada por Dios para sus hijos. Este acontecimiento no se centra en una mesa reservada para unos pocos, sino una mesa a la cual, todos estamos invitados. Sin embargo, frente a esta invitación podemos preguntarnos: ¿estamos acogiendo la invitación que Dios nos hace? Y, ¿qué significa para nosotros aceptar un lugar en su mesa?
Comentario bíblico
José Antonio Pagola menciona que Jesús estaba fascinado por el Reino de Dios. Toda su vida pública se centró en anunciar esta Buena Noticia; Dios no permanecía indiferente frente al sufrimiento humano, sino que se acerca, sana, acoge y ofrece una nueva posibilidad de vida. Por eso, las palabras de Jesús despertaban alegría y esperanza en sus oyentes, “porque enseñaba como quién tiene autoridad” (7, 29).
Jesús anunció el Reino de Dios de muchas maneras y utilizó distintas parábolas: ¿A qué se parece el Reino de Dios? ¿con qué lo compararé? (Lc 13, 18). Es semejante a un grano de mostaza (Lc 13, 18-19), se parece a una semilla que crece (Mc 4, 26-34), es semejante a un tesoro escondido (Mt 13, 44-46), etc. Sin embargo, en el evangelio de hoy escuchamos que el reino de Dios se parece a un gran banquete, pero no se trata de cualquier fiesta. Es un banquete de bodas que un rey prepara para su hijo.
Para comprender mejor esta parábola, Rafael Aguirre nos ayuda a mirar el significado que tenía la mesa en tiempos de Jesús. Compartir la mesa no consistía solamente en compartir los alimentos y saciar una necesidad básica. Sentarse a la mesa suponía formar parte de un grupo, compartir una identidad y establecer vínculos de unidad y pertenencia. Es así que el esclavo no podía sentarse en la misma mesa con su amo, los fariseos se sentaban con los fariseos, los hombres se sentaban con los hombres, los ricos se sentaban con los ricos. La mesa expresaba en cierta forma, quiénes eran los que pertenecían y quiénes quedaban fuera.
Reflexión teológica
Jesús realiza algo contracultural, Él se sienta a comer con pecadores, prostitutas, mujeres, niños, enfermos, etc. Y esto escandaliza a muchos. ¿Cómo es posible que Jesús, el Hijo de Dios se siente a comer con pecadores? E incluso lo llaman “comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores” (11, 19). Como podemos ver, para Jesús la mesa no es simplemente un lugar para comer, es una manera de acoger, reconocer y volver la dignidad de aquellas personas que eran rechazadas, al compartir el pan Jesús intenta decir, tú tienes un lugar, también formas parte, eres importante para Dios, e invita a un proceso de cambio y conversión. Desde aquí podemos acercarnos a la parábola que acabamos de escuchar.
En primer lugar, un rey prepara un gran banquete e invita a sus amigos, a aquellos que aparentemente eran los primeros llamados a participar de la fiesta. Sin embargo, ellos rechazan la invitación. El rey vuelve a enviar a sus servidores, pero nuevamente ellos lo rechazan; uno está ocupado con su campo; otro, con sus negocios; otros, incluso, maltratan y matan a los servidores.
En este primer momento, encontramos una realidad profundamente humana: la libertad. Dios invita, pero el ser humano es libre de aceptar o rechazar aquella invitación. Estos primeros invitados tenían otras cosas que hacer: el campo, los negocios y las preocupaciones de la vida, que no son malas. Pero el problema reside en que podemos estar tan ocupados que no tenemos tiempo para Dios, para escuchar a mi familia o para compartir con los demás. Terminamos cansados y hasta podemos olvidar el para qué estamos viviendo.
En un segundo momento, el rey envía a sus servidores a los cruces de camino para invitar a todos los que encuentren. Al banquete acuden buenos y malos, conocidos y desconocidos. Personas que probablemente nunca habían imaginado recibir aquella invitación y ahora tienen un puesto en la mesa.
Sin embargo, la parábola nos presenta una tercera escena que resulta desconcertante. Cuando el rey entra, encuentra a un hombre que no lleva traje de bodas y le pregunta: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de fiesta?” (22, 12). Y, por no cumplir con ese requisito, aquel hombre se queda fuera de la fiesta.
A primera vista, resulta contradictorio. Si el rey mandó llamar a todos los que encontraran por los caminos, ¿cómo podía el rey exigirles que estuvieran preparados para una fiesta? ¿Cómo podía tener un traje de bodas alguien que simplemente había sido encontrado en el camino? Por eso, podemos comprender este detalle desde una perspectiva simbólica. El traje de bodas no parece referirse simplemente a una vestimenta exterior, sino a una disposición del corazón –entiéndase como lo más íntimo del ser humano–. El evangelista ha dicho que al banquete acudieron “buenos y malos” (22, 10). Por tanto, el traje de bodas puede representar un corazón dispuesto a dejarse transformar por el encuentro con Dios.
Entrar en el banquete significa aceptar un proceso de conversión, es decir, no basta con ocupar un lugar en la mesa. Hay que permitir que aquello que recibimos transforme nuestro corazón, un proceso de cambio para formar parte e identificarme con este grupo.
Aplicación pastoral
Para nosotros, los cristianos, la Eucaristía es también un banquete, nos reunimos alrededor del altar para recibir el alimento de la Palabra de Dios y el alimento de la Eucaristía. Venimos a formar parte de su mesa, de su familia, de su pueblo.
Dios llama a todos, la mesa es para todos, pero somos nosotros, desde nuestra libertad quienes podemos permitir que ese alimento produzca frutos en nuestra vida. Acudimos distintas personas, con diferentes historias, problemáticas, necesidades, etc., pero todos comemos del mismo pan que es Jesús quién se nos da. De nada serviría, participar de la mesa, pero seguimos alimentando el odio, la envidia, los chismes, el resentimiento, el egoísmo, entonces todavía no hemos comprendido el sentido de la Eucaristía.
Ahora nos corresponde a nosotros entrar, sentarnos a la mesa y permitir que el amor recibido transforme nuestra vida para convertirnos también en personas capaces de compartir la mesa con los demás.

